CUENTOS: 'El pecado original'. Por Isaac Morales Vargas.

Tuve que forcejear con Eva para impedir que metiera aquél fruto prohibido en mi boca, pues no se resignaba a ser la única en haber vulnerado el mandato divino; después de varios días de acaloradas discusiones, bastó que yo la zarandeara un poco para que desistiera de su necio propósito.

Después, ella cambió de actitud: me rodeó con sus brazos y besó mi boca; nuestros cuerpos se estrecharon; sentí su piel tibia, su pecho terso y esponjoso que besaba el mío, donde resonaban los latidos violentos del corazón de ella. Pero yo no quería continuar con lo que estábamos haciendo, así que no le correspondí (de hecho, ni siquiera sabía cómo hacerlo o con qué finalidad). Sin embargo, tampoco quería entristecerla, de modo que me quedé paralizado. En ese momento ella empezó a llorar, cubriéndose el rostro con las manos mientras vociferaba palabras muy raras, y enseguida dio media vuelta, sin darme oportunidad de reaccionar, y echó a correr hacia el bosque, internándose en la espesura de los árboles. Juzgué conveniente permanecer donde estaba, bajo el cielo claro de la pradera, pero la soledad me resultó tan insoportable que al instante salí corriendo a buscar a mi compañera.

Atravesé el follaje y avancé sin dirección precisa durante largo rato, pues ya no había rastros de Eva por ninguna parte. De pronto, percibí un lejano rumor de voces a mi espalda. Me encaminé inmediatamente al origen del sonido hasta que al fin encontré a Eva en un claro del bosque. Estaba sentada sobre la hierba, acompañada de una criatura muy extraña —era como una serpiente parlante, de cuatro patas. Ambas estaban conversando cuando llegué, pero Eva se silenció apenas me vio.

—No te preocupes, querida —le dijo la serpiente, con una voz indescriptiblemente asexuada—. Adán es como los demás animales del Jardín; no nos delatará.

—De acuerdo —dijo Eva, tras un largo suspiro—. Entonces, dime: ¿qué hago para dejar de sentirme tan sola? ¡Ya no soporto esto!

—Necesitas un varón que sea como tú —declaró la serpiente—. Espera hasta mañana en la tarde que Dios vendrá a echar la siesta, como de costumbre. Mientras esté durmiendo, le robaré la porción de aliento vital que necesito para crear a tu nuevo hombre.

—Pero —repuso Eva—, ¿cómo haré después para que ese nuevo hombre también coma de los frutos del árbol prohibido?

—Él será hueso de tus huesos y carne de tu carne —dijo la serpiente—, así que no necesitarás convencerlo. Ya verás.

Y a la tarde siguiente, yo mismo vi cómo la serpiente durmió a Eva, le extrajo una de sus costillas y, alrededor del hueso, en el suelo, moldeó la figura de un hombre de barro. Después sopló sobre la figura y ésta se hizo hombre, y despertó.

Luego, el hombre caminó hasta el árbol prohibido, tomó como siete frutos y se los comió todos, uno tras otro. Todavía masticaba el último cuando Eva despertó.

—Ya está hecho, Eva querida —dijo la serpiente—. Marchémonos a construir el mundo que hemos concebido.

—Extrañaré este lugar —comentó aquélla, antes de mirarme fijamente—. Y extrañaré a Adán.

—Ya deja de hablar con nosotros y ve a despedirte —replicó el hombre—. Debemos irnos antes de que regrese tu Dios.

Tras meditar un momento, Eva caminó hasta donde me encontraba y besó mi frente. En ese momento, me sentí dispuesto a comer del fruto prohibido, si acaso ella volvía a ofrecérmelo. Pero no lo hizo, sino que inmediatamente se volvió sin decir nada y, junto con sus dos amigos, abandonó el Edén.

II

Gocé de una vida feliz en los días sucesivos: pasaba tardes enteras tumbado entre leones en la pradera; hacía largas caminatas admirando la belleza de flores gigantescas o me sumergía durante horas en las aguas claras de los ríos, persiguiendo peces de colores vivos o pequeños tiburones rosados. Pero este tiempo bienaventurado terminó repentinamente, pues al enterarse de lo que Eva y la serpiente habían hecho, Dios también abandonó el Edén, colérico, con el fin de encontrar a la desobediente y castigarla. Ya sé que él siempre iba y venía, pero esta vez era distinto: el árbol prohibido se secó súbitamente, las flores mudaron sus inofensivas bellezas en trampas asesinas y las bestias más fuertes empezaron a cazar a las débiles. Incluso dos machos de una misma familia luchaban a muerte por una presa sin vida o por el derecho de aparearse con una hembra. Al cabo de pocas semanas, cada especie se había apropiado de un territorio exclusivo del Jardín.

Yo observaba todo desde los árboles, situado sobre las ramas más altas, pues temía ser devorado en tierra por los tigres que ahora frecuentaban el bosque. Y ya que había terminado por hacer de los árboles mi hábitat, pero no quería permanecer solitario hasta que Dios regresara, me uní a la familia de los chimpancés. Conviviendo con ellos, aprendí todo lo necesario para sobrevivir.

