UNA VENTANA AL PSICOANÁLISIS: ‘La Ola y las tres heridas Narcisistas’. Por MARÍA NIEVES GOROSITO

El reconocido cuadro “La Ola” es un símbolo por excelencia del arte japonés. Esta imagen se ha estampado en infinidades de telas, adquiriendo gran popularidad. Fue pintada entre 1830 y 1833, por el pintor Katsushika Hokusai.

En esta ocasión utilizaremos lo que su imagen nos brinda para hablar acerca de las tres heridas narcisistas planteadas por Freud, consideradas  tres grandes golpes al orgullo de nuestra especie.  

La gran ola es la que se destaca al primer golpe de vista, que uno hace hacia el cuadro; resulta de una magnificencia evidente que ha hecho pensar a muchos como la representación de un fenómeno de tsunami. Sin embargo, lo que el pintor quiso plasmar en su tela fue el fenómeno de la ola gigante; aquella que resulta cuando diversas olas, más pequeñas, se juntan formando una gran masa de agua, llamativamente alta y devastadora. Estudiosos han pasado a escala real la altura de la ola y resultaría de unos 10 a 12 metros aproximados, verdaderamente imponente. Esto, ha llevado a pensar que probablemente sea el mar frente a Kanagawa y sus grandes olas las que pudieron resultar de inspiración al pintor.

Es la perspectiva dramática, adoptada por Katsushika, en la cual un símbolo japonés como la montaña Fuji, que representan lo eterno e inmortal, queda, en comparación a la gran ola, de un tamaño llamativamente pequeño. Esto nos permitió una lectura que puede alojar la siguiente metáfora, dónde aquello que se creía por encima de todo, de una fortaleza imponente, cuando el saber avanza, puede verse del tamaño y la debilidad de una hormiga. Debido a fuerzas que resultaban desconocidas y que al juntarse vienen a dar por tierra aquello que se nos presentaba como seguro y con certeza.

Este gran símbolo japonés pasa a ser diminuto, casi imperceptible frente a estas nuevas fuerzas que forman algo tan increíblemente fuerte. Esto pone en jaque todo su poder, toda su eternidad e inmortalidad; esta ola arrastra con ella todo su símbolo de omnipotencia. Del mismo modo, Freud, en su texto “Una dificultad del psicoanálisis” (1917), encuentra tres argumentos a lo largo de la historia que vienen de destituir hasta lo que en ese momento eran grandes verdades, verdades que le brindaban seguridad y fortaleza al hombre moderno. Nuevos argumentos que rasgan la concepción uniforme e inquebrantable del hombre de esa época, y continúa haciéndolo en aquellos cuyas estructuras psíquicas se mantienen rígidas.

La primera de estas heridas surge de la mano de Nicolás Copérnico, en el siglo XVI. Sus estudios astronómicos revelaron que, a diferencia de lo que se venía pensando, la Tierra no era el centro del universo. Nada de especiales, somos un planeta más de los que giran en torno al Sol. El universo se encuentra conformado por numerosas galaxias, de centro pasamos a un rol bastante secundario. Una pieza diminuta del gran reloj.

Luego de esta afrenta cosmológica, le sigue el descubrimiento de Charles Darwin, en el siglo XIX, sobre la Teoría de la Evolución. En ella se pone en cuestionamiento la idea del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios. Un hombre que mantenía cierta divinidad en él que lo hacía superior a los animales. Otro giro, otro golpe al narcisismo humano, de la mano de esta científico que sitúa al hombre, no como un ser especial, sino como un eslabón más en la cadena de la evolución; lo sitúa en pie de igualdad de cualquier otro animal.

Es decir, el hombre surge de distintas mutaciones y evoluciones de animales (simios) que existían antes de nosotros, y según lo planteado por esta teoría, no somos la cumbre de la evolución, sino que siempre seguirá modificándose la especia con el correr de los años.

Llegamos a la tercera herida, ahora de la mano de Freud y su teoría psicoanalítica, que le anuncia al hombre que no es dueño de sí mismo. Que lo que él conoce como libertad, la mayoría de las veces se encuentra tomada por conductas determinadas por procesos inconscientes que no puede controlar, y que incluso ni siquiera conoce. Así descubrimos que no todo, en el modo de actuar del hombre, pasa por su razón, por lo consciente. Lejos de ser así la clínica psicoanálitica muestra que son muchos los casos en los que un sujeto siente que no puede llevar el control de sí mismo, que lo habitan sentimientos y deseos que continuamente se contrarían haciendo imposible la toma de decisiones. Otros tanto, que si bien han podido decidir, viven la vida que supuestamente eligieron con angustia y tedio. Todo ello sin poderle atribuir a ninguna causa su sensación de malestar constante, en el mejor caso; o atribuyéndole sus propios males al mundo que lo rodea y su gente.

De este modo, ni somos centro del universo, ni seres divinos, ni dueños de uno mismo. Así se formaron estas tres masas de agua que se juntan y forman la gran Ola que castiga al narcisismo de la humanidad, y dan por tierra a lo que se encontraba fuertemente instituido en su saber. Las posturas más rígidas se ahogaron en esas aguas, mientras que aquellos que se mantienen más flexible a lo nuevo, se entregan a la tarea de reelaborar los saberes, enriqueciéndolos. Aprendiendo lo que, a nuestro parecer, estas heridas vinieron a enseñarnos: la idea de un saber único, completo e inmutable, debe ser suplantada por la de un saber al que solo me puedo acercar, pero al que nunca conoceré en completud, puesto que el saber es relativo a mi posibilidad de conocimiento, y mis limitaciones. Sumémosle a esto que, a diferencia de lo que se pensaba antes, el saber se encuentra en constante cambio e interacción con su contexto socio-histórico y cultural; y ambos, y todo se encuentra en constante cambio.

Creemos que además de arrastrar saberes, esta ola con sus nuevas concepciones arrastra concepciones viejas. Es decir, se llevó por delante un paradigma del conocimiento, e instaló la necesidad de un cambio radical de la definición de saber.

En el próximo artículo trabajaremos los dos discursos en confrontación del nuevo y viejo paradigma. Pero para finalizar podemos decir que no podremos evitar el fluir de las aguas del conocimiento que se sustituye una y otra vez; pero mientras nos mantengamos abiertos a la idea de cambio y humildes ante el saber podemos evitarnos el gran oleaje y su embestida.

Bibliografía:

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