CUENTOS: LAS LEGAÑAS DE TU RECUERDO. Por Octavi Franch

Cada viernes por la tarde después de acabar su jornada en el Ayuntamiento, donde trabaja de técnico de cultura, Martín inicia su cobarde trayecto hacia el olvido, aunque cada vez que lo intenta es totalmente en vano, porque el recuerdo vital de Marta, su compañera, vuelve a su presente de una manera cruel, distorsionada, burda, que roza la paranoia.

            Lo primero que lleva a cabo es respirar profundamente antes de bajar el último escalón de su oficina y aterrizar en la alfombra de adoquines grises, sucios y opacos que han pervertido aquel callejón del casco antiguo de la ciudad. Un pie. Ahora el otro. Ya estamos.

            El primer paso siempre es el más complejo, el más duro y el menos agradable. El segundo paso ya es un poco diferente. Como Martín lo sabe a ciencia cierta, su enfado es algo falso, pero ya le está bien para avivar su deprimida alma. No retrocede. Sigue adelante hasta que tiene que torcer la primera esquina.

            Ha cambiado de isla y todo sigue igual. Las mismas caras. Los mismos rótulos. La misma amargura. Martín está convirtiendo en un náufrago de alquitrán en medio de un desierto neutro donde nadie se mira, donde nadie ama. Pero el primer arañazo en las entrañas siempre lo pilla con la cabeza un poco más decaída de lo habitual. Ya está aquí, piensa. Marta… Nunca me dejará en paz, ¿verdad? Ni lo sabe ni lo quiere saber. Se ha acostumbrado a aquel terror urbano. Nunca más será feliz, asume. Por lo tanto, ¿qué más da que su expareja quiera acompañarlo cada viernes en ese camino a la penumbra?

            Ahora sí que ya empieza a sentirse bastante mal. Ser consciente de que unas uñas te estrujan el eje de la columna es muy placentero, cuando la persona que te lo está haciendo está viva. Marta, sin embargo, murió hace tres meses en un atentado terrorista de en la estación de Sants; Martín, desgraciadamente, sobrevivió y ahora malvive el día a día, noche a noche, una pesadilla tras otra. Reconoce que ha estado tentado de quitarse la vida varias veces. Pero no se atreve a no acertar y que al final del viaje no esté Marta esperándole con los muslos abiertos y la mirada de celo.

            Una lengua ácida se adentra por su ombligo. No tendrá más remedio que sufrir una erección. Él todavía es humano. Ella lo parece cada vez más. Es como hacer el amor con un ser extraño, reflexiona Martín. Ojalá se lo hubieran pasado tan bien en vida. El primer botón de los vaqueros tensa. Una temprana mancha de flujo masculino se intuye en pleno centro de los boxers ajustados que siempre lleva para ir a trabajar. Marta era una mujer bastante activa sexualmente, pero la imaginación siempre la ponía él. Ahora todo ha cambiado.

            Sigue siendo un peatón más, anodino entre el potaje humano que hierve en el preámbulo de un fin de semana de otoño. Pero él sabe que todavía no se ha terminado. Ahora viene lo mejor. Marta es constante. Marta no tiene nada mejor que hacer que amarlo desde muy lejos, pero a la vez muy cerca, a rozar de su rasgado espíritu.

            En este punto ya no sabe si es lengua, yemas o nalgas. El placer es brutal, inmenso, pluscuamperfecto. El sueño erótico de cualquier persona en directo y ante todo el mundo que sea capaz de comprender esto. Martín está del todo prendado, excitadísimo, a punto de hacer derramar su orgullo masculino, a pesar del público ciego que no entiende nada pero que tampoco hace ningún esfuerzo para comprenderlo.

            Aunque prueba de no soltarse del todo, no tiene más remedio que ceder ante lo inevitable: un torrente de placer que lo dejará mojado desde el flequillo hasta los tobillos y que le iluminará la mirada.

            En ese preciso instante, suena su móvil. Él no tiene amigos ni familia, no sabe quién puede ser. Seguramente será un comercial pesado que le pretende mudarse de compañía. Número desconocido. ¿Lo ves? Ya te lo decía yo…

            No se escucha bien. No hay cobertura decente. Un ruido metálico le ha impregnado el oído. Es una chica. Y se llama Marta.

            —Hola…

            —¿Sí?

            —Soy yo…

            —No se oye bien… ¿Quién?

            —Cariño…

            No podía ser. De ninguna de las maneras. Aquello no podía estar ocurriendo.

            —Me parece que te has equivocado de número.

            —Martín…

            Era ella. ¿Pero cómo?

            —¿Te gusta lo que te estoy haciendo?

            La erección había vuelto, in crescendo.

            —¿Por qué lo haces? Yo no te he pedido nada…

            —Porque te quiero. Porque te añoro. Porque me hace sentir viva.

            —¿Dónde estás, Marta?

            No sabía si llorar o reír. Pero lo que tiene clarísimo es que su glande está a punto de estallar.

            —En todas partes y en ningún sitio en concreto. Solo quiero darte placer…

            —Te echo tanto de menos… —brama desconsolado, el joven viudo.

            —Siempre me tendrás a tu lado. Siempre. Pero no me puedes dejar sola, Martín. No te lo permitiría.

            —No te entiendo…

            —No deshagas el camino. Sigue adelante. Yo te guiaré. No tienes que sufrir por nada.

            —Pero es que quiero verte, abrazarte, darte besos…

            —No puede ser, Martín. Lo siento. Estas son las reglas. No vengas y yo siempre estaré contigo. ¿De acuerdo?

            La corrida le ha llegado a las rodillas. La oreja sigue absorta, no obstante.

            —Sí…

            —Muy bien, así me gusta… Pues ahora vete a casa, límpiate y piensa en mí. ¿Lo harás?

            La conversación se ha cortado. El móvil está helado. El sonido de metal ha finito. Marta se ha ido.

            Le faltaban solo un centenar de metros para llegar a la primera parada de metro que le llevaría a su hogar. Haría lo que le había dicho el amor de su vida. Él no era nadie para contradecirla. Él ya no era nadie en ese mundo oscuro, sin sentido y rebosante de melancolía. Tan solo, esperaría a que Marta le diera permiso para reunirse con ella. Mientras tanto, continuaría disfrutando de aquella violación fuera de los límites, cada viernes. Era su premio, aunque también su castigo. Vivir es una dualidad, afirma Martín. Confía que morir sea más diáfano, saludable y honrado.

            Los peldaños ya no son lo que eran…

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