CRÍTICAS DE CINE: ‘El Faro’ (2019), de Robert Eggers. Por MAXIMILIANO CURCIO

Puntaje: 9

“El faro” es la última película dirigida por Robert Eggers, director del muy logrado filme “La bruja”, estrenado en 2015. Su argumento toma forma ficcionando fuentes periodísticas y literarias de los diarios de viaje de Herman Melville, de quien no podemos dejar de mencionar “Moby Dick”, novela que fuera llevada al cine por John Huston en 1956, con Gregory Peck interpretando al atribulado personaje que perseguía su preciado tesoro cetáceo en el medio del mar. Igualmente apropiado resulta mencionar la reversión que Ron Howard realizará en 2015 en “El corazón del mar”, una película Inspirada en la historia real en la que se basó Herman Melville para escribir el famoso relato.

También, resulta una influencia notable Sarah Orne Jewwett, una novelista y cuentista, de quien se atestiguan sus obras regionalistas ambientadas en torno al condado de Maine, en la frontera con Nuevo Hampshire, un puerto de Nueva Inglaterra, en declive, a fines del siglo XIX. Esta es la coordenada geográfica en donde se basa la historia de “El Faro”, que recrea en este diálogo dramático la convivencia que, en completo aislamiento del resto de la sociedad, sostienen durante un período de tiempo no especificado (semanas, meses) dos guardias pesqueros que llegan a una isla remota y misteriosa a proteger un faro.

Bajo este esquema argumental, Robert Eggers encierra a los dos protagonistas de esta historia, encarnados por él siempre descomunal Willem Dafoe y un acertadísimo Robert Pattinson, en una vieja casilla al pie del faro, donde la noche encuentra al día y  convierte al paso del tiempo en un círculo infinito que sume a estos dos personajes en una progresiva pérdida de la noción de realidad, expectantes a aquello que, fuera del encierro, los espera y los somete a la más alucinatoria pesadilla.

“El faro”, nominada el Premio Oscar en el rubro de mejor fotografía, también compitió en el Festival de Cannes y Willem Dafoe fue nominado al Globo de Oro como mejor actor principal. Rodada enteramente blanco y negro; con una fotografía y un tratamiento del plano contemplativo que recuerda por momentos al cine del húngaro Bela Tarr, lo que se desarrolla frente a nuestros ojos es mucho más qué un cuento fantasmagórico que tergiversa su esquema dramático para nutrirse en el género de terror que tanto conoce Eggers. Más aún, este choque de caracteres convierte a “El faro” en una película sumamente hipnótica y que despliega ante nuestros ojos un sinfín de simbolismos y metáforas.

Con profundo arraigo psicoanalítico, el film nos habla de una serie de cuestiones elementales cómo los juegos de poder -los juegos de rol- en la dominancia que, tiránicamente, ejerce el personaje de Dafoe y, también, echa mano al famoso doppelganger de la literaria gótica. Pareciera que, por momentos, las personalidades de los personajes que interpretan ambos actores -si bien pugnan por eclipsarse unos a otros- se espejan en sus debilidades. A medida que la convivencia forzada que establecen resquebraja el vínculo, visibilizamos una suerte de vampirización de uno para el otro, y viceversa, en eternas noches de ebriedad, delirios y anécdotas compartidas, mutando la camaradería en un violento caudal discursivo, del cual se beneficia el tremendo histrionismo de Dafoe para entregar unos soliloquios majestuosos.

En esta isla azotada por la furia del mar, en este paraje olvidado sin tiempo ni retorno a la cordura, un imponente faro ilumina el horizonte, pero también, su misteriosa fuente de energía natural pretende echar luz sobre la oscuridad que habita dentro de estas dos almas atormentadas, devorando sus deseos, ansias y fantasías. Estos dos seres fantasmales, presos de un pasado que sutilmente el relato nos revelará, se convierten en dos pasajeros de una pesadilla que arroja, sobre nosotros espectadores, más interrogantes que certezas. ¿Qué secretos oculta el faro? Aquello abominable, indecible aquella fuerza poderosa que se erige en medio de un enclave salvaje, un lugar dominado por la verde naturaleza, los vientos huracanados y las aves de presa.

Eggers, en notable labor, asfixia a sus personajes de modo más que gráfico: los tortura mentalmente, los lleva al límite de su resistencia, también es una prueba de coraje para el espectador. Y si hablamos de Herman Melville, imposible resulta no encontrarse interpelado por este tipo de relatos de recios hombres de mar atormentados por aquella quimera que pretenden conquistar.

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