CUENTOS: ‘El retrato de Carlomagno’. Por Isaac Morales Vargas

Instantes después miré fijamente la pintura.

Edgar Allan Poe, El retrato oval.

Siempre creí en la reencarnación. Desde chico me fascinaba pensar que podía haber vivido en otros tiempos y culturas. Sin embargo, lo que más me emocionaba era la profunda convicción de que, en alguna vida pasada, yo había sido un personaje extraordinario, tal vez un filósofo ilustre, tal vez un gran rey.

Tenía la certeza de que ese pasado augusto había sucedido en una civilización antigua. Pero, ¿cómo saber quién había sido? ¿Habría algún método que me permitiera encontrarme en el tiempo sin que ningún sicoterapeuta o charlatán metiera sus narices en mi vida? Estaba convencido de que sí. Había oído decir que las almas conservan sus manías y gustos a lo largo de sus distintas vidas, incluso, si hay cientos de años mediando entre ellas.

Asumí que si emprendía la ardua tarea de investigar minuciosamente el mundo antiguo para escudriñar algunas biografías notables, podía obtener pistas a la sola mención del color favorito o un hábito trivial de algún personaje, lo que podía ir llevándome a descubrir mi existencia pretérita.

Empecé a leer con mucha atención las célebres Autobiografías de los reyes David y Salomón, además del diario íntimo de Julio César, pero no encontré allí nada interesante para lo que yo estaba buscando. Poco a poco, examiné innumerables biografías y vi incontables documentales, me entrevisté con historiadores y anticuarios, pero sin ningún resultado satisfactorio. Desesperanzado, desfalleciente, decidí acudir a la única persona en el mundo que podía ayudarme: el doctor Sabino Gautama.

            A pesar de su apellido extranjero, el doctor Gautama era criollo. Había egresado de la UCV ostentando el título de médico cirujano hacía mucho tiempo. Continuó sus estudios en Estados Unidos en las áreas de Psiquiatría y Psicoanálisis. Su impecable desempeño profesional le valió el reconocimiento internacional, por lo que su fama le permitió ejercer en varias partes del mundo; no obstante, cuatro décadas más tarde, Gautama regresa a Venezuela envuelto en controversiales rumores.

Muchos lo consideraban uno de los hombres más competentes de nuestro tiempo en materia de siquiatría; otros, lo tachaban de «farsante» y «embaucador», fundamentando sus apelativos en el hecho de que, agotados los recursos de la medicina convencional para solucionar el mal de sus pacientes, Gautama echaba mano a métodos «alternativos». Su destreza con la acupuntura y la reflexología en el manejo de la ansiedad y los trastornos nerviosos, además de otras prácticas como la telepatía y la regresión astral, le habían valido numerosos adeptos, amén de la popularidad ganada por la sanación milagrosa de un caso de lepra.

Los comentarios a favor y en contra del médico terminaron por causarme gran curiosidad. Seducido por su fama y envuelto en una profunda desesperación existencial, le pedí una cita.

            El doctor Gautama me recibió en una habitación blanca de techo alto. Una de las paredes era de vidrios corredizos, por los que se veía una pequeña terraza con un jardín y una sinuosa fuente en el centro. Arriba y más allá, el cielo despejado de la tarde parecía inmóvil. El mobiliario del estudio era más bien simple: un diván acolchado de cuero negro, un escritorio sobre el que descansaba una libreta con dos bolígrafos, y un taburete. En una esquina, casi escondida, estaba cerrada la puerta del baño. Mi anfitrión, robusto, de mi misma estatura, de cabello gris y ojos claros, me invitó amablemente a tomar asiento.

—¿Tu nombre es José Alejandro Marín, correcto?,  ─me preguntó de pie frente al escritorio, mientras hacía unas anotaciones en la libreta.

—Sí, así es… —balbuceé, reclinándome en el diván.

—No voltees a verme —declaró, con voz terminante—, mantén tu mirada fija al frente. Relájate y solo responde mis preguntas.

—Está bien. Creo que estoy un poco asustado —confesé, sintiéndome algo estúpido.

—¿Qué edad tienes?

—Diecinueve.

—¿Con quién vives?

—Vivo solo —respondí—. Mis padres murieron hace poco y no tengo parientes.

—¿Frecuentas el trato de algún amigo, alguna pareja? —inquirió, con tono incrédulo.

—No, doctor. Me gusta la soledad.

—Entiendo. ¿A qué te dedicas?

—Trabajo como cajero en un supermercado.

—Muy bien —dijo, dando un suspiro—. ¿Por qué estás aquí?

