RELATOS: La historia de Denise. Por MÓNICA CRISTINA CENA

Eran las diez de la mañana y la laptop de Denis seguía mostrando la página en blanco; ella sabía que perdería la regularidad de la materia si esa misma tarde no presentaba el trabajo práctico de Investigación periodística. No había podido pegar un ojo, pero no le importaba: sabía que después de entregar el archivo, tendría tiempo suficiente para descansar. Además, el problema no era el cansancio, sino que no tenía la más mínima idea de lo que podría escribir.

Apagó el aire acondicionado y abrió la ventana de su living- comedor para que corra aire fresco, y un olor a tierra húmeda llenó el ambiente.

Seguramente está lloviendo en algún lado, pensó. Mejor: así para este calor sofocante.

Sí: su departamento era un sauna insufrible y desmotivador.

—¡No aguanto más! —dijo en un arranque de furia. Se lavó la cara con agua fría, metió la computadora en su bolso y salió con la intención de dar vueltas por ahí, hasta encontrar una historia interesante.

Estuvo un buen rato en la plaza del barrio mirando a la gente. Señoras paseando perritos, hombres maduros trotando en ropa de gimnasia y algunas abuelas tironeando de los nietos: nada interesante. Estaba a punto de volver a su casa, cuando las primeras gotas de la lluvia prometida le cayeron en la cabeza; poco tardó para que los truenos completaran la escena de un otoño que se demoraba en llegar.

Antes de quedar empapada, Denis recogió sus cosas y cruzó corriendo la avenida: la cafetería de la esquina sería su refugio.

Entró casi corriendo y chocó con dos mujeres que también entraba corridas por la lluvia.

—Perdón —dijo Denise. Las mujeres ni le contestaron. Entraron directamente y se sentaron en una mesa central.

Denise se sentó en la de al lado, una mesa doble junto a la ventana. Aprovecharía el tiempo que estuviera ahí para seguir pescando historias y personajes para su artículo: agarró unos diarios de la mesa de adelante, sacó su libreta de apuntes y copió varios titulares (solo para no ver la hoja en blanco).

—¿Y, Maira? ¿Cómo está mamá? —dijo una de las mujeres de la mesa de al lado. A Denise le llamó la atención el tono con que lo dijo, no pudo evitar mirarlas. Las dos tenía más o menos la misma edad que ella: entre veinticinco y treinta años, una rubia y otra morena.

—¿No la conocés? —dijo la morena, fastidiosa—. Hinchapelotas, como siempre. No la aguanto más.

—Algo tenés que hacer para poner fin a eso —dijo la rubia.

—¡Ah, claro! —reaccionó la tal Maira—. ¡Habló Gigi, la que tiene todo resuelto! Lo decís porque no tenés que lidiar con ella.

—Ahora, no. Pero hacé memoria todo lo que la tuve que aguantar mientras vivía con ustedes. Yo, no vos, yo fui la que tuvo que soportar sus llantos y ataques de locura cuando papá la dejó por la mucama.

—Pendeja calentona… viejo baboso: la doblaba en edad.

—Señorita, señorita —le dijo el mozo a Denise.

—¿Eh? Ah, ¿sí? —Denis, distraída escuchando a las hermanas, no había notado que el mozo estaba a su lado esperando el pedido.

—Señorita —insistió el mozo, mientras pasaba un paño húmedo a la mesa—, ¿se va a servir algo?

—Sí, disculpe. Tráigame un cortado, por favor.

—¿Grande o chico?

—Grande —dijo Denis, fastidiosa porque el hombre no la dejaba escuchar.

—¿Una o dos medialunas?

—Una… o dos, es lo mismo —Denis le contestaba sin pensar, mirando a la mesa de al lado.

—¿Algún dulce? ¿Mermelada?

—No, no quiero dulce —le dijo, seria—. Tráigame solamente eso.

Las chicas de la mesa de al lado bajaron un poco la voz. Como Denise no llegaba escuchar bien, corrió un poco sus cosas a un costado, se inclinó hacia el lado de ellas y apoyó el mentón en su puño. En esa posición, pudo retomar la conversación de las hermanas.

—¿Compraste el veneno? —dijo Gigi, la rubia.

—Sí, pero no me animo.

—Maira, no esperarás que lo haga yo.

—¿Y por qué no?

—Porque es tu problema, yo ya no vivo con ustedes.

¿A quién van a matar?, pensó Denise, ¿a la madre? ¿Van a matar a la vieja por hinchapelota?

—Su pedido, señorita —dijo el mozo, mientras le servía el cortado, las medialunas y un vasito de agua, y le dejaba dos sobrecitos de azúcar.

—Gracias. ¿No tiene edulcorante?

—Le traigo, si quiere.

—No, no —dijo Denise, seguir escuchando era más importante que seguir con la dieta—. Tomo azúcar.

—¿Y si conseguimos un hombre para que haga el trabajo? —dijo Maira, la morocha, mientras revolvía su café.

—¿Te parece? —dijo Gigi, acomodando su tostado—. ¿Meterías un extraño en la casa?

—Con tal de no escucharla más a mamá, haría cualquier cosa.

¡Sí, sí!, pensó Denise, ¡van a envenenar a la vieja!

—¿Y después, Maira? ¿Qué vas a hacer con el cuerpo?

Denise se ahogó con el café al escuchar eso “qué sangre fría”, pensó.

—¿Yo? —dijo la hermana—. ¡Ni loca! Que se encargue el tipo. Para eso le vamos a pagar, para que haga el trabajo sucio.

Qué hijas de puta que son las dos, pensó Denise, están planeando matar a la madre. ¿Cómo es posible?

—Lo hacés vos —dijo Gigi—, o le pagás a un tipo. No importa, pero de hoy tiene que pasar.

—¿No deberíamos esperar a que deje de llover?

—Al contrario: si llueve la agarrás adentro. Maira —le dijo agarrándole las manos—: yo creo que deberías hacerlo vos. Gastá la plata en otra cosa.

—Tenés razón —dijo Maira—. ¿Me acompañás? No quiero entrar sola.

—Una hora, nada más —dijo Gigi, mirando la cuenta.

—Dale —dijo Maira—, paguemos y vamos. Terminemos con esto de una vez.

¡Se van!, pensó Denise, ¡van a matar a la vieja! Las voy a seguir. ¡Tengo la historia! ¡tengo la historia! Aunque, pensándolo bien, si no evito que la maten, voy a sentir culpa.

Denise dejó debajo del platito la plata con la cuenta, agarró sus cosas y las siguió a media cuadra de distancia. Y cuando vio que las hermanas entraban en un departamento, llamó al 911. A los quince minutos, un policía bajaba de un patrullero.

Denise se acercó con timidez, libreta en mano, para registrar la historia desde el primer momento.

—¿Cómo dice? —dijo ofuscado el policía, a Maira que lo había recibido en la vereda.

—Que fue un malentendido, oficial.

—De todos modos, quiero ver a su madre para confirmar que está todo bien.

La chica le hizo caso y llamó a la madre. Al rato salía a la puerta una mujer no tan vieja como se la había imaginado, con un cigarrillo en la boca y un celular en la mano.

—Señora —dijo el oficial—, ¿está usted bien?

—¿Bien? —gritó la mujer—¿Cómo voy a estar bien si esta tarada no es capaz de matar una rata? Todas las noches ese bicho inmundo jode y jode por todos lados, y esta estúpida no le pone el veneno en el cebador.

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