RELATOS: EL DIARIO DEL LEÑADOR (PARTE I) . Por Mónica Cristina Cena

18 de mayo

Por recomendación de mi loquero, hoy comienzo a escribir un diario. No sé por qué me dejé convencer, si soy un tipo que convive poco con las letras. Me cuesta enlazar una oración con otra y soy tosco para describir las cosas (reconozco que eso no me preocupa), pero todo es para mi bien, mi salud mental y la tranquilidad de mi conciencia. 

En fin, aquí voy. Me presento: soy Tobías, el leñador para todo el mundo, aunque al principio fui carpintero. Cambié de oficio cuando me di cuenta de que cortar leña para la gente del pueblo me daba más ganancia que hacer muebles. Empecé de a poco: cada mañana, iba al monte a buscar maderas para mi emprendimiento, y de paso, ganaba un extra cortando leña para las salamandras y hornos de barro. No tardé mucho en juntar unos pesos con los que me compré una motosierra. Eso significó más ganancia con menos esfuerzo y más tiempo libre: el sueño de todo emprendedor.

Un día, después de una tormenta, conocí a Aurora, la mamá de Marianela o Caperucita Roja (como la llamaban todos por usar, invierno y verano, un buzo rojo con capucha). La pobre Aurora quería hacer un asadito y se le había mojado la leña que tenía. Yo le llevé un poco con mi camioneta y, como me flechó a primera vista, para hacerme notar, no le cobré el flete. Así nació nuestra amistad.

Aurora… ¡qué mujer dulce! Cada mañana, yo le llevaba un poco de leña para su horno de barro, y ella me esperaba con alguna de sus delicias, de esas que cocinaba para vender. Así fue creciendo nuestra amistad hasta convertirse en romance. Un amor secreto, porque a la hija no le gustaba la idea de que su madre formara pareja otra vez. Mocosa metida… Cada vez que podíamos tener un momento a solas con Aurora, enseguida llegaba la pendeja y, con algún pretexto, nos cortaba la conversación. Para mí que sospechaba algo.

Aurora tiene devoción por su hija, pero yo le desconfío. Caperucita es una chica que tiene malas juntas; anda siempre con Cacho, el séptimo hijo varón de los Gutiérrez, y con la hermanastra menor de Cenicienta, Griselda o La colorada como se la conoce en el pueblo.

No me gustan nada. Voy a estar atento.

20 de mayo

Esta tarde fui a ver a Aurora. De lejos podía sentir el aroma a torta que venía del horno de su casa, y me acerqué con la ilusión de tomar unos mates con esas exquisiteces.

—No —me dijo con una sonrisa—, son para mi mamá. Está un poco enferma y le recomendaron quedarse en cama unos días. Mañana por la mañana, le voy a mandar con Marianela esta torta y estos pancitos.

La piba pasó a mi lado con una mochila. Y, por más que escondió su cara en la capucha, pude ver que sonreía mirándome de reojo.

Qué estarás tramando, pensé mientras mordía una torta frita del día anterior. No sos de fiar, Caperucita.

21 de mayo

Por la mañana.

Hoy me levanté temprano y me fui hasta la casa de Aurora: quería espiar a la mocosa. Dejé la camioneta escondida detrás de unos arbustos, y me acerqué despacio hasta ubicarme detrás del horno de barro. Desde ahí podía ver y escuchar todo.

—Caperucita —le decía Aurora—, por una vez en tu corta vida, haceme caso: no vayas por el monte. Sabés que andan por ahí unos faloperitos perdiendo en tiempo; no sea cosa que tengas algún problema.

—A esta hora no hay nadie, ma —dijo la piba acomodándose la mochila.

—No importa. Yo te digo que no pasás, y no pasás. ¿Oíste? —Caperucita resopló y la miró de reojo—. ¡A mí no me hagas así, mocosa! Si no me hacés caso, te voy a encerrar en un colegio, a ver si te sacan derechita.

Al rato, salió Caperucita, mochila al hombro, y encaró para el monte, nomás.

Un poco más tarde, la piba se internó bastante en el monte hasta llegar a un claro —yo la seguía con suficiente distancia como para ver sin ser visto—. Ahí estaban Cacho y Anastasia perdiendo tiempo, como siempre.

—¿A dónde vas, Caperucita? —le dijo Cacho.

—¿Tengo pinta de ir a la escuela? —contestó la piba, sin detenerse.

—Uh, qué mala onda… —dijo Anastasia. Lo miró a Cacho y agregó—. Yo que vos, Cachito, no le permitiría que me hable así.

—A mí no me jodan —dijo Caperucita—. Después del otro día, no quiero saber más nada con ustedes.

—Te propongo algo para hacer las paces —le dijo Cacho—: ¿qué te parece si jugamos una carrera? El que gana le pega una patada en el culo al otro.

—Ay, qué tarado que sos, Cacho —dijo Caperucita, mientras Anastasia se reía a más no poder—. No tengo tiempo para juegos: me voy a lo de mi abuela que está enferma.

—¡Bueno! —dijo Cacho—. Una carrera hasta lo de tu abuela.

—¿Me ves cara de tarada? —dijo Caperucita—. Vos tenés una bici y yo estoy de a pie.

—Si quieren —dijo Anastasia—, yo me llevo la bici a mi casa mientras ustedes corren. Después me cuentan quién ganó.

—Dale, Caperucita —dijo Cacho—, no seas cortada.

—Está bien —dijo Caperucita—, pero a la primera trastada, no les doy más bola.

Cada uno agarró por caminos diferentes. Yo no me quedé conforme y los seguí a paso vivo.

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