Cuentos: ‘EL CHASQUIDO DE LA NATURALEZA MUERTA’. Por Octavi Franch

Mariona siempre había sido una chica muy intuitiva. De pequeña, cuando iba a la guardería del barrio, las monitoras contaban a sus padres que era una niña especial, a veces extraña incluso. Sus progenitores nunca habían dado ninguna importancia a los hechos raros que narraban las trabajadoras del centro educativo, porque ellos también eran un poco extraños, como mínimo para la mayoría de los seres humanos. Ellos practicaban la santería desde hacía un montón de años, cuando tuvieron que contactar con un babalao del Maresme para que los sacara de la madriguera donde estaban inmersos desde que se arruinaron a finales de 2008 cuando la empresa cultural que habían fundado se fundió con sus ahorros, sus propiedades y sus ilusiones y esperanzas de compartir con el mundo entero su sabiduría y competencia en todas las artes.

            Aunque los padres de Mariona tiraban el tarot y las runas, usaban el péndulo y estudiaban la firma de la gente que se lo pedía. No lo hacían para ganarse la vida, solo para ayudar a los demás, como alguien les había ayudado, a ellos, cuando más lo necesitaban. Hay que ser agradecido en esta vida, siempre le predicaban a Mariona sus padres. Y les daba toda la razón.

            Pero ella había ido un poco más lejos que sus amados madre y padre. Alguien, incluso, la podía denominar médium, vidente, sanadora. Ella solo se dejaba llevar cuando los seres del Más Allá la llamaban y obedecía aquellas órdenes que pretendían hacer el bien en este planeta.

            Pero todo se complicó cuando el padre de una amiga suya la saludó en el centro comercial Diagonal Mar, donde ella iba a comer todos los días durante el paréntesis laboral. Para dar ejemplo por la crisis que aún no había terminado ni mucho menos, Mariona se compraba un sándwich, un refresco energético y algún complemento alimenticio lo más sano posible. Una vez abonada la compra, se sentaba en uno de los bancos del recinto, intentando conseguir un grado supremo de tranquilidad y desconexión.

            En la plaza donde construyen cada Navidad el tinglado para los niños y niñas que todavía creen en la inocencia de la raza humana, transitaba Manuel, el padre de su amiga. Ella no se había dado cuenta de su presencia porque estaba totalmente absorta en digerir y saborear la comida, pero él sí la había detectada arrinconada de la muchedumbre que paseaba con compras que no se podía permitir y una sonrisa hipócrita en el rostro, de aquel que muestra una vida pero sufre, en realidad, una muy distinta.

            Así pues, Mariona alzó la cabeza y dirigió su mirada hacia Manuel. Este la miraba desde la lontananza con la mirada desconcertada, dilatada, divagando entre una niebla deshilachada que no entendía, pero que el comprendía desde las cejas hasta las uñas de los pies. Él le sonreía sin aliento, mas sabiendo que era lo que tocaba en ese confundido instante. Ella, sin embargo, por desgracia sí comprendía lo que estaba ocurriendo. Mejor dicho, lo que estaba a punto de suceder.

            Y así fue.

Celia, la hija de Manuel, le envió un Whatsapp porque no se veía capaz de comunicarle la tragedia de voz. A continuación, Mariona envió un mail a su oficina informando que no podría ir a trabajar el día siguiente porque le había surgido una desgracia familiar. Lo compensaría con un día de vacaciones de tantos que le debían.

            De camino al tanatorio, habló con sus padres y les informó de la muerte del padre de su mejor amiga. Ellos no supieron qué decirle porque eran conscientes, perfectamente, de lo que estaba ocurriendo, por lo que estaba pasando su queridísima y única hija. Ellos no tenían ese don, pero Mariona sí; y cada día iba a más.

            Llegó al tanatorio por la noche, cuando la oscuridad ya se intuía en el firmamento y la Luna empezaba a mostrar su plenitud y poder habituales. Un susurro tristón le marcó el camino hasta la sala donde quedaba el cuerpo sin vida de Manuel; no le hizo falta consultar la pizarra de recepción. Una fragancia a bálsamo de afeitar la mareó unos segundos, el tiempo suficiente para que Mariona respirase profundamente tres veces y rezara a todos sus protectores para que la acompañaran en aquella visita, en ese encuentro, en aquella nueva experiencia espiritual.

            Siempre le hacían caso. No le habían fallado. Ella era genuina e ingeniosa. Y todos ellos ya lo sabían de antemano.

            Celia estaba sentada junto a su desconsolada madre, Maricarmen, la viuda que ya no podía llorar más. El hombre de su vida acababa de morir de una embolia cerebral y ella también quería morirse. Pero tenía una hija, Celia, y un hijo, Jan, y no podía hacerlos aquel monstruoso feo. La vida continuaba para los demás. La suya, sin embargo, ya se había terminado. Como la vida de su queridísimo marido. Descanse en paz.

            Amén, pensó hacia dentro Mariona a dos pasos ya de su amiga. Celia se levantó como pudo del larguísimo sofá y, con la mirada ahogada de pena, abrazó a su compañera del alma y desahogó su consternación acumulada desde que una médica de urgencias de Sant Pau les había confirmado la sospecha.