—Porque quiero viajar a mis vidas pasadas.

—De acuerdo. Ahora, harás lo siguiente: apenas yo termine de hablar, empezarás a contar en tu mente hasta cien, sin ninguna prisa. Concéntrate en tu cuenta, en respirar lentamente y en el rumor de la fuente que está en el jardín. Quiero que te serenes.

            Obediente, empecé mi cuenta mental, cuando de pronto advertí un objeto que me había pasado completamente desapercibido. Era un retrato del emperador Carlomagno. Estaba colgado en la pared que tenía enfrente, a una altura demasiado cercana al techo. Mientras seguía mi cuenta mental y el sonido agradable del agua cayendo empezaba a envolverme, me fijé aún más en la pintura. No podía resistirme.

Lo primero que atrapó mi atención fue la majestuosa vestidura dorada y la larga espada que el personaje sostenía en una mano enguantada. Luego, me fijé  en la bola dorada coronada por una cruz, también dorada, que sostenía en la otra mano. Pero fue la cabeza la que me provocó una suerte de hechizo. Por una parte, estaba el rostro que miraba ligeramente hacia la izquierda, con una expresión de serena seguridad, tal vez reafirmada por los largos bigotes, la barba y el largo cabello grises; por otro lado, estaba la magnífica corona cargada de piedras preciosas hasta la cruz en la que terminaba, arriba. Había otros elementos en el cuadro, pero la distancia y la iluminación irregular me impedían ver con nitidez. El marco plateado, un poco oxidado, de la obra, aumentó mi desconcierto: ¿por qué me había demorado tanto en notarla? Supuse que aquél era uno de esos casos en los que hay un objeto tan visible, que deviene en invisible. Entonces sentí una suave ola de calor recorrerme todo el cuerpo, de arriba abajo.

Seguí contando adormilado por el rico sonido de la fuente, y a ratos veía el retrato del emperador. De pronto, sentí que un velo cálido me cubría y mis ojos se empezaron a cerrar lentamente. A lo lejos, escuché la voz del doctor diciéndome algo que ya no recuerdo. Entonces solo hubo silencio y oscuridad.

 Paulatinamente, como si estuviera despertando de un sueño profundo, las sombras empezaron a desvanecerse. Estaba caminando por una estancia misteriosamente familiar: una suerte de patio extenso, cercado por una alta muralla de columnas blancas con capiteles dorados. En el centro, se hallaba una estructura magnífica que parecía un templo, formado por grandes bloques blancos, como de marfil, con un alto pórtico flanqueado por dos gruesos postes cuadrados, aparentemente de madera. Enfrente del pórtico había un gran altar de cobre donde ardía una hoguera, cuyo humo se elevaba al cielo en una densa columna gris blanquecina. Hombres ataviados de blanco con cinturones rojos caminaban por todo el lugar.

Me percaté de que yo era uno de aquellos hombres, y que incluso sujetaba en mi mano un cuerno de carnero. Entonces lo supe: Todos éramos sacerdotes y estábamos en el patio interior del Templo de Salomón.

            El calor del sol apenas era perceptible y una brisa fresca volaba libremente por el lugar. Cada sacerdote andaba de un lado a otro con rostro grave y apenas murmurando palabras para sí mismo. Mientras veía todas estas cosas, tres compañeros caminaron hacia mí. Dos de ellos sostenían liras. Al encontrarme, me saludaron y enseguida empezaron a afinar y rasguear las cuerdas de sus instrumentos, de donde brotaban sonidos gratos y coloridos. Me invitaron a soplar mi cuerno de carnero. Como si siempre lo hubiera hecho, introduje el extremo angosto del instrumento entre mis labios, y soplé, pero no se produjo sonido alguno. Todo a mi alrededor empezó a desvanecerse en una sombra espesa.

 Cuando abrí los ojos, de nuevo era José Alejandro Marín, tumbado boca arriba en un diván; tenía la ropa empapada en sudor. El doctor Gautama, de pie a mi lado, me miraba fijamente. Me ofreció un vaso de agua con azúcar. Ya empezaba a anochecer.

Me costó reponerme. Estaba sumamente agotado y con el cuerpo adolorido. El doctor Gautama me felicitó, celebrando eufórico el éxito del procedimiento. No obstante, pensé que aquello era demasiado intenso para mí, razón por la que me levanté como pude, me despedí cortésmente y abandoné el consultorio, prometiéndome a mí mismo no volver.

