CUENTOS: PÉRDIDA DE FE. Por Octavi Franch





Magda era una de las prostitutas más reconocidas de la esquina. Veterana, atrevida, una auténtica miseria de la sociedad. Pero tanto las compañeras de calle como sus clientes habituales le comentaban que parecía una santa, totalmente desaprovechada, pero una santa.
Aquella madrugada la sorprendió que un posible cliente se presentara tan temprano para pedirle precio. Era joven —rozaba justo la treintena—, llevaba el pelo largo y la barba rizada, mostraba la mirada triste y se desplazaba con una silla de ruedas. No había lugar para la duda: era una víctima con uniforme de la última guerra. Cuando llegó a la altura de Magda, el chico se le acercó:
            —Tú eres Magda, ¿verdad?
            —La misma. ¿Te envía alguien?
            —No… Bueno, sí, pero…
            —A ver si te aclaras…
            —Me parece que, aunque te lo explicara, no lo entenderías.
            —¿Qué te piensas? ¿Que las profesionales del sexo somos unas completas ignorantes? —Quejosa, la prostituta.
            —No, perdóname: no pretendía herirte.
            Definitivamente, aquel muchacho era demasiado amable para ser un inquilino habitual de mercancía femenina. Qué curioso todo…
            —Entonces, chato, ¿qué servicio quieres?
            —¿Servicio?
            —Sí, claro. ¿No has venido para irte a la cama conmigo, rey?
            —¿Te parece que estoy en forma para hacer el amor?
            —¿Por qué no? Cosas más imposibles he hecho, no creas.
            —Lo siento: yo no soy de esos.
            Lo soltó con autoridad, como si estuviera terriblemente convencido de lo que estaba diciendo. Daba miedo y todo.
            —¿En qué puedo ayudarte, pues? —se le ofreció Magda, cada vez más nerviosa ante aquel desconocido tan enigmático.
            —He venido a ayudarte.
            —¿A qué?
            —A salvarte, a sacarte de este mundo que te tiene chupada el alma. Si te das prisa y crees en mí, todavía puedes ser una persona de provecho.
            Persona de provecho. Aquella expresión sonaba demasiado estridente para una zorra a punto de jubilarse como ella. Sin embargo, continuó escuchando a aquel tullido de voz franca y perforadora.
            —¿Y qué se supone que tendría que hacer para salvarme del fuego eterno?
            —Buena manera de expresarlo. Lo único que tienes que hacer es abandonar la mala vida y acompañarme —sentenció el chico de la silla de ruedas.
            —¿A dónde?
            —¿Al Paraíso?
            —¿Es un local?
            —No, mujer: hablo del Cielo.
            Cielo, qué palabra más mágica. Nunca había probado ni el sabor. Nunca.
            —Nunca es tarde, Magda. Yo puedo abrirte la puerta.
            Por un instante, Magda tuvo la sensación de que el greñudo y barbudo que la estaba agobiando con su retórica le había leído el pensamiento.
            —Sí, puedo leerte el pensamiento y muchas cosas más. Pero lo que ahora tienes que hacer es creer en mí, Magda. Hay mucha buena gente que te está esperando.
            ¿Gente? ¿A quién se refería, exactamente?
            —Tus padres. Tu hermana. Tu ahijado. El hijo que nunca llegaste a dar a luz. Te acuerdas, ¿verdad?
            ¿Pero cómo podía saber aquel extraño que ella había sufrido un aborto, justo cuando se estrenaba en aquel oscuro negocio? Inaudito, era del todo inaudito…
            —Era un niño, Magda. Hubiera tenido tus ojos y tu sonrisa.
            Aquello ya era demasiado. Lo echaría a patadas y continuaría su ruta matinal, avenida arriba, paseo abajo. Adiós, ¡loco de atar!
            —Te arrepentirás, Magda. Ahora es el momento. Después, puede que sea demasiado tarde…
 
Pocos meses después, Magda fue ingresada en la planta de terminales de sida del Hospital de los Apóstoles, el que le correspondía según su desgarrada tarjeta de la seguridad social. Se estaba muriendo: la adición a la heroína y la frecuencia del sexo con riesgo la habían convertido en un esqueleto maquillado de pelo largo y teñido de un rubio imposible.
            Nadie, aún, no había ido a visitarla. Ya no le quedaba familia, ya no gozaba de ninguna amiga —aunque fuese del gremio—, ningún cliente la recordaba.
            En plena agonía de tuberías atascadas de sangre putrefacta, Magda recibió la visita de un hombre, a priori otro enfermo. El chirrido de la silla de ruedas la devolvió, por unos momentos, a la vida.
            —Buenos días, Magda.
            —Has… vuelto…
            —Es mi trabajo. ¿Vendrás ahora conmigo?
            —¿Todavía insistes?
            —Por supuesto: ¿nos vamos?
            —¿Conduces tú?
            —¡Por supuesto! Señorita, cuando usted quiera…
            Justo cuando Magda ya se había acomodado sobre las piernas muertas del misterioso personaje motorizado, le preguntó al oído, con un hilo de voz tan fino que solo los de su especie podían escucharlo.
            —Voy a morir, ¿verdad?
            —No: moriste ayer, pero no he podido venir a buscarte antes. Había demasiado tráfico…

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