CUENTOS: ‘Un cuentista maldito’. Por ISAAC MORALES VARGAS

para MAXIMILIANO CURCIO

I

            El día en que se imprimió mi primer libro, me llevé la decepción más grande de mi vida, pues la primera persona a quien le ofrecí un ejemplar de cortesía lo rechazó de plano, diciendo:

            —Ya he leído esa obra y sé que es muy fantasiosa. Lo siento, pero no me interesa releerla.

            —Imposible —repuse, sonriendo—. ¿Cómo puedes haberla leído si no se ha publicado?

            —Porque es un plagio —respondió con calma—. Te digo que ya conozco el original.

            —¿¡Un plagio!? —estallé—. ¿¡De dónde sacas eso!?

            —Mira, pajarito, no pienso perder el tiempo discutiendo contigo —replicó—. Te voy a demostrar que eres un fraude.

             Hablábamos en la Sala de Lectura Paula Correa del Parque Ezequiel Zamora, en Caracas. Mi interlocutor (cuyo nombre todavía desconozco) era el bibliotecario del recinto. Aunque miope, era el lector más avezado que conocía. Me dejó de pie entre las mesas y se fue a hurgar las estanterías. Entonces observé, como por primera vez, el volumen que tenía en mi mano. La cubierta era de uniforme color negro y la portada rezaba en letras doradas: «Relatos Sagrados, Marcelo Franco». Era una edición en cuarto menor.

            —¡Qué raro! ¡El título que busco no aparece por ninguna parte!—exclamó el bibliotecario, después de unos veinte minutos de búsqueda febril—. ¡Pero esto será suficiente, ja, ja! —añadió, entregándome un grueso libro—. ¡Página 242! ¡Que tengas buen día!

            Miré el ejemplar con recelo. Era el cuarto tomo de la Historia de la Literatura Universal, de José María Valverde. Dicha parte de la obra, como es bien conocido, versa sobre la literatura hispanoamericana. Ubiqué la página indicada y leí el primer párrafo, que decía lo siguiente:

            «Un caso excepcional en la producción de la primera década del siglo XX es el libro de cuentos Relatos Sagrados (1905), del mexicano Juan José Aranda. Las veinte narraciones allí contenidas son adaptaciones libres de varios mitos del Antiguo Testamento, en las cuales el autor procura hacer del poder de Yavé un mero artificio de alquimistas hebreos, pasar de lo milagroso a la astucia humana».

            Esas palabras describían mi propuesta literaria a la perfección. El parágrafo siguiente trataba de otros autores. Humedecí mis labios con la lengua y examiné las páginas previas y las sucesivas. No hallé mención adicional del tal Juan José Aranda ni de ningún otro de sus trabajos. Comprendiendo que sería inútil escudriñar los tomos restantes, cerré el volumen. Caminé hasta la oficina del bibliotecario y se lo devolví con la mirada baja.

            —No sé qué decirte —musité—. En mi vida había oído hablar del escritor mexicano.

            —Tranquilo —me dijo, con desdén—; no eres el primer plagiario en ser descubierto.

            Abandoné la sala de lectura en silencio, sumiéndome cada vez más en la melancolía. Afuera, el sol refulgía con fuerza, iluminando limpiamente la ciudad. Avancé hasta el busto de Cervantes erigido en la plaza homónima y lo contemplé unos minutos. Justamente el manco de Lepanto, a través de sus Novelas Ejemplares, había sido mi principal fuente de inspiración: con sus narraciones a la vista, yo había concebido minuciosamente los Relatos Sagrados, cuento por cuento, párrafo por párrafo, línea por línea; los mitos bíblicos eran cómodas metáforas de las que me había servido para expresar ideas, nada más. ¿Acaso era posible que, unos cien años antes, otro cuentista hubiese producido exactamente la misma escritura que yo? ¿Acaso el novel Marcelo Franco, aspirante a discípulo cervantino, no era más que el remedo de Juan José Aranda? La sola consideración de esa posibilidad me sorprendió, pero enseguida la sorpresa dio paso al desaliento y el desaliento a la ira.

            Decidí encontrar la obra de mi enemigo, costara lo que costase. Entonces pensé que las bibliotecas poco concurridas suelen ser depósitos de insospechados tesoros intelectuales. Salí del parque, caminé hasta la Avenida Oeste 6 y tomé una camionetica con destino Sierra Maestra: iría a la Biblioteca Pública Cristo Rey, en el 23 de Enero.

            Mientras iba en camino, completamente ensimismado, me pregunté mentalmente: «¿Quién soy?», y luego respondí en voz baja, como para reafirmar una verdad: «Soy Marcelo Franco, escritor venezolano, anticristiano militante desde hace un año, solitario por vocación…». Ignoro si hubo poco tráfico aquél día o si mi percepción del tiempo se vio modificada por la emoción que me dominaba. Lo cierto es que el término del viaje llegó de forma asombrosamente rápida.

            La desolación imperante en los alrededores de la biblioteca era casi la misma del interior, en donde yo era el único visitante. Solicité lo que buscaba a la bibliotecaria, quien, sentada a su escritorio, hablaba animadamente por teléfono. Ella, sin mirarme ni interrumpir su conversación, señaló con el dedo el último anaquel de la sala.

