CUENTOS: ESPERA Y MOVIMIENTO. Por Pablo Arahuete

Al adversario se lo debe estudiar. Sus movimientos, pausas, arrebatos, detalles significativos son claves. Algunos dejan de lado aspectos de este tipo. Me tomaba mi tiempo, concentrado y ajeno a toda crítica del exterior. De los escasos consejos que recibí de mi abuelo atesoro ése. Sus libros predican lo mismo en cierta forma.

Nunca rindió cuentas a nadie y hasta eligió cómo quería morir. A veces, su recuerdo golpea la puerta como lo hizo usted la semana pasada. Tardé en responderle porque poca gente sabe de mi regreso de Europa, dijo Domenech, me atrevería a afirmar que nadie se enteró del viaje. Resulta intrigante dilucidar cómo me encontró. No se apresure en explicar nada, tiempo nos sobra y prefiero averiguarlo por mi cuenta. Como le decía al principio, al rival se lo debe estudiar de a poco, no alcanza con anticiparse simplemente a su próxima jugada. Otro sabio consejo de mi abuelo, hombre de pocas palabras tras los resabios de la guerra. En realidad, el viejo había regresado con una sordera a fuerza de morteros, aunque uno de sus amigos del pelotón atestiguaba un desafortunado encuentro con una esquirla enemiga. Ellos coincidían en una sola cosa al referirse a mi abuelo en torno a la guerra. La guerra, decían ellos siempre, dijo Domenech, le dejó tres cosas al compañero Tobías, dos buenas y una mala. La sordera irreversible desde entonces, una medalla por su valor en las playas de Normandía y su juego de ajedrez de madera tallada. Le confieso mi desconcierto. En un momento había perdido el hilo de esta charla tan amena. Agradezco su paciencia. Le contaba sobre mi abuelo sin saber la razón. No suelo hablar por hablar, salvo algo premeditado. Bueno, hace unos pocos segundos encontré la causa de mi supuesto desvarío. La tenemos frente

a nuestros ojos. El tablero de ajedrez de madera tallada, no me había percatado que Domenech tenía listo el juego en la mesa del comedor. De un momento a otro, me confirmaría si la historia de ese tablero formaba parte del libro de leyendas del gran maestro Tobías Domenech o se trataba de un hecho real. Para mi sorpresa, entre las piezas había una incompleta. Al rey negro le faltaba la cabeza. Los datos concordaban: el famoso rey descabezado conectaba el pasado de la guerra con el presente. Sin embargo, existían tantas anécdotas sobre Tobías F. Domenech. La particularidad de sus libros, crónicas de sus partidas más importantes reservaban un lugar privilegiado para el episodio de la pieza defectuosa. Domenech todavía no movió. Mi reloj avanzó apenas quince segundos y lo detuve, el otro reloj recorre los números, en círculos, a la espera de una drástica decisión. Domenech parece no decidirse por un juego ofensivo. ¿Su flanco débil? Obligarlo a tomar la iniciativa. Los contraataques de Domenech, a diferencia de su maestro Tobías, virtuoso por sus estrategias agresivas, eran su sello distintivo. Jugador poco vistoso pero muy efectivo, decían sus colegas. La vitrina del fondo exhibe algunos trofeos de su abuelo y, en menor cantidad, logros personales. Un par de premios aún hoy reavivan en el ambiente del ajedrez la sospecha de cierto favoritismo. Basta comparar las rondas preliminares de los primeros años y se verá un llamativo nivel mediocre de los oponentes. El pasaporte a las finales estaba asegurado.