            Pero, ¿quién no ha incumplido una promesa alguna vez? Regresé a la semana siguiente. El doctor Gautama estaba casi tan emocionado como yo. Me confesó que la mía había sido su primera regresión astral realmente exitosa, por lo que, en lo sucesivo, pondría todo su tiempo, conocimiento y experiencia a mi disposición.

—Así que en una de mis vidas pasadas fui un sacerdote hebreo —concluí, relatándole por enésima vez lo que había visto.

—O un levita —observó el doctor, mientras hacía unas anotaciones en su libreta—. Lo importante es que logramos trasladar tu alma en tiempo y espacio, así que esta vez puede que te sea más fácil viajar a alguna de tus otras vidas.

—¿Esta vez? —pregunté, aterrado.

—¿No es por eso que has venido hoy a verme? —replicó.

Me ordenó acostarme en el diván. Ansioso y lleno de pánico como estaba, obedecí de inmediato. Afuera, en el cielo claro de la mañana, las gordas nubes parecían adheridas al firmamento. Entonces mi mirada volvió a fijarse en el retrato de Carlomagno. De nuevo, la sutil ola de calor recorrió mi cuerpo, y por un instante fui incapaz de mirar a otra parte. Más aún, fijé mis ojos en los ojos de la figura.

—¿Dónde compró ese cuadro, doctor? —me atreví a preguntar.

—En realidad, no es mío —respondió enseguida—, pertenecía al anterior propietario del estudio, un historiador, creo. Sigo esperando que regrese por él.

—¿Y por qué no lo ha descolgado?

—No me molesta allí —dijo, encogiéndose de hombros—. Ahora, vayamos a lo que nos interesa. Relájate y cierra los ojos. Concéntrate en tu respiración y en el sonido de mi voz. Esta vez, contaré yo: uno… dos… tres… cuatro…

            Y de nuevo, mirando fijamente la pintura, sintiendo cómo me desvanecía, entré en un reino de sombras. Por un momento, me encontré en un estado en el que no tenía conciencia de mí mismo; no sentía frío ni calor, tormento ni paz; no tenía memoria ni perspectiva de futuro. Solo creía estar allí, en la eternidad.

            Muy suavemente, desde uno o muchos puntos indeterminados a mi alrededor, empezó a llegar hasta mí un rumor constante, como el griterío de una multitud. El sonido se intensificó hasta hacerse ensordecedor. Detecté un aroma desconocido pero excitante, y sentí ganas de acercarme al origen de aquél olor, cualquiera que fuese, y saborearlo vehementemente, morderlo con fuerza.

Abrí mi boca varias veces, mientras la muchedumbre —definitivamente, era una muchedumbre— gritaba todavía más que antes. El olor desconocido seguía llegando hasta mí, atrayéndome. Empecé a caminar hacia donde me llevaba el inquietante aroma. Sentí arena caliente debajo de mí, pero no a través de mis pies, sino de mis cuatro extremidades, que extrañamente eran muy robustas y gruesas.

Mientras avanzaba, experimenté una respiración poderosa que iba al ritmo indetenible de mis fuertes miembros. Una corriente de viento me azotó la cara, pero pareció perderse al llegar a mi cuello; hasta sentí una agitación extraña al final de mi espalda. Fue entonces cuando distinguí el Coliseo Romano. Sus graderías, bajo el despejado cielo azul intenso, estaban atestadas de gente que vociferaba palabras ininteligibles. Vi con asombro mis dos patas delanteras que clavaban sus garras en la tierra mientras caminaba. Vi a una desgraciada mujer que me miraba horrorizada desde el otro extremo de la arena, chillando y emitiendo un exquisito aroma a carne fresca. El olor, cada vez más intenso, terminó por desesperarme. Corrí salvajemente hacia él. La multitud gritaba enardecida. Con la fuerza de mi cuerpo felino, corrí hacia mi presa, furioso al ver que ella trataba de huir. Rugí con toda la potencia de mis pulmones y me abalancé sobre ella. Sus penetrantes alaridos me indujeron a devorar primero su cara. Sacié hasta el hartazgo mi sed de sangre y mi anhelo de carne,  disfruté empapar mi hocico en la sangre de mi presa. ¡Qué gozo sentí al desgarrar su piel y morder su carne tierna! No sé si fue por el frenesí que me embriagaba o si fue por exhibirme ante quienes me ovacionaban, pero me tomé un momento para aspirar la apetitosa fragancia de la victoria, justo antes de despedazar el primer muslo de mi comida.

