UNA VENTANA AL PSICOANÁLISIS: “El monstruo de Frankenstein y el yo adolescente en la postmodernidad”. Por María Nieves Gorosito

Hoy convoco para el análisis  una obra literaria clásica que me cautivó por completo, de tal manera que la leí completa, un domingo por la mañana. Totalmente atrapada por la escritura de esta joven escritora, Mary Shelley, que supo plasmar en su trabajo de ficción los tormentos, las pasiones y los amores humanos.

 Hoy, desde la distancia, puesto que mi primera  lectura de la obra fue cuando tenía 19 años; ante el repaso actual en una edad ya adulta, encuentro que mucho ha tenido que ver la edad que tenía como lector, en aquél momento me encontraba en una etapa avanzada de mi adolescencia.

En ese entonces,  atravesaba las inquietudes y problemáticas de cualquier joven adolescente que busca su lugar en la vida adulta. Situación que despierta, ansiedades, dudas producto de la transformación subjetiva que implica una reestructuración de la identidad, no solo desde la propia mirada, sino también desde la del Otro y los otros; debe cambiar de un ser dependiente a un ser completamente independiente. Antes, refiriéndonos a la generación de nuestros abuelos e incluso padres, ese paso se hacía más rápido , pero  actualmente el proceso se fue dilatando aún más,  haciendo que el sujeto permanezca durante mucho más tiempo en una subjetividad que no es ni una cosa ni la otra, es decir, ni niño ni adulto.

Aberastury, psicoanalista argentina,  plantea que el adolescente atraviesa un desequilibrio extremo.  Le asigna a este proceso un carácter semipatológico, al  que denomina “Sindrome normal de la adolescencia” en el que el sujeto atraviesa tres duelos importantes. Primero el duelo a su propio cuerpo infantil, un cambio biológico que implica lidiar con nuevas dimensiones, sensaciones y cambios hormonales. En este punto recuerdo aquél pasaje de la obra Frankenstein, donde el monstruo relata las dificultades que tuvo que atravesar para dominar ese cuerpo, al igual que un adolescente, con el que había despertado, sus nuevas dimensiones enormes, caminar,  aprender a hablar y relacionarse socialmente sin las indulgencias familiares. Identificar sus propias emociones, ya que su sentir cambia del sentir de un niño al sentir de una persona adulta, es decir su cuerpo experimenta sensaciones y emociones para las que  su psiquis debe reestructurarse y aprender a contener y tramitar. Asimilar y domeñar ese nuevo cuerpo y sus emociones, le permitirá hallar su lugar en el mundo social.

Este duelo se encuentra muy relacionado con el siguiente, que es el duelo por la identidad infantil. Este implica abandonar su estado de dependencia, para comenzar a sostenerse de forma completamente autónoma como lo hace un adulto; sin embargo,  sucede a menudo que ni su mirada ni la de los adultos le otorgan un rol de adulto acabado. De este modo, el adolescente, al igual que el monstruo de Victor, no encuentra una mirada que lo sitúe con un rol claro y de pertenencia.

Y el tercer duelo propuesto por la autora, es el que refiere al duelo por los padres omnipotentes de la infancia. Se termina de caer la ilusión que fortalece la figura de los padres como superhombres, dejando entrever su condición absolutamente humana, con sus falencias y debilidades. En este punto específico la trama de la ficción de Shelley trabaja una problemática especial que es el abandono, que si bien aquí se trata de un abandono total que deja desamparado a su criatura. En toda crianza y en la vida cotidiana todos nos hemos sentido “abandonados” alguna vez. En ese caer en la cuenta de la mundanidad de los padres, el adolescente siente el límite de su progenitor como abandono ya que a menudo esto lo encuentra aún no constituido, ni capaz de sostenerse solo.

Parados desde la idea que una subjetividad es producto de  varios factores, incluidos aquellos relacionados a la época, cultura y sociedad, señalamos que a diferencia del adolescente moderno que encontraba una figura adulta, hoy el adolescente sufre una especie de una huida o vacante en este rol. En una época, se aspiraba a la adultez como etapa en la  que el sujeto se sentiría realizado. Pero sucede ahora, hay una idea social de la eterna adolescencia y un culto al modelo adolescente, en el cual el adulto se baja de su figura para intentar mantenerse constantemente joven, un culto a la eterna juventud.

