CRÓNICAS: 'Estoy de Vuelta'. Por MARÍA CELESTE PORTA

Me despierto en el medio de la madrugada. Tuve un sueño horrible, una pesadilla vívida, pero no la recuerdo. Me cuesta ubicarme, no sé en qué casa estoy durmiendo. Últimamente duermo en tres casas diferentes, dos son de amigas en la ciudad, la otra, en la que estoy, es la casa de mi mamá, la que está en el pueblo, de la que me fuí cuando empecé a estudiar en la ciudad y a la que volví después de quince años. En realidad, esta casa no es de mi mamá, es de mi abuela. Nos mudamos acá cuando tenía casi diez años, y desde ese momento la casa de mi abuela se convirtió también en la nuestra.

Todavía está oscuro afuera, y por la ventana abierta de la habitación entra el canto de los grillos y el tufo mezclado con el olor a la chanchería. Es un olor agridulce que se hace más fuerte los días de calor y humedad. Cada tanto se escucha a lo lejos algún auto que pasa por la ruta. Percibo todo al mismo tiempo, y ese combo explosivo de sensaciones me trae el recuerdo de las noches de verano de mi adolescencia. En esta misma habitación me desvelaba leyendo libros que sacaba de la biblioteca pública. Stephen King, Shakespeare, E. A. Poe, Stevenson, Isabel Allende… Leía de manera compulsiva, todo lo que encontraba en la biblioteca. Me encantaban esos momentos de soledad, tan lejos de todos y tan cerca mío. Aprendí a construir mi intimidad, a crear todos los universos posibles a partir de novelas, cuentos, obras de teatros y poesía. 

Ese recuerdo calma, me aleja de la pesadilla y me trae de vuelta a casa. 

Desde la cama, busco la ventana como punto de fuga. Necesito sacarme del cuerpo la sensación que me dejó el sueño. 

La alarma del celular va a sonar a las seis. Deben ser las tres y media o cuatro de la madrugada, y ya sé que no voy a volver a dormirme. Entonces, repaso mentalmente la mochila preparada para ir a trabajar, está todo en orden. También, repaso una vez más la última conversación que tuve con el dueño del departamento que alquilaba en la ciudad, el último lugar en el que viví antes de volver a la casa materna. Se me ocurren respuestas ingeniosas, irónicas, con las que seguro le tapaba la boca. Pero un mes después no sirven para nada, solamente para seguir provocándome este insomnio. Ya perdí, tuve que dejar el departamento y endeudarme para poder salir. 

Me sorprendo pensando en la letra de Pasajera en Trance, de Charly. Me identifico, estoy en tránsito perpetuo y aunque no duerma en aeropuertos, es como si lo hiciera. Mi ropa todavía está adentro de bolsas de consorcio y tiene olor a plástico. Todos mis libros en cajas. Todavía no me animo a desembalar mis cosas acá, aunque estoy de vuelta. 

Parece que se cortó la luz, se apagó el ventilador y el ambiente en la habitación se pone cada vez más denso. No sé cuánto tiempo pasó desde que me desperté. Mi mamá ya está en la cocina y prepara el desayuno. Sale el sol, con la llegada del día se restituye el orden de las cosas. 

En el comedor me espera el desayuno, nos miramos con mi mamá y bufamos por el calor que está haciendo. Mi abuela también se levanta y nos acompaña en el desayuno, imposible dormir así. 

Desayunamos en esa calma tibia, matinal, de verano y lo agradezco. Estoy de vuelta.

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