            De pronto, un rumor de asombro se extendió por las gradas del coliseo. Los espectadores, que se habían mantenido sentados mientras cazaba y devoraba mi presa, se pusieron de pie. Instintivamente, giré en redondo, y vi en el centro de la arena a un hombre alto y grueso, que exhalaba un olor todavía más delirante que el de la mujer. Llevaba encima unas piezas grises y marrones que le cubrían la cabeza, los hombros y parte del pecho. Sostenía en una mano un objeto largo, delgado y brillante. Aunque yo no podía verle la cara a este sujeto, sí fui capaz de percibir, por encima de la algarabía, su respiración tranquila. Eso me gustó; las presas que mueren con miedo, amargan la carne. Mientras lo examinaba detenidamente, el hombre alzó al cielo el objeto refulgente y vociferó algo, parecía invitarme a ir a su encuentro.

La brisa trajo de nuevo su aroma distinto y exquisito. Me aproximé caminando despacio y fui apretando la carrera. El hombre separó sus piernas y sujetó el objeto largo con ambas manos. La multitud parecía enloquecer. Cuando estuve lo suficientemente cerca, rugí de pura emoción y salté en dirección a su cabeza, con la esperanza de quitarle la cosa gris que la cubría. Fue en ese instante que el objeto largo y delgado atravesó mi pecho.

Aquel dolor terrible, como si mi cuerpo se hubiese abierto en dos hasta las entrañas, me devolvió la conciencia de mi humanidad. Nunca supe si mi expresión de dolor fue un rugido de león o un grito de hombre, pero lo cierto es que instantes después yacía boca abajo, llorando, babeándome y con el pantalón mojado, en el suelo del consultorio del doctor Gautama.

            El doctor me prodigó, aunque con mucha sencillez, toda la atención y el cuidado que necesitaba. Una bebida energizante y una ducha bastaron para reponerme físicamente. Mi anfitrión me regaló un mono que siempre reservaba en su baño para casos de emergencia, y así me libré de mi vergüenza. No obstante, se me hacía imposible comprender que yo, el ser humano, el joven de diecinueve años, no había sido atravesado por una espada ni estaba muerto. El doctor Gautama procuró convencerme del éxito espectacular del procedimiento. Pensé que aquello había excedido los límites de lo razonable, estreché su mano e, incapaz de decir nada, corrí fuera del estudio lo más rápido que pude.

            Sin embargo, regresé a las dos semanas, pero esta vez Gautama me sorprendió con una noticia:

—Después de haberlo analizado detenidamente, mi conclusión es definitiva: tú eres la reencarnación del emperador Carlomagno.

Al escuchar esa afirmación, sofoqué una carcajada, pero la seriedad en el rostro de mi interlocutor era tal, que no supe qué decir. Hubo un silencio largo. Al fin, hablé:

—¿Está seguro, doctor?

—Completamente —respondió— En tu primera vida, siendo sacerdote, estuviste siempre en un templo construido por un rey; en la segunda, fuiste un león, que siempre ha sido el símbolo del rey; por último, eres la única persona que ha estado en mi consultorio fijándose en la pintura, que representa, precisamente, a un rey. Es evidente, pues —concluyó—, que la meta de tu alma es la realeza. Fuiste evolucionando a lo largo de los siglos, hasta alcanzar la máxima jerarquía del ámbito terrenal: ser emperador.

—En ese caso —repliqué— ¿Cómo se explica que haya vuelto a ser una persona común?

—Porque todos atravesamos ciclos —repuso, con un tono paternal que me irritó bastante—. Al no poder ascender, solo se puede descender. Es como regresar al principio, empezar de nuevo…

—¿Y si no quiero empezar de nuevo? ¿Y si quiero abandonar esta vida insípida y volver a ser Carlomagno?

El doctor Gautama era demasiado inteligente como para fingir que no comprendía mi propuesta. Hubo otro silencio, esta vez breve, y el doctor miró fijamente el retrato. Yo también lo hice, concentrándome de nuevo en el rostro de la figura. Por tercera vez, una ola de calor recorrió mi cuerpo, pero ahora con una intensidad insólita. Interpreté el hecho como una señal aprobatoria del destino.

—Hágalo — le ordené por fin al doctor, con una voz que no parecía la mía—. Devuélvame a mi antigua vida de emperador y déjeme allí.

—Es tu decisión —dijo él, con un hilillo de voz.

