CUENTOS: ‘Un tal Manrique’. Por PABLO E. ARAHUETE

“No crea mucho en las causalidades. Si quiere, puede considerarme un farsante, dispuesto a tergiversar una historia con el único fin de ganar prestigio. No voy a negarle que últimamente lo necesito. En realidad, busco recuperar confianza luego de una serie de traspiés. Un viejo profesor de periodismo me dijo en una oportunidad que la diferencia entre un buen cronista de policiales y uno malo residía en la capacidad de asombro. Debo confesarle que por esos días mis intereses eran otros. Resultaba primordial estar en el momento justo y mi intuición me confirmaba que pronto llegaría el día. Y así sucedió unas semanas después.”

– Si tuviera que guiarme por una primera impresión, hubiese asegurado que Manrique intentaba evadir una pregunta sencilla pero comprometedora a la vez. Sin embargo, había algo en su relajado tono y sus pausas que transmitía cierta franqueza. De una forma u otra, su negativa a responder mis preguntas hubiese sido justificada. Así, mi versión de los hechos hubiera tomado otro rumbo. La objetividad periodística no existe. Mi poca experiencia en este sobrevaluado oficio me acerca cada vez más a concluir esta suerte de axioma. Admito mi nula sutileza al encararlo. Quizás, los nervios o la incomodidad de sentarme frente a sus ojos, concentrados en mi escote. No podía aseverar con exactitud hacia dónde dirigía su mirada. Llevaba puestos unos anteojos oscuros. Pero una constante impunidad apoyada en una risita irritante lo rubricaba como un típico viejo verde. En la redacción, me habían advertido sobre su conocida reputación de mujeriego. Por eso, sin demorarme le pregunté si no le parecía extraño que uno de sus artículos más importantes hubiese aparecido días atrás en la escena de un supuesto crimen.

¿Por qué usa un escote tan llamativo? -replicó, mientras tanteaba con sus manos una taza de café aún humeante- Le dije por teléfono que vendría a decirle todo lo que sé.

Perpleja, comprobé mi hipótesis. Sin dudas, Manrique buscaría la manera de hacerse odiar por mí o al menos de persuadirme sobre sus facultades mentales alteradas. Era cierto, nuestro primer contacto telefónico se había desarrollado en un clima cordial, sin titubeos. Dudé en creerle cuando me afirmó que no estaba enterado de la misteriosa aparición de un recorte periodístico, escrito mucho tiempo atrás por él, en un caso reciente. 

-¿Usted estuvo allí, señorita? -indagó con un tono policial- Por favor, descríbame con detalles lo que observó.

Accedí a su juego. Supuse una especie de prueba donde mi descripción determinaría si valía la pena seguir hablando o no. Opté por no omitir ningún aspecto sustancial y descarté cualquier intento de conjetura.

Manrique escuchó atento mi relato: llegamos con otros colegas al cuarto de un hotel barato. Sin indicios de forcejeos, el lugar no presentaba nada fuera de lo común. Al ingresar al baño, detrás de una cortina plástica, había un cuerpo apoyado. Uno de nosotros se animó a correr la cortina. El cuerpo se inclinó y descubrimos la bañera cubierta de un líquido rojo, similar a la sangre. En realidad, se trataba de la mitad de un cuerpo de mujer. En este caso, un maniquí. Le faltaba un ojo y en reemplazo habían colocado un bollo de papel de diario. Era una crónica policial firmada por las iniciales J. M. Ninguno había reparado en las dos letras, sino en el título catástrofe, “El último truco”. Estábamos tan desorientados como al ingresar a ese barrio perdido en la ciudad, atravesado de smog y calles laberínticas. En medio del murmullo desconcertante, un fotógrafo, cuyo aspecto desprolijo denostaba décadas de oficio, aportó un nombre clave para acrecentar nuestra desesperación, Julián Manrique. Del otro lado del teléfono, un silencio prolongado me había convencido de que daría por cerrada la charla. Ocurrió todo lo contrario y se dispuso a ayudarme. Fijamos un pronto encuentro. Igual que en la primera conversación, la estrategia de Manrique consistía en descolocar a su interlocutor. Decidí obviar su pregunta y jugar un poco sucio.

-Por su observación se nota que sale poco a la calle. Tampoco creo que usted sea tan viejo. Los archivos no mienten, Julián.

-Es realmente auspiciosa para nuestra charla su ambición desmesurada.

-Sólo esperaba una respuesta no evasiva, nada más.

-La ambición es buena. Desconfíe siempre de los pregoneros de la mesura y la generosidad. El periodismo policial no está hecho para seres débiles. Por eso, una vez que termine de contarle esta historia, entenderá mejor qué quise decirle. Empezaré por ahorrarle varios días de investigación a usted y a sus colegas. Revolvieron los archivos, pero no buscaron bien. El punto de partida debe remontarnos al artículo recuperado días atrás y a un nombre clave: Ramiro Acevedo.

A Manrique le gustaba tomarse su tiempo para decir las cosas. Si bien sus largos discursos invitaban al tedio, resultaba imposible abstraerse por completo.

Ese cúmulo de sílabas arrastradas portaba informaciones vitales para alguien deseoso de llegar a la verdad, sobre todo si estuviese involucrado en el enigma. De Acevedo yo tenía referencias muy vagas. Compartían la primera plana de la sección cuando escribían en “La tribuna”, periódico que por esas épocas tiraba un promedio de cien mil ejemplares. Datos superficiales y nada reveladores. Prosiguió con el bombardeo de frases pomposas ante mi fingido rostro entusiasta. Aunque una parte de Manrique parecía sumergida en un soliloquio, la otra irrumpía con algún comentario antinatural. ¿Le gusta la magia, señorita?

