CUENTOS: LAS MENTIRAS DEL ESPEJO. Por Octavi Franch

Desgraciadamente, su novia no había salido de esa. Nadie le había comentado ni pizca sobre el estado en el cual había derivado Alicia, tras asumir el impacto contra la traidora blancura del valle. Un día que, por fin, tomaban la decisión de fugarse de los rascacielos y desconectar en medio de la salvaje, gélida y cada vez más centroeuropea Andorra, y la agorera había cincelado el futuro de su amada prometida. Tan solo habían podido estar un par de horas disfrutando de las curvas, los macizos abetos y la lluvia blanca que les helaba los pensamientos. Pero ahora ya poco importaba la naturaleza en su truncada vida. Alicia estaba muerta y él no lo había sabido impedir.

            Mallol, el novio de la fallecida, no podía detener la catarata de lágrimas que le provocaban una visión totalmente distorsionada de la verdad. Mientras esperaba que alguien se dignara a revelarle qué demonios le había ocurrido con exactitud, a su novia, el chico se tragaba los lamentos empapado por un silencio tan perfecto que le recordaba el que se podía inhalar en los tanatorios. Aún no había tenido tiempo ni de cambiarse de ropa. Así pues, Mallol vestía el uniforme de esquiador ocasional de fin de semana; el mismo vestuario que lucía su amada Alicia, la única mujer que le había hecho el suficiente tilín para plantearse compartir los trastos juntos. Y justo cuando ya soñaban fechas, viajes y un decálogo redondo de felicidad, ella se había evaporado de su calendario eterno.

            No podía recordar con pelos y señales cómo había sido el choque. Desde hacía un rato que una repelente migraña le impedía pensar con el ritmo habitual. Sufría una de esas sensaciones que no has padecido nunca, pero de las que todo el mundo habla. Empatía, decían los psiquiatras. Amor, decía él. Razonado ello, Mallol la volvió a mirar. Más atractiva que guapa, más inteligente que lista, más revolucionaria que extremista. La quería de siempre, desde aquella tarde de café coloquial que un conocido de una amiga de su prima segunda la hizo sentarse en la silla de al lado. Te quiero, le confesó con la mirada. Yo también, entendió con la primera sonrisa.

            No podía comprender cómo era posible que todavía no se hubiera acercado un médico, una enfermera, un familiar, de él o de, sobre todo, Alicia. ¿Y sus futuros suegros? En serio, era incomprensible que ninguna de las innumerables personas que habían amado a Alicia no hubiera hecho, todavía, acto de presencia. Inverosímil de todas-todas.

            Al cabo de un impreciso rato, la jaqueca se había mudado en un cosquilleo que le transitaba por los brazos y las piernas, por las tripas y los genitales, por el cabello y la lengua. Serían los primeros efectos secundarios del disgusto. Si tuviera suerte de encontrarse a alguien con bata blanca, le podría pedir alguna píldora que otra…

            Pero lo que descubrió detrás de la mampara que cumplía funciones asépticas alrededor del cuerpo de su compañera no fue la figura de un entendido en medicina, sino un personaje mucho más singular.

            —Hola, Mallol. ¿Cómo te encuentras?

            —Buenas noches…

            Era un par de dedos más alto que él, tenía el cutis más limpio que recordaba haber visto en un hombre y vestía con elegancia pero sin ligaduras de sastre. Hasta aquí, todo muy normal. Ahora, había dos detalles que lo acabaron de marear: el aroma a incienso que lo embriagaba de cejas a tobillos y las dos inmensas alas que llevaba cosidas en la espalda.

            —¿Preparado? —le preguntó sin abrir la boca al recién llegado.

            —No te entiendo… —se limitarse a articular, un desencajado Mallol.

            —Pronto la vendrán a recoger, ya no es necesario que sufras más por ella; te lo juro.

            —¿Pero cómo quieres que la deje sola? —se defendió atacando de inmediato, el muchacho, cada vez más desesperado por comprender todo lo que estaba ocurriendo en aquella solitaria habitación de hospital.

            —Saldrá de esta, te doy mi palabra. Al principio te echará mucho de menos, llorará tu recuerdo cada noche, pero llegará un día, y no tardará demasiado, en que se despertará y todo será, más o menos, como antes. ¿De acuerdo, Mallol? —insistió, el visitante, mientras volvía a gesticular una sonrisa tan cariñosa que te daban ganas de abrazarlo.

            —Pero es que yo no sé qué es lo que ha sucedido… No lo acabo de entender… Todavía no me has dicho quién eres, ¿verdad?

            —No puedo decirte mi nombre porque no tengo —se justificó, el ser alado—, pero si me acompañas a fuera un instante de nada, lo comprenderás todo. ¿Qué dices, Mallol?

            Encontrarse cara a cara con alguien que te habla directamente a la cáscara imaginaria fue la excusa ideal para que el chico aceptara la oferta del extraño aparecido. Cuando cruzó la puerta de la habitación, sin embargo, ya nada podía ser igual que un segundo antes.

            —¿Lo empiezas a entender, Mallol? —le cuestionó, su ángel de la guarda.

            —Sí… —se sinceró el chico, en pleno trance.

            —Morir no es tan malo como parece desde la esquina de la vida. Te lo pasarás bastante bien, hazme caso. Además, ten en cuenta que hay una cola de gente que desea saludarte desde hace muchísimo tiempo.

            —Me lo imagino… —continuaba llorando, desolado, Mallol.

            —Cierra los ojos y dame la mano. Cuando los vuelvas a abrir, ya no serás capaz de sentirte mal por nada. Te lo prometo. ¿Vamos?

            —¿Y Alicia? —insistió, el enamorado, por última vez antes de su definitivo viaje.

            —Te amará siempre. No le des más vueltas, ¿quieres?

            —¿Y por qué no me puedo ir con ella? —le preguntó, un lloroso Mallol.

            —Todavía no lo has entendido del todo, ¿verdad?

            El silencio fue aceptado como la solución idónea a la duda del ángel.

            —Ella no está muerta, Mallol.

            —Pero si yo…

            —Fuiste tú quien chocó contra la roca y moriste en el acto. Ella solo tiene un par de hematomas en las piernas y un corte en la mejilla. El resto del dolor es de amor. ¿Me has entendido ahora?

            —Quiero irme ahora mismo… Ya no lo aguanto más… Es tan guapa…

            —Cierra los ojos, respira tres veces y no pienses en nada…

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