CRÍTICAS DE CINE: ‘El Jilguero’ (2019). Por MAXIMILIANO CURCIO

SINOPSIS: Theodore Decker tenía 13 años cuando su madre fue asesinada en un atentado en el Museo Metropolitan de Nueva York. Esta tragedia cambia el rumbo de su vida y se ve sumido en una desgarradora odisea de dolor y culpa, y también descubrimiento del amor. A pesar de todo, se aferra a una prueba tangible de esperanza que le dejó aquel terrible día: un cuadro que representa a un pequeño pájaro encadenado, “El jilguero”.

El silencio es lo que queda cuando en el bosque el pájaro se calla. JORDI NOMEN – EL NIÑO QUE DIBUJÓ EL SILENCIO

LA MISTERIOSA FILIACIÓN

Puntaje: 5

Peter Straughan adapta a la gran pantalla esta exitosa novela, ganadora del Premio Pulitzer y autoría de Donna Tartt. Este proyecto ambicioso, de dos horas y media de duración, resulta igualmente fallido. Un elenco con figuras notables y desaprovechadas (Nicole Kidman, Sarah Paulson, Jeffrey Wright y Luke Wilson) no logran disimular la ramificación de subtramas que sobrecargan una propuesta que poseía una raíz argumental sumamente interesante y atractiva; que es la historia real que se oculta detrás del mecanismo de ficción, en clave de thriller.

La trama activa la búsqueda de un cuadro misterioso que emprende un joven, intentando librarse de un hecho trágico -la pérdida de su madre- que vincula a la enigmática pintura con la figura de su progenitora; también con una confusa red de estafadores y traficantes de obras de arte. Pero, en realidad y como suele ocurrir en mundos mágicos de cine, nos encontramos con una historia dentro de otra historia, que toma una porción de verdad. La película nos cuenta la leyenda de Carel Fabritius, uno de los discípulos más renombrados del maestro Rembrandt y precedente del barroco como Vermeer. Fabritius, pintor holandés, poseía una gran cualidad para la utilización de la luz y las sombras en sus pinturas y se considera este jilguero de tamaño natural su obra cumbre.

Si contemplamos el cuadro, apreciaremos su técnica: nos transmite la fragilidad y la suavidad de esta pequeña ave que, no casualmente, posee un brillo dorado y se encuentra atado. La historia también nos cuenta que, trágicamente, pocos meses después de haber pintado este cuadro, Fabritius falleció en una explosión sucedida en la ciudad de Delft. Misteriosamente, la pintura sobrevivió el incendio del taller del pintor y fue pasando de generación en generación, convirtiéndose en un cuadro dueño de una leyenda propia. Esta gran anécdota es la que captura la novelista estadounidense Tartt para publicar su novela en el año 2013, adaptada a la pantalla en torno a la revelación existencial que persigue su adolescente protagonista, mientras intenta responder preguntas acerca de la misteriosa obra y superar el trauma de la muerte de su madre.

Insuficientemente elaborado, el film no profundiza con adecuada uniformidad las diversas subtramas que pueblan su complejo entramado y, por momentos, da la sensación de que, con más austeridad narrativa, el resultado hubiera sido más provechoso. Sin embargo, la analogía que establece entre este auténtico tour de forcé emocional que experimenta su primero niño luego joven protagonista (elipsis temporal mediante) y los simbolismos que desprende el cuadro nos ayudan a vislumbrar una serie de sentidos que desprende el ave protagonista del cuadro propiciando una interesante metáfora acerca de la redención y la liberación personal.

Un ejemplar auténtico de “El Jilguero” (pintado en 1652) decoraba las paredes de un Museo de Arte de New York. Contemplado por cientos de ciudadanos y turistas cada día, la pregunta que nos asalta es la siguiente: ¿Cómo miramos un cuadro? ¿Qué nos devuelve sus múltiples sentidos?  Desde sus inicios, la actividad de interpretar una obra de arte nace y se desarrolla vinculada a la sociedad de su tiempo y la manifestación artística específica que determinado espacio histórico genera. Si la interpretación de tanto forma (técnica) como contenido (significado) nos permite recurrir a métodos de mirar, las infinitas interpretaciones que una obra propicia nos brinda las claves para interpretarlas.

Si prestamos atención a las pistas diseminadas a lo largo del film, comprenderemos más acerca de la búsqueda de este peculiar adolescente -luego joven- y también acerca de cómo narración e imágenes se combinan para sugerir sentido y significación a la obra (este jilguero dorado, ‘enjaulado’) y la esperanza bajo la cual el sufrido protagonista busca aferrarse, con deseos de reinventar su propia realidad. Trazando una enésima analogía con la estética en el arte y la condición de lo bello que todo hecho artístico posee en su naturaleza, los modos particulares de entender aquello que ‘ve a simple vista’ sugieren diversas teorías y perspectivas. Podría decirse también, forjar una verdad propia e intransferible.

Si la búsqueda existencial que emprende el muchacho se emparenta con el aura trágica que posee el cuadro en sí, podríamos inferir que partiendo éste del pensamiento mítico de un relato oral -cuyos detalles varían en el tiempo- basándose en fenómenos mágicos, las explicaciones lógicas y racionales que se transmiten -como las varias conjeturas respecto al hecho trágico en cuestión- esgrimen una configuración de la verdad que nos habla de arquetipos. Esquema de valores del cual no escapa la disfuncional trama familiar en la que este joven se ve atrapado. Reforzando la intención acerca de estos recorridos paralelos que ‘joven’ y ‘cuadro’ establecen, si interpretar una pintura parte del deseo de conocer al mundo, caracterizarlo y describirlo, enlazamos una probable deducción de el atribulado muchacho en un afán de configurar mundos imaginarios.

Acaso el relato se ve sostenido por construcciones que apelan a la imaginación: aquellas que sostuvieron la leyenda de un incendio, ocurridos siglos atrás y aquellas que hoy se reflejan en un espectador desconcertado, intentando colocar en su lugar las piezas de este rompecabezas desmesurado. Sin circunscribirse al mero acto creativo, la belleza contemplativa gira alrededor del ser humano y lo trasciende, incluso a esta insuficiente transposición literaria. Sin embargo, hurgando en las profundidades de esta enmarañada trama comprendemos que perseguir lo bello se concibe como un acto de elevación espiritual personal -y a través del arte-, tanto en su acción como en su contemplación.

Este óleo sobre madera titulado “El jilguero” supero un bestial incendio y el deceso de su creador, ése con quien convivió durante un tiempo histórico. No obstante, el pájaro dorado voló y atravesó siglos de humanidad, en busca de alcanzar la eternidad, en perpetua y vertiginosa mutación. ¿No resulta, acaso, una perfecta analogía a la experiencia de auto descubrimiento que vivencia el personaje central de este film?  Valiente en su descubrimiento resulta la aceptación de una verdad que comprometa la propia identidad (sexual, moral, social) y purifique la comprensión del lazo paterno y materno filial -pobremente ilustrado el primero en sus abusos, misteriosa y penosamente arrebatado el segundo-, guiños psicoanalíticos incluidos.

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