-Claro, como a todo el mundo -mentí- Me fascinan las ilusiones.

-Quiero contarle que nunca me interesaron los magos. Si piensa en una experiencia traumática de infancia como la causa de mi rechazo a los portadores de varitas y galeras, no estaría tan errada. Resultaba muy triste para un mocosito recién salido del catre como yo descubrir un falso fondo en una caja cuando los ojos debían contentarse con unas palomas anodinas. Podría extenderme, no pretendo aburrirla. Mi desdichada anécdota infantil nos conecta directamente con el primer acto de este impactante suceso. Acevedo y yo compartíamos muchas horas de trabajo desde mi ingreso al sector policiales. Ambos anhelábamos un caso fuera de lo rutinario. El mayor defecto de Acevedo residía en un irrefrenable impulso de comunicar todos sus pasos y mi virtud consistía en saber escuchar. Un día nos designaron en la redacción la cobertura de un incidente muy extraño ocurrido durante un show de magia en el café concert Curazao. Allí, todos los viernes a medianoche, se presentaba el gran Constantín y su bella asistente Merlina. Quienes frecuentaban el espectáculo coincidían en el impresionante último acto. Merlina ingresaba en una caja tamaño natural y tras la introducción de cuchillas Constantín la cortaba en pedazos. Sin embargo, la mirada atónita de los espectadores se había convertido en los últimos días en un pavoroso testimonio de lo atroz, cuando escucharon los alaridos de Merlina mientras su torso se soltaba de su cintura. A primera vista todo indicaba un accidente horroroso, pero al trascender una secreta relación entre la víctima y el victimario se aventuraron diversas hipótesis de homicidio culposo. Mi desconcierto al llegar al lugar me impedía buscar alguna pista significativa. Por el contrario, Acevedo había tomado la ventaja e intercambiaba información con los empleados del café y un dueño demasiado bocón. Yo discutía con cierto policía arrogante que no me perdía pisada. Tarde o temprano mi compañero traería noticias frescas. Ese día me preocupó su hermetismo. Lo veía muy concentrado y dispuesto a todo para encargarse del supuesto asesinato. Lo único que exclamó entre un tenue grado de exaltación fue una frase que aún hoy persiste en mi memoria “fue su último truco”. Una inmejorable oportunidad de recuperar unos casilleros en este juego desigual e impiadoso, pensé. Sorprendí a Acevedo con los   elementos que había logrado reunir. Por supuesto, eran todos falsos, igual lo persuadí. 

El tono confesional de Manrique significaba para mí un verdadero problema. Demasiada generosidad en sus palabras me condenaban a dibujarlo de otro modo. Cada vez más cerca del final, contenía mi necesidad de increparlo, de cambiarle para siempre su expresión de enorme vacío tan abrumadora como su par de anteojos negros inamovibles. Con la misma cadencia del comienzo, sus palabras se acomodaban entre nosotros. No podía imaginarme lo que vendría en la misma línea confesional. -Acevedo se dejó llevar por mi abnegada actitud despojada de cualquier segunda intención y abrió su libreta de anotaciones. Nos separamos luego y partí hacia la redacción. Allí, esbocé una crónica de un crimen pasional con un título tan sugestivo como su desenlace: “El último truco”. Se trataba de un crimen casi perfecto donde el asesino eliminaba a su amante ante un nutrido número de testigos que usaría de coartada. Pese a la genialidad del plan, había cometido un error incriminatorio. La caja no tenía un doble espejo como solía ocurrir en esos actos de ilusionismo. El éxito de mi artículo no se hizo esperar y fue una prueba contundente que condujo meses después al gran Constantín a un juicio que lo sentenció a 25 años de prisión. Acevedo pidió que lo cambiaran de sector sin dar demasiadas explicaciones. Pero el hallazgo de mi artículo no estuvo relacionado con el crimen. Cobró notoriedad gracias a la misteriosa desaparición del cuerpo de Merlina dos días después de haber entrado a la morgue. Entonces, por fin aquí entra usted, señorita, a este último acto y ya puede dejar de simular asombro si todavía me considera algo respetable. El cuerpo es el único que sabe a ciencia cierta qué pasó.

La objetividad periodística no existe. Me pregunto cómo contaran mis colegas esta historia si es que realmente logran ponerle un final. El día que conocí el artículo de Manrique fue el mismo en que me encargaron cubrir su suicidio tentativo. En la redacción, los hombres ejercían la mayoría con absoluto desparpajo. Me reservaban siempre lo peor. Si bien tomaba contacto con cadáveres a diario, no podía asimilar la rutina y menos cuando aparecía uno así, como el del viejo. Irónico y siniestro, Manrique aparentemente había gozado de cierto respeto en las filas del periodismo amarillo con un par de asonados crímenes irresueltos. Ese fugaz privilegio lo hacía merecedor de una necrológica de treinta líneas a doble columna. En cuanto a mí, escribirla y sustentar el mito, como en los buenos actos de magia donde se ve prolongada la complicidad entre quien mira y aquel que lo ilusiona. Me pasó lo mismo al conocer a Julián Manrique, sentado con la cabeza sobre el pecho y unos anteojos negros que parecían concentrados en mi escote. Blanco su rostro y pálida la luz que me destiñe detrás de la cortina rodeada de un cuerpo que ya no me pertenece. La objetividad periodística no existe. Me llamo Merlina y les voy a contar mi historia cuando escapé de la morgue.

Ese fue mi mejor truco.

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