CRÓNICAS DE UN REGRESO: ‘La Casa’. Por MARÍA CELESTE PORTA

No es la primera vez que vuelvo a vivir en esta casa. En realidad, sí es la primera vez que vuelvo, porque si para volver es condición haberse ido, me fui una sola vez. Lo que quiero decir, es que no es la primera vez que esta casa resulta ser el lugar en el que busco asilo.

Cuando estoy lejos y la pienso, me acuerdo de la canción de Spinetta, que habla de las casas marcadas por la luz. Es que a ésta la levantó mi abuelo con ayuda de sus hermanos y acá transcurrió la infancia de mi mamá y de sus hermanos. No puedo imaginarla sin esa luz que baña a los recuerdos ajenos, los que uno crea a partir del relato de otros. 

Conozco todas las anécdotas que transcurrieron ante los ojos de estas paredes. También imagino la cantidad de secretos que deben guardar. A veces, cuando escucho los chillidos de las cañerías o las maderas del techo que crujen, creo que la casa trata de decirme que está cansada de estar en pie y de ser el faro que ilumina el camino de vuelta a ella, a su seno íntimo y cálido.

Cuando era chica, dormía en la habitación que había sido de mis abuelos. Era una de las más grandes de la casa y cuando mi abuelo falleció, mi abuela prefirió dejarla para que la usemos en nuestras visitas de verano. Unos años después, sirvió para que nos instalemos ahí con mi mamá. Tenía una mancha de humedad enorme en el techo, y a la noche, antes de dormirme, le dedicaba unos minutos a buscarle formas, como si fuera una nube en el cielo despejado.

Ahora ya no duermo en esa habitación, y las manchas de humedad se taparon con capas de pintura e interminables arreglos que parecieran querer tapar más que manchas oscuras en la pared. Sin embargo, antes de dormirme sigo pensando en esa forma que dibujaba el agua abajo de la pintura descascarada. Me vence el cansancio sin develar el mensaje de la mancha de humedad y tengo el mismo sueño una y otra vez: Estoy sentada en una estación de ómnibus, en un parador que nunca vi, un lugar en el que nunca estuve. De repente, aparece el colectivo al que tengo que subir y cuando lo hago me doy cuenta de que me olvidé el equipaje. En un parpadeo llego a destino. Bajo en la ruta, todavía es de noche. Cruzo por abajo del puente que está a la vuelta de mi casa, sin equipaje. Cuando llego a la esquina, la única casa en pie en toda la cuadra es esta. Es como si hubiera habido una guerra y las demás casas de alrededor habrían quedado reducidas a escombros. Todo esto no me alarma, no me asusta. Cruzo la puerta de entrada, reviso las habitaciones y no encuentro a nadie. La mesa está servida, en la cocina hay una olla en el fuego, pero no hay rastros de mi mamá o de mi abuela. El único que se asoma a darme la bienvenida es mi perro, Flopy, que se murió cuando yo tenía 16 años.

Desde que tengo este sueño, que me despierta bastante sobresaltada pero llena del amor de mi primera mascota, tengo la certeza de que habito este espacio por segunda vez, esta casa a la que vuelvo, para sanar viejas heridas. Tal vez la muerte de mi perro en la adolescencia, tal vez la muerte de la adolescencia. También lo que debería morir y no muere y lo que tiene que nacer y no nace.

Esta casa ha sido y vuelve a ser parada y hogar. Faro en el medio de las tormentas, la calidez ante el viento de otoño, la frescura del verde del patio en las siestas de verano. Todos sus rincones son conocidos, todas sus historias cuentan la mía, tal vez es hora de hacer lo que dice el Flaco Spinetta en su canción y dejar que la luz me guíe.

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