Incapaz de resistirme, corrí a donde me indicaron y empecé a examinar los volúmenes. Eran heterogéneos y dispares: recetarios de cocina, atlas, manuales de mecánica automotriz… Y entonces vi uno de cubierta negra, en cuarto menor, con caracteres dorados en el lomo (creo que gemí de exaltación). Intenté serenarme, hasta que, por fin, me atreví a leer la portada: «Relatos sagrados, Juan José Aranda».

            Era una impresión venezolana de 1909 y, por lo tanto, de editorial clandestina; el general Gómez no había tolerado que se atentase contra la fe cristiana en su territorio. Leí el índice y me quedé sin aliento: los títulos de las veinte historias eran los mismos de mis veinte cuentos, y estaban dispuestos en idéntico orden. Por último, aun estando de pie, leí el ejemplar entero de un tirón: ni una coma ni una tilde diferían de mi escritura. Tras finalizar la lectura, perdí el conocimiento.

II

            Seis meses después, mi orgullo seguía ardientemente herido. La frustración era el resultado de tanto pensar en ambos Relatos Sagrados. Cuando compuse los míos, había creído que el acto de conjugar un modelo clásico (las Novelas Ejemplares) con una vivencia personal (mi reciente paso de la fe católica al ateísmo) produciría una obra única. No obstante, estaba errado. Traducir experiencias en símbolos es un derecho de cualquier artista y, aunque altamente improbable, no es imposible que dos creadores coincidan totalmente en sus producciones. Pensar en la fortuita paternidad conjunta de Leibniz y Newton del cálculo infinitesimal contribuyó mucho a que me sintiera mejor. Sin embargo, ya no estaba dispuesto a permitir que otro plagio involuntario se repitiera.

            En la escritura de mi segundo título, modifiqué el método creativo: partiendo de otro modelo clásico (El Decamerón, de Boccaccio), escribí una serie de relatos imaginativos. Lo llamé Nueve noches santas y su elaboración exigió tres años de dedicación exclusiva.

La trama general era esta: nueve adolescentes (seis señoritas y tres chicos) coinciden en una casa en la que se hará un novenario. La difunta es una abuela que ha muerto en un accidente y cuyos restos, irreconocibles, han sido cremados. Mientras los padres rezan, los muchachos se reúnen en una habitación para entretenerse contándose cuentos eróticos. Por la noche, después de que cada narrador ha relatado una historia, sobrevienen los inevitables encuentros sexuales. Durante la novena jornada, tras consumarse la última orgía, alguien llama vehementemente a la puerta de la casa. Al abrirse esta, todos se llevan una gran sorpresa: en la calle, vestida con ropa de playa, se encuentra de pie la abuela por cuya alma se había rezado tanto. «¡Yo no estaba muerta; estaba de parranda! ¡Ja, ja, ja!», exclama la anciana sin pudor. La historia marco, por cierto, tiene como telón de fondo el pueblo de La Sabana, estado Vargas. Ese detalle, pensaba yo, excluía toda posibilidad de coincidencia con cualquier escrito del deleznable Aranda. Confiado, envié el manuscrito a mi editor.

            Nueve noches santas se publicó meses después, sin pena ni gloria. A la semana de su discreto bautizo, volví a la Sala de Lectura Paula Correa con la sola intención de afrontar al bibliotecario y echarle en cara mi originalidad artística: la dignidad del fabulador Marcelo Franco debía ser restaurada.

            Llegué a eso de las dos de la tarde. Atravesé el umbral sin pronunciar palabra, caminé hasta la mesa del centro, donde el hombre estaba sentado, y le ofrecí la edición sonriendo discretamente. Él la tomó en silencio y empezó a leerla, primero con indiferencia, después con una sonrisa que fue ensanchándose más y más hasta explotar en sonoras carcajadas. Se levantó y cogió un ejemplar de la estantería más cercana. Me lo entregó sin dejar de dar risotadas.

            —¿Te burlas de algo en particular? —pregunté.

            —¿Y eso qué te importa? ¡Ja, ja, ja! —repuso—. ¡Anda, lee lo que acabo de darte! ¡Ja, ja, ja!

            No sé cómo expresar la sensación que me invadió al leer las siguientes palabras en la portada del maldito objeto que tenía en mis manos: «Nueve noches santas, Juan José Aranda». La contraportada incluía una nota biográfica:

            «Juan José Aranda (Zapotlán el Grande, Jalisco, 1878). Narrador mexicano. Ha publicado Relatos sagrados (1905). Nueve noches santas, inspirado en su estadía de cinco meses en Venezuela, es su segundo libro».

            No decía nada más, no había ni siquiera una foto que le diera rostro al misterioso autor. Interrogué el volumen con la esperanza de hallar más datos sobre la publicación. Era una edición hondureña de 1911, en cuarto menor, pero el nombre de la editorial estaba desfigurado por el tiempo. Leí todos los cuentos, uno tras otro, cuidadosamente: eran idénticos a mis últimas narraciones.

