RELATOS: ¡Basta!. Por MÓNICA CRISTINA CENA

¿Alguna vez tuvieron ganas de que todos cierren la boca de una buena vez? Aunque sea por un rato, un poco de silencio que consuele a mis pobres oídos cansados de escuchar tantas pavadas. Yo me decía: “Cori, sos una mujer inteligente, preparada, todavía joven…” —Bueh, maso. Como hablo de mí, soy generosa, pero eso no tiene importancia ahora—. Soy una mujer inteligente, me decía, cómo es posible que me deje llenar la cabeza con tantas opiniones, y todas distintas. Al final, siguiendo los consejos de cada uno de los que decían quererme, la terminé embarrando peor.

Y sí: al principio creí que la culpa era mía por no comprender los problemas que tenía mi eterno novio, pero después me di cuenta de que una pareja se hace de a dos. Todos me decían:

—¿Cuándo se casan?

—¿No van a vivir juntos?

—¿Cuándo van a formar una familia?

—¿No te parece mucho quince años de noviazgo?

—bla, bla, bla, bla…

Imposible escucharlos a todos, aunque todos tenían algo de razón. Por eso, una tarde se me ocurrió tomar las riendas de mi vida, y encarar a José María, mi media naranja.

—Chema —le dije—: tenemos que definir nuestras vidas.

—Cori, mi amor —me dijo acariciándome el pelo—, ¿definir qué?

—Eso, nosotros: ¿qué somos? —José María se quedó mudo. Abrió grande los ojos y me miró desconcertado. Si hubiese sido un perrito, hubiera gemido moviendo la cabeza de un lado a otro.

—Sé más clara, Corina, por favor.

—Que hace quince años que estamos de novios y ya pasamos los cuarenta. ¿Hasta cuándo? Me parece que estamos grandes como para llamarnos “novios”. Y para pareja nos falta vivir juntos. Decime, José María: ¿qué somos?

—¿Amantes? —Una pregunta en lugar de una respuesta: típico de José María.

—Amantes… —Pensé un rato—No, no me gusta esa palabra. Me suena a tercero en discordia. Para mí es el que rompe la pareja, el que está demás.

—Amorcito —me dijo con cara de gatito mimoso—, ¿por qué te preocupa? ¿Acaso no estamos bien así?

Esa dulzura, con la que José María me hablaba, me dejaba muda, me enamoraba más. Era su mejor manera de terminar una discusión.

Después de esa conversación, seguimos nuestras vidas como siempre: un café, un paseo por el parque, unos mimos y calabaza, calabaza cada cual, para su casa. Así me decía siempre para poner fin al encuentro. Una rutina. Una cruel y absurda rutina.

Recuerdo que una vez alguien me dijo: “De los círculos viciosos se sale únicamente cortando por uno de los lados, y de los laberintos, por arriba”. No sé por qué esa frase me vino a la mente, pero enseguida supe que ahí encontraría la solución que estaba buscando. Primeramente, tuve que definir si mi situación con María José era un círculo vicioso o un laberinto.

Sin duda, me dije, es un círculo vicioso. Entonces, tendré que cortar por lo sano.

Sin pérdida de tiempo, agarré el celular y le mandé un audio de WhatsApp.

—Chema, querido —le dije—: el jueves comenzamos una conversación que quedó inconclusa, y no quiero esperar hasta el martes para conversar. Yo sé que no te gusta que nos encontremos los fines de semana, pero te pido una excepción. Decime cuándo, dónde y a qué hora nos encontramos, o esto se termina para siempre.

Al rato, me llegó un mensaje que decía:

—Está bien. Te espero el sábado a las 21:30, en la cafetería que está frente a la plaza.

Mi corazón latió desenfrenadamente en cuanto leí el mensaje, y me preparé para la cita, nuestra cita.

Ese día, me arreglé con suficiente tiempo: elegí un sugerente vestido de seda, me maquillé con cuidado y me puse el perfume que a él más le gustaba. Y así fui: toda una diva.

Cuando bajé del colectivo, lo vi a él sentado cerca de la ventana. Algo me llamó la atención y me quedé mirándolo desde la vereda de enfrente. En ese ratito, agarró cien veces el celular y miró el reloj otras trescientas. Por fin, me dio pena su ansiedad y me acerqué. Ya estaba llegando a la mesa, cuando una histriónica mujer se me adelantó y llegó a él con algo en la mano.

—Padre José María —le dijo—. ¡Qué raro encontrarlo aquí, tan lejos de la parroquia! Por favor, ¿me bendice este rosario?

José María la miró, me miró a mí que estaba detrás de ella, y, sin decir una palabra le bendijo el rosario.

No me quedé a ver cómo terminaba la escena: salí por la otra puerta de la cafetería. Ya tenía la respuesta que buscaba.

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