No parece descabellado el planteo. Incluso en este instante cuando por fin eligió una apertura del acotado margen de primeras movidas propuestas en este reducido universo cuadriculado. ¿Cuántos libros se escribieron sobre las mejores aperturas de la historia ajedrecística? Miles. Ninguno empieza por lo escencial, una verdad que todo jugador descubre en el preciso momento de disponerse a mover: existe un límite de posibilidades. Cruzar esa frontera, sentirla, aceptarla, implica reconocer que uno no afecta al juego, sino es el mismo juego quien nos afecta, nos condiciona, nos ilusiona con dosis de autonomía falsas. La biblioteca de Domenech, atestada de solapas relucientes con nombres de grandes campeones, Rubinek, Klioudativio, Linchter, Tropish, tantos estrategas del movimiento y la espera, intimida a cualquier aficionado. Domenech acaba de responder a mi primer intento de dominación parcial del centro del tablero y libera de nuevo mi reloj. Su tiempo descansa. Al iniciarse la partida, mis alternativas de desplazamiento eran 20, mi elección de piezas, más escasa todavía, sólo 10. Podía seleccionar una entre ocho peones y dos caballos. ¿Y si cometí un error y me volví a dejar anticipar? Imposible retroceder, por lo menos en las diez primeras jugadas. Maestros como el gran Tobías Domenech lo decían siempre en sus libros en referencia a variaciones del juego. De las 20 chances disponibles en el origen de una partida de ajedrez se deben desestimar al menos seis si persiste el anhelo de ganar. Domenech resulta impredecible en este aspecto, cambiante. Cuando nos enfrentamos por única vez en una exhibición, yo recién había ganado un par de torneos intercolegiales. Mis opciones de vencerlo eran remotas pero mantenía la idea de resistir, inclusive si el rey quedaba desamparado. Quienes me rodeaban pensaban igual. Cada vez que Domenech recorría mesa por mesa, estudiaba los escenarios delicadamente y movía. Creo saber de dónde lo conozco a usted, me dijo Domenech, no voy a precipitarme antes de estar cien por ciento seguro. Le recomiendo, amigo, piense muy bien su próxima acción, tengo una ventaja numérica en cantidad de piezas. Nuestro juego atraviesa el umbral de la pronta definición, sus últimos agrupamientos fueron bastante riesgosos. Debo reconocerle la audacia de plantearme un combate tan frontal. Noto en sus variantes de juego las influencias de mi abuelo, quizás memorizó algunas de sus partidas más emocionantes, me dijo Domenech. Estamos cerca de concluir y como usted ha sido un rival respetable merece conocer la verdadera historia del rey negro decapitado. Durante una misión de extremo peligro el pelotón a cargo de mi abuelo fue diezmado en un enfrentamiento cruzado. Entre ráfagas rasantes, cuerpos disueltos en la arena roja y el crujido cerrado del mar acompañando el lamento del plomo desnudo y candente, nos sentíamos vivos, decìa mi abuelo, dijo Domenech. No se daba cuenta con tanta carga de adrenalina que iba perdiendo la capacidad de escuchar. Todo se condensaba en un incesante murmullo tan lejano como la posibilidad de salir vivo de allí. De repente, el grupo que lo secundaba ya no estaba y comenzó a gritar hasta caer exhausto luego de una larga caminata por los médanos. Dos soldados enemigos lo capturaron y le abrieron un surco en la frente al negarse a responderles una serie de frases incomprensibles para su italiano natal. El asedio de preguntas y patadas al pecho duró días pero mi abuelo percibía un inminente desenlace. Pese al hambre y el dolor del pecho en aumento, que no lo dejaba dormir, pudo leer los labios de un oficial enemigo y si bien no entendía el idioma reconoció la orden. Su muerte estaba próxima como su jaque mate si continúa desprotegiendo ese rey blanco, me dijo Domenech.

Lo llevaron a rastras por un corredor hediondo y mal iluminado. Al final del pasillo se topó con un elemento que desentonaba en aquel lugar: un tablero de ajedrez con sus piezas desplegadas, luego vislumbró las manos hasta completar la figura de los protagonistas. Ser espectador de aquella última partida en vez de aspirar el menosprecio de un hombre dispuesto a destruir cualquier posibilidad de sentarse frente a otro a jugar significaba mucho  en esos instantes. Casi sin fuerzas, vomitó sangre y se acercó a los jugadores. Creyó sentir el roce de una bala en un brazo. Uno de los jugadores se agarró el estómago, mientras el otro continuó pensando, sin reacción, una contraofensiva. Mi abuelo se quedó quieto y recibió un culatazo en su espalda. El soldado herido se desplomó entre las piezas. Desordenadas algunas, caídas otras, el tablero permanecía intacto como la furia del otro jugador dispuesto a terminar el juego aunque debiera encontrar otro rival. Mi abuelo había visto lo suficiente el tablero para recordar la ubicación de las piezas. Levantó tres del suelo, un rey negro sin cabeza, una torre blanca y la dama. Se tomó el atrevimiento de volverlas a poner en su lugar. Las risotadas del jugador, en medio de gestos ridículos, le causaron terror al punto de pensar las torturas más siniestras. Entendió un solo gesto: lo increpaba a proseguir el juego. Con una ventaja de piezas y mejor posicionado, mi abuelo sabía las ínfimas chances de torcer el rumbo de los acontecimientos, me dijo Domenech. Fue su juego más largo y creo que el resto de la historia ya la conoce. Jaque, mi amigo. Dicen que el maestro Tobías Domenech había interrumpido su carrera cuando se alistó en el ejército y al regresar se mantuvo ausente de los campeonatos por muchos años. Su nieto, Tomassino Domenech, con quien perdí en una exhibición por un peón de más al momento de contar, aguarda mi movida. Los relojes se detuvieron junto con las piezas y nosotros nos debatimos entre el movimiento y la espera hasta que uno de los dos dijo jaque mate.

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