            —¡Este malnacido es un impostor! —grité, tirando el libro al suelo—. ¡Yo tuve la idea primero!

            —¡Pero si hace cien años que Aranda se te adelantó! —protestó el bibliotecario.

            —¿Acaso no sabes que el tiempo en la literatura es retroactivo?—vociferé, caminando rápidamente hacia la salida—. ¿No sabes, imbécil, que un autor posterior puede influir en uno anterior, que un escritor del siglo XXI puede engendrar a otro del siglo XX o del XIX?

            —¡Marcelo, por el amor de Dios, ve al sicólogo! —suplicó él—. ¡O tómate unas vacaciones, en serio!

            Empecé a reírme roncamente mientras abandonaba el odioso edificio. El cielo oscurecía sobre el parque. Bajo las primeras estrellas, yo tenía un aspecto fantasmal. Seguí riéndome y poco a poco, muy suavemente, mi risa se transformó en un llanto silente y cálido; haber emprendido dos proyectos con esfuerzo, tenacidad y fe en mí mismo, para terminar siendo un tautólogo profesional, era la maldición más dolorosa de este planeta. ¡Ya no sabía qué hacer! De hecho, me hallaba en tal estado de inercia mental, que, al llegar a El Calvario, resbalé en el primer escalón y estuve a punto de rodar escaleras abajo.

III

            Durante las siguientes semanas, mis ojos se consumieron frente a la computadora buscando información adicional sobre Aranda. Fracasé espectacularmente. Confieso, por otra parte, que no quise recorrer bibliotecas porque tal cosa me parecía una práctica bastante laboriosa y anticuada. Además, sabía que el narrador jalisciense era casi un anónimo, pues no figuraba en una sola antología de cuento mexicano que yo hubiera leído; empecé a creer que era mi doble demoníaco, una suerte de alter ego implacable con la misión de anularme. Aunque saber de su existencia, por otra parte, originó la última obra que logré escribir: Los condenados. Comprendía diez fantásticas narraciones cuyo tema era la soledad; ya no podía crear a partir de ninguna otra materia.

Jamás me había sentido tan solo. Ahora sabía que yo era el único escritor del mundo condenado a repetir palabras ajenas. Como consecuencia, dejaron de importarme las anticipaciones de Aranda; me era indiferente si el bibliotecario o alguien más se burlaban de mis páginas. Lo único realmente valioso era que cada frase, cada palabra, condensaba lo mejor de mí. La originalidad de la obra no residía en los textos, sino en su proceso de construcción. Por lo demás, lo mismo da que un escritor menor sea genuino o paródico, prolífico o infecundo: si carece de la capacidad poética, digamos, de Dante o de Shakespeare, la historia literaria terminará aniquilándolo sin piedad. Solo cuando tuve el valor de reconocerme en esa verdad, engrapé el legajo que era el manuscrito de Los condenados y me dirigí al basurero aledaño a casa.

            El «callejón de las chatarras», como lo llamábamos en el barrio, estaba desierto y, extrañamente, limpio. El único objeto que había allí era un oxidado contenedor de basura. Visto desde lejos, parecía estar rebosante de múltiples desechos, pero cuando estuve bastante cerca, noté algo insólito: contenía solamente libros.

Había cientos de volúmenes, grandes y pequeños, nuevos y viejos, algunos sin cubierta, manchados… Nada más que para saciar mi curiosidad, ojeé varios: La llamada de Cthulhu, de Lovecraft (conté 37 unidades); Aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle (por docenas); las novelas de Agatha Christie eran el arsenal más importante, constituyendo no menos de dos tercios del total. Y entonces, casualmente, lo vi: «Cuentos completos, Juan José Aranda».

            Cogí el ejemplar con previo gozo, sin atender ya a los detalles de la edición. Leí el índice y encontré lo que esperaba. Los condenados (1919) era el último trabajo del autor. Comprobé su exactitud con respecto al mío y sonreí complacido. Saqué el manuscrito de un bolsillo interior de mi chaqueta y lo arrojé con alegría dentro del contenedor. Cuando estaba a punto de hacer lo mismo con el libro del mexicano, bajo la escasa luz del crepúsculo, leí la siguiente nota manuscrita en el reverso de la última página:

            «¡Me duele reconocer que estos textos solo son plagios al escritor español Gustavo Adolfo Barco, muerto durante la Primera Guerra Carlista! ¡Soy un pinche farsante…!».

            La satisfacción que experimenté en ese momento fue tan honda y plena que grité salvajemente. Después, le prendí fuego a la copia arandina y la eché en el contenedor. A los pocos minutos, el esplendor de la hoguera trazaba velos claros bajo el cielo nocturno. El silencio y las crepitaciones de las llamas nacían y morían rítmicamente, como una música ritual.

            Definitivamente, no soy único. No he sido el primer autor sujeto a la maldición del plagio. Si en el futuro algún escritor llega a componer, digamos, Los condenados, y comete la ingenuidad de firmarlo con su propio nombre, desde ahora tiene ganado mi perdón. Más que duplicar lo que he escrito, él se estará injertando en una tradición literaria cuyos miembros están atados a un invariable e inexorable destino: escribir el mismo libro.

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