            Mariona intentaba, en vano, calmar el espíritu desgraciado de su querida amiga, pero no podía dejar de mirar y escuchar al efímero Manuel, quien deambulaba por la estancia como un felino condenado dentro de la jaula de un zoológico. Manuel se había aflojado el nudo de la corbata y los cordones de los zapatos. El duelo no le sentaba nada bien. Pero todavía menos el temblor de la ignorancia de lo que debía suceder a partir de ese momento. Ella creía saber cómo proceder, pero como era la primera vez oficial en su trayectoria esotérica, lógicamente, tenía sus exiguas dudas. De inmediato, pensó en qué le habrían aconsejados sus padres. Escucha las voces de tu cabeza, ellas te guiarán. Y, una vez más, les hizo caso.

            Mariona se soltó de su amiga, la miró fijamente, le ofreció una sonrisa empática y franca, y le dijo:

            —Voy un momento al baño, ahora vuelvo.

            Todos los presentes se quedaron donde estaban.

            Excepto uno.

No había nadie en el baño de chicas. Mejor. El numerito que estaba a punto de tener lugar pedía máxima discreción. Todo el mundo no está preparado para la verdad. Mariona entró en el último inodoro y se sentó encima de la tapa, una vez secado y medio limpiado con papel higiénico, el poco que quedaba en el portarrollos. No puso el pestillo, no obstante.

            Entró sin avisar, con la confianza de haber sido una especie de tío favorito todos aquellos años. Y ella se lo permitió.

            Sus ojos habían mudado de color. Se estaba empezando a convertir. Ya no era viejo. Ya no estaba enfermo. Era su esencia, perfecta, atemporal, incluso asexuada.

            Ninguno de los dos interlocutores habló. De hecho, no podían. A ella, no le estaba permitido. Él ya no tenía voz propia ni mecanismos físicos para ejercerla.

            La telepatía entre dimensiones hizo el resto.

            —No sé, exactamente, cómo puedo ayudarte…

            Manuel la observó sin su mirada original y se conectó de la misma manera.

            —Yo tampoco. Pero no paran de decirme que tengo que hablar contigo. Aunque no sé de qué…

            «Qué marrón», pensó Mariona. Qué responsabilidad. Qué prueba de fuego. Era su deber dar una mano a todos aquellos que lo pudieran necesitar, ya estuvieran vivos o no.

            —¿Tienes claro el tránsito?

            —Más o menos.

            —¿Ves alguna luz al final del túnel?

            —Sí, pero está como apagada, o lejos… No lo acabo de entender…

            Mariona creía intuir por donde iban los tiros.

            —¿A quién echabas de menos más cuando tenías cuerpo y consciencia?

            —A mi madre. A mi perro. Solo a ellos dos…

            Era un comienzo, pronosticó Mariona, toda concentración ante aquella demostración de talento sobrenatural.

            —Bueno, pues búscalos. Pregunta por ellos. Chilla sus nombres en silencio. Solo ellos pueden escucharte en este instante, Manuel. Créeme.

            Cuando uno está muerto ya no existe el tiempo y no lo puede sentir. Pero Mariona sí lo sentía, aunque le pareció que había pasado muchísimo tiempo desde que había formulado la pregunta al padre de Celia.

            —No veo nada, no oigo nada… Me estoy asustando…

            —Paciencia. Ahora solo necesitas esperar. No tienes ninguna prisa, recuerda.

            Era del todo cierto. Manuel parecía que empezaba a aceptar las nuevas condiciones de su destino.

            El ladrido lo sintió de buenas a primeras. Notó como un ser raquítico y peludo le lamía las pestañas y el piercing del labio.

            Todo él se iluminó como un abeto navideño. Su querido y añorado hijo de cuatro patas estaba presente.

            Faltaba alguien, sin embargo. Un aroma a Mediterráneo hizo acto de presencia en ese apretado habitáculo. La señora Pitia acababa de llegar.

            El llanto de un hijo sin madre solo es equiparado al de una hija sin padre. Ella todavía no había tenido que sufrir ninguno de esos trances, y confiaba no hacerlo hasta después de un montón de años. Toda la estancia era luminosa. Se sentían besos, abrazos, gemidos, lágrimas, un ataque de hipo. Aquello era el amor mayúsculo, sin fronteras, sin condiciones. Lo que diferencia la raza humana del resto de mamíferos.

            El rol de la Mariona había concluido. Ahora solo tenía que despedirse como los dioses mandan.

            Abrió la puerta con total naturalidad, sin girarse en ningún momento. Ya no era necesario. Todo estaba bien. Todos estaban bien. Y ella, mejor que nunca.

De vuelta en la sala del tanatorio, donde estaba la carcasa caducada de Manuel y mientras esperaba encontrarse a sus padres que ya debían estar de camino, su móvil vibró. Ella juraría que lo había puesto en silencio, nada más llegar a la antesala del cementerio y del crematorio. Era Celia. Debía estar preocupada por la tardanza. Le sabía mal, pero lo primero era lo primero.

            —Mariona…

            Estaba llorando. Comprensible.

            —Ya voy, cariño. Perdona, pero es que me he encontrado un poco mal en el baño…

            —No sé de qué me hablas ahora…

            Mariona no entendía aquella reacción.

            —Te llamo para decirte que mi padre acaba de morir.

            ¿Cómo? ¿Qué? ¿Entonces?

            —Estamos en el tanatorio de Sant Andreu. En la sala 1…

            Ya sabía perfectamente donde era. Pero si ella ya estaba ahí… Aquello sí que era del todo insólito.

            De repente, se conectaron en remoto sus padres.

            —Mariona, ya sabes que eres especial. Y a las personas como tú, les pasan cosas que no siempre se pueden comprender.

            Dicho y oído, Mariona, ahora sí, salió de casa y tomó el primer taxi libre de la tarde. Aquella vez quería llegar pronto.

FIN

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