Críticas de Cine: “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero”, de Rocío R. y Bastian A.

BOLERO FALAZ

por MAXIMILIANO CURCIO

El bolero es ese ritmo musical latino, surgido en Cuba hacia fines del siglo XIX. Su desarrollo histórico devino en la ranchera mexicana y ya sabemos el curso que la historia otorgó a una de las formas musicales más propagadas en América Latina. El bolero se caracteriza por la melancolía de sus letras, su poesía romántica y su compás de dos por cuatro. El bolero se baila de a dos. También se miente de a dos, si no se miente a sí mismo. El bolero es mentiroso, tal como lo indica su significancia coloquial. El bolero es falaz. Y el final de “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero” es contundente: una sentencia en letras blancas sobre la pantalla en negro nos alerta acerca de los peligros del capitalismo y la ausencia de solidaridad para todo aquel observador, del otro lado de la pantalla. Ese llamado de alerta, acerca de un discurso que miente y de una maquinaria sistemática que se disemina (hablando de pandemias) en las economías de primer y segundo y tercer orden mundial mascarando sus víctimas en incontables miles. Ese es un relato posible.

Otro relato posible parte de la negación de otra posibilidad de realidad. Es otra clase de engaño: el cine, el artificio audiovisual. Pero estamos advertidos: flashback a los primeros segundos de proyección de “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero” y los realizadores nos anuncian que estamos a punto de ser engañados, timados. Y que vamos a formar parte de esa experiencia. ¿Acaso visitar un mundo de ficción audiovisual no es entregarse a la ilusión eterna que nos presenta el maravilloso séptimo arte? Un mago jamás enseña su truco, pero nos encanta igualmente con su magia. Y sabemos que parte del hechizo radica en entregarnos a creer. De eso se trata el cine, desde que George Meliés nos deslumbrara con sus primitivos artilugios. Allí radica su esencia y resulta muy noble que esta película rescate esa condición primigenia.

Estamos hablando de “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero”, la nueva creación audiovisual de Bastián y Rocío, los responsables de la originalísima “Dolores un día se quedó sola”. Estos ‘breves relatos’ nos recuerdan, desde su título, a los “Cuentos de amor de locura y de muerte” de Horacio Quiroga, pero también podrían haber salido de la atribulada mente del genio bostoniano Edgar Allan Poe. Porque en el encierro forzado por la pandemia conviven el amor, la locura y la muerte. “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero” consiste en una travesía de imágenes y sonidos (carente de diálogos) a lo largo de una hora de metraje, casi en tiempo real, dentro del departamento en el que vive -o sobrevive- un hombre de mediana edad. Su contacto con el exterior es casi nulo. Podríamos hacer una analogía con el mito de la caverna, de Platón. ¿Cuál es la realidad que proyectan esas paredes? ¿Qué hay de verdad en las sombras reflejadas? Se tumba boca arriba en la cama y pita un cigarrillo. ¿Acaso está viviendo un groundhoug day cíclico y eterno? Ruidos desde el exterior provenientes de un altoparlante, fachadas de edificios que brotan como torres alrededor de esta selva de cemento que se erige sobre una ciudad de la furia, aquietada en tiempos de reclusión, angustia y miedo.

Nuestro protagonista, testigo de las horas que no pasan, la procesión va por dentro.Una radio filtra noticias del exterior, un reconocido comunicador opina sobre la coyuntura política y un medio masivo se convierte en ese nexo con ‘el afuera’ y ‘el estado de las cosas’, con toda la subjetividad que implica la responsabilidad de verdad sobre el ‘relato’ que se vierte. No obstante, e ideologías aparte, la realidad es incuestionable y el guiño cinematográfico cobra vida. Nos recuerda a esa maravillosa película de Ettore Scola titulada “Un Día muy Especial”, en donde Marcello Mastrioianni y Sophia Loren compartían su amor, sus conflictos y su soledad dentro de un departamento mientras fuera el mundo hervía: Hitler visitaba a Mussolini y el único contacto que ellos tenían con semejante acontecimiento era una radio, que anunciaba este penoso encuentro. Afuera, el mundo, también ardía.

No es la única cita cinéfila, si miramos con atención la conceptualidad estética de los realizadores hallaremos pistas. Un rico tratamiento del plano, del montaje, de la iluminación y del encuadre nos hablan de un gusto por el cine intelectual de vanguardia sesentista. Por momentos, su sentido del ritmo recuerda a Robert Bresson. La economía de recursos y el rodaje en blanco y negro nos retrotrae, también, al Nuevo Cine Argentino de los años ’90; más precisamente a la obra más temprana de Pablo Trapero. Esas búsquedas plásticas y narrativas son las que percibimos -y disfrutamos- mientras agudizamos la mirada y reconocemos los objetos que pueblan el micro-universo de este hombre a punto de colapsar: un libro de Cortázar, un cuadro del Che Guevara, una misteriosa caja, un reloj de pared, una máquina de escribir.

Podría estar tratándose de un film mudo y volver, aún más, a las fuentes. La cámara muestra, sugiere y comunica sólo lo necesario. El guiño cinéfilo se eleva a la enésima potencia: ¿qué es un baño sin sangre desde que Hitchcock inmortalizara ‘LA’ escena en “Psicosis”, masacrando a Janet Leigh?, ¿qué es el reflejo que devuelve un espejo si no recordarmos la antológica secuencia de desenlace de “La Dama de Shanghai” de Orson Welles? ¿qué es una cuchilla afilada dispuesta a hundirse profundo como bajo la lente de Brian De Palma en “Vestida Para Matar”? No vamos a adelantar más, sólo decir (y citando nuevamente a Poe) que también habrá un corazón delator.

Todo lo demás, es pura imaginación y subjetividad. Nos lo anuncia otro título que se posa sobre la pantalla apenas concluida esta sutil crónica desde el confinamiento. Usted decidirá qué creer, estimado espectador. ¿Acaso de eso no se trata el cine? Y no de dar todo servido al entendimiento. Cuánto más provechoso es, como toda obra de arte que deposita un eco en nosotros, que cada espectador extraiga sus propias conclusiones y construya, sobre lo visto, su propia historia. Su propio camino. En tiempos de información licuada, cine vertiginoso y productos pasatistas digeridos hasta el hartazgo, la singular propuesta estética y conceptual de esta dupla de realizadores bonaerenses resulta encomiable. Porque allí radica, también, la vigencia de este acto de magia. Abandonarse a la ilusión y tejer múltiples, posibles y discutibles sentidos.  Por ello, “Breves relatos de muerte y otras miserias. Un Bolero” es cine en estado puro.

Esta belleza de largometraje fue gestada por dos mentes creativas y sensibles en medio de una pandemia que, independientemente de su real naturaleza y las teorías conspirativas que puedan elucubrarse, pone a prueba nuestra resistencia emocional y física. Al tiempo que la situación de alerta mundial que atravesamos deposita sobre nosotros un manto oscuro repleto de preguntas acerca de nuestro futuro como humanidad, este ejercicio audiovisual nos invita a la reflexión. Hasta aquí llegamos, ¿y después? Las víctimas, vencidas y humilladas, siempre ven cortar el hilo por su extremo más delgado. A veces toca ‘bailar con la más fea’, como en el bolero triste de Sara Montiel. Por suerte existen cineastas como Bastián y Rocío. Diría un poeta sónico: sacar belleza de este caos, es virtud.

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