En la novela clásica que trabajamos, en esta oportunidad, encontramos una problemática similar entre el creador (Victor) y su criatura (monstruo). Un padre que otorga vida pero sin consciencia alguna acerca de lo deberes que esto implica. Ensimismado en su proyecto y  ambición, desafía la naturaleza y engendra una criatura a la cual desampara apenas esta abre sus ojos y el cae en la cuenta de su responsabilidad. Allí comienza la carrera de huida del creador  y la constante búsqueda de su criatura; que al final, lo que primero había sido una búsqueda de aceptación termina siendo una búsqueda con sed de venganza por el abandono, por la desayuda, por la irresponsabilidad.

Victor Frankenstein: Comprobé, cuando la figura estuvo cerca –odiada y aborrecida visión-, que era el monstruo que había creado. Temblé de ira y horror, y resolví esperarlo y luchar a muerte con él. Se aproximó; su rostro reflejaba una mezcla de amargura, desdén y maldad, y su diabólica fealdad hacía que mirarlo fuera imposible. (…).La ira y el odio me habían enmudecido, y me recuperé solo para lanzarle las más furiosas expresiones de desprecio y repulsión.

Monstruo: ¿Cómo te atreves a jugar así con la vida?.  Cumple con tus obligaciones para conmigo, y yo cumpliré las mías para contigo y el resto de la humanidad. Si aceptas mis condiciones, te dejaré a ti y a ellos; pero si te rehúsas, llenaré hasta saciarlo al buche de la muerte con la sangre de tus amigos. (Shelley, M. 2016. Pág. 114 -115)

Francoise Dolto, es uno de los autores que trabajan esta idea, y plantea que este suceso social de la pérdida de valor de la figura adulta sumado a la caída de la omnipotencia parental, el adolescente queda sumido en el desamparo y la soledad; puesto que los padres ya no cumplen el rol de enseñar, ni de transmitir experiencias sino más bien caminan en la búsqueda del “secreto de la eterna juventud”.  Lo que trae como consecuencia, en el mejor de los casos, un intento de vinculo de amistad con un hijo, o directamente la huida, el desconocimiento y la incomprensión. Padres que ven en sus hijos como monstruos a los que no comprenden y temen.

Monstruo: Pero debes asumir tus deberes y otorgarme lo que me aduedas. (…) soy el que más merece tu justicia e incluso piedad y afecto. Recuerda que soy tu criatura.

Victor Frankenestein: Por primera vez, experimenté lo que eran las obligaciones del creador para con su criatura, y comprendí que antes de lamentarme de su maldad debía posibilitarle la felicidad. (Shelley, M. 2016)

De esta manera, Dolto señala que el adulto deja de existir como modelo y el adolescente pierde la posibilidad de confrontar con un adulto posicionado en su rol. Esta confrontación, plantea Erikson, permite al adolescente construir su identidad utilizando al adulto como “frontón con el que poder pelotear”.

Al monstruo de Frankenstein y al adolescente postmoderno, ese adulto les falta. El yo adolescente que se encuentra en una reestructuración psíquica queda a la deriva porque la generación adulta  se corre del conflicto necesario; suplantando a una rebeldía por una indiferencia e incomunicación terriblemente dañina. Según  Erikson, psicoanalista estadounidense, esto es más grave que la confrontación violenta entre las generaciones, dando a lugar a que la brecha generacional se esfume.

Kancyper, médico psicoanalista, explica que mediante la confrontación generacional, el adolescente debe rechazar identificaciones para acceder a otras nuevas que le permiten obtener una posición independiente. Cuando el rol adulto se corre de su función ya sea en el caso de padres adolescentizados o aquellos que huyen de su responsabilidad, no permiten que esto suceda y los vínculos se mantienen mezclados reemplazando la necesaria confrontación por el amiguismo o la huida.

No podemos pretender que nuestros adolescentes se conviertan en adultos si como adultos nos corremos de nuestro rol; si no establecemos ambientes y vinculos habitados por la confianza y la legitimación, es decir propicios y fecundos  para una interacción que guíe y ayude a conformar la nueva identidad sin invadir pero sin abandonar. De modo  que la confianza en sí mismo del adolescente crezca y de lugar a una creciente y responsable independencia.

Para ello primero debemos asumir que el mundo ha cambiado,  que no podemos pretender que los adolescentes caminen el mundo de la misma manera que lo hicieron sus padres y sus abuelos, puesto que ese mundo ya no existe. Sólo hay algo  que es constante entre las variables, y es el rol del adulto, que se asume como responsable para responder e indagar en las herramientas que necesitará  para acompañar a su “criatura”.

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