Por tercera y última vez me tumbé en el diván que ya sentía como parte de mí mismo. Afuera, la luna y las estrellas habían desertado del cielo nocturno, mas el consultorio yacía iluminado con una luz blanca digna de un quirófano. Esperaba que en esta ocasión, en la que la regresión sería irreversible, Gautama ejecutara algún rito o ceremonia de estilo oriental, algo que incluyese inciensos, velas y la recitación de algún mantra, pero la realidad fue mucho más pobre que mi imaginación: el doctor me ofreció una pastillita amarilla con medio vaso de agua. Aunque esta vez sí hubo, por otra parte, una diferencia trascendental: el retrato fue ubicado justo a la altura de mi cuerpo tendido, en la pared. Una vez hube ingerido la pastilla, de nuevo me relajé, me concentré en el rumor de la fuente en la terraza y dejé caer mis párpados.

—No —dijo firmemente el doctor—, esta vez tendrás los ojos abiertos.

—De acuerdo —repuse, obedeciendo.

—¿Comprendes que no habrá vuelta atrás?

—Esa es la idea, doctor.

—¿Y qué quieres que haga con tu cuerpo? No me arriesgaré a hacer público tu caso. Tengo una reputación que cuidar.

—Haga lo que quiera —le dije, obviando el estúpido comentario sobre su reputación—. Solo asegúrese de enviarme a donde quiero.

—Muy bien, hijo —dijo, estrechando mi mano y mirándome directamente a los ojos—. Ha sido un verdadero gusto trabajar contigo.          

Quise responder, pero creo que ya los efectos de la pastilla comenzaban a manifestarse, pues la lengua se me pegó al paladar y un escalofrío desagradable se apoderó de mí.

El corazón comenzó a latir con violencia. Fijé mis ojos en la pintura, en toda ella, y procuré no pensar en nada. Poco a poco, el escalofrío se intensificó y empecé a quedarme sin aliento. Entonces perdí el dominio de mí mismo y mi cabeza se ladeó levemente hacia un lado. En seguida, Gautama la sujetó entre sus manos, de modo que volví a mirar la pintura, cuya figura había empezado a modificarse, débil, pero perceptiblemente: la piel del rostro adquirió un matiz más vivo y mayor carácter; los ojos, que siempre habían mirado hacia la izquierda, lentamente se empezaron a mover hacia el frente hasta que me miraron directamente; incluso, creí ver el esbozo de una sonrisa siniestra bajo la poblada barba.

Entonces ocurrió: preso en un organismo gélido, ya sin poder respirar y con el corazón a punto de estallar, sentí cómo de pronto abandonaba mi cuerpo por mi propia boca; salí de mí mismo estirándome en una suerte de chicle monstruoso y transparente, como una inefable masa elástica que se proyectó desde mi boca hasta la pintura. Por un momento, fui un puente entre el cuerpo y el retrato, fui las tres cosas a un tiempo en un vértigo indescriptible, hasta que terminé por situarme en el cuadro, mirando mi antiguo cuerpo inerte del otro lado, sobre el diván, con el doctor Gautama que intentaba reanimarlo.

            Tuve la sensación de ser una completa entelequia excepto en los ojos, mis inquietos ojos que no dejaban de mirar en todas direcciones, buscando una explicación de lo sucedido.

            El doctor Gautama tomó asiento unos minutos junto al cadáver, como meditando, pero con una evidente expresión de satisfacción en el rostro. De pronto se levantó y caminó hacia la pintura con la clara intención de devolverla a su ubicación anterior, pero cuando su mirada distraída se topó con la mía, quedó petrificado. De inmediato, una expresión de horror se dibujó en su rostro.

            —¡No puede ser, no puede ser! —exclamaba, sujetándose la cabeza entre las manos—. ¡Dios mío, no puede ser!

            Poco me resta por añadir a esta historia. Me bastará decir que cuando Gautama se recuperó de su conmoción, descuartizó mi cadáver, lo echó dentro de una bolsa negra que cerró con un gran nudo y la arrastró fuera del consultorio. Luego, apagó la luz y cerró la puerta. Jamás regresó.

Atrapado como he estado desde entonces en mi nuevo estado de pintura, no tengo la menor noción del paso de las horas y de los días. Solo sé que todo lo que he relatado ocurrió hace mucho tiempo, pues el polvo, las telarañas y las hormigas lo han invadido todo, como si el cuarto fuese un rincón aislado del resto del mundo.

En esta inmovilidad atroz he extrañado mi naturaleza humana; extraño correr y reír y llorar; extraño sentir el suave tacto de un beso; extraño el aroma del café y ver el amanecer; extraño el dolor de ser hombre. Inicialmente, mi única esperanza de salvación era la muerte, la posibilidad de que alguien me destruyera, pero ya que nadie ha vuelto, deposito toda mi fe en el tiempo, en el piadoso tiempo que podrá aniquilarme para siempre.

            Una debilidad general en toda mi extensión me hace pensar que ya he empezado a descolorarme.

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