Cuando ya había pasado mucho tiempo desde mi inclusión al grupo —ignoro si hacía años o siglos de esto—, un prodigio culminó mi evolución en la vida salvaje: una mañana, tras un largo y tranquilo sueño de tres días, desperté con apariencia de chimpancé. Mi cuerpo apenas si alcanzaba la mitad de su anterior estatura, pero, al parecer, esta pérdida era compensada con la desmesurada extensión y fortaleza de mis brazos. Una densa capa de pelo pardo negruzco me cubría de la cabeza a los pies. Mi nariz se había aplastado por completo sobre una boca grande y peluda, con bigotitos blancos alrededor. Mientras contemplaba atónito mi nueva forma, quise preguntarme en voz alta ¿Qué me ha ocurrido?, pero sólo emití un horrible chillido que a mí mismo me espantó. Sin embargo, después me contenté con este cambio, pues había sido muy oportuno. La selva se había vuelto un verdadero campo de muerte. Muchas de las antiguas criaturas que la habían poblado desaparecieron, mientras que otras, desconocidas para mí, deambulaban hambrientas en busca de una presa. Además, fue por este tiempo que una invasión de serpientes casi exterminó nuestra población, de modo que mis camaradas supervivientes decidieron abandonar el lugar y asentarse en otras tierras. Recuerdo que me emocioné mucho al pensar que conocería el mundo junto a mis congéneres, pero el hecho es que me dejaron solo. El día en que partieron, se despidieron de mí con palmadas y sonrisas amistosas, y simplemente se alejaron cada vez más, balanceándose de las ramas, hasta perderse de mi vista.

Aquella huida me resultaba familiar. Quizá antes, mucho antes de aquel momento, yo había presenciado la partida de alguien, aunque ya no recordaba de quién. Sólo que ese alguien había besado mi frente antes de irse. Y entonces sentí algo extraño dentro de mí (en mi corazón, quiero decir). Pero lo importante era que ya no tenía nada qué hacer en los vestigios del Edén, así que también emigré, solitario, con la esperanza de encontrar otra familia de chimpancés que me acogiera.

Así, deambulé por bosques y montañas. Como no volví a ver chimpancés en ninguna parte, intenté unirme a los diversos grupos de simios con que me topaba: primero, me encontré con una pequeña casta de bonobos, pero envidiaban tanto mi inteligencia que me expulsaron al segundo día de haberme recibido; después, quise juntarme con una familia de orangutanes, pero me veían como si yo no fuese más que una pobre y fea versión de ellos, de modo que me permitían acompañarlos. Sin embargo, no me tomaban en cuenta para nada, así que voluntariamente los abandoné; por último, intenté convivir con un grupo de gorilas, pero tenían un carácter tan terrible —¡terrible, se los aseguro!—, que estimé que me matarían si por ignorancia llegaba a hacer algo malo, así que me escapé de su presencia discretamente.

Por fin, cuando ya había perdido toda esperanza de éxito en mi búsqueda, llegué a una comunidad humana. Era un pueblo de casitas blancas y sencillas. Entré y avancé por una de sus calles. Observé a los transeúntes con sus túnicas blancas y sus sandalias de cuero. Como creía estar por primera vez en presencia de seres humanos, me hallaba genuinamente impresionado, casi tanto como lo parecían ellos conmigo. Sin embargo, lo que me cautivó fue la figura imponente que se erguía en lo que parecía ser el centro del poblado. Representaba a un hombre y una mujer tomados de la mano, envueltos en una espiral que describía el cuerpo de una serpiente de cuatro patas. La figura era toda blanca, como hecha de piedra, y justo debajo tenía una inscripción que, naturalmente, no supe leer. Medité unos instantes acerca de lo que veía y recordé que una vez, hacía mucho, muchísimo tiempo atrás, yo había visto a aquellos tres sujetos, pero entonces eran de carne y hueso. “¿Es que ellos, ahora, son estos seres de piedra?”, me pregunté. Entonces, dos mujeres que pasaban se detuvieron cerca de mí.

—¡Qué tierno monito! —exclamó una de ellas, sonriendo—. ¿Qué buscas, pequeño?

—Parece que le gusta la escultura —comentó la otra.

Señalé la inscripción con el dedo.

—¡Eres muy curioso! —me dijo la chica que había hablado primero—. ¿Quieres saber qué dice en el pedestal? Pues, ahí se lee: Padres de la Civilización.

De inmediato, trepé a la escultura, me colé por entre la espiral de la serpiente hasta ubicarme sobre los hombros de la figura de la mujer y abracé su cabeza.

—No, amiguito —me dijo la otra mujer—. No puedes abrazar a la verdadera Eva; ella murió hace muchos años.

Al escuchar el nombre de Eva me sentí momentáneamente desorientado y, de golpe, terminé de recordarlo todo: el árbol prohibido por Dios, la desobediencia de Eva, el hombre creado por la serpiente… “Bien —empecé a decirme—, ¿qué castigo recibió Eva, después de todo? ¿La mortalidad, quizá? Pero la muerte con el don de la maternidad es un castigo bendito, pues, de algún modo, Eva sigue viva en sus descendientes, que parecen ser los habitantes de este pueblo. Y la serpiente, por su parte, quizá fue quien dio a los hombres el conocimiento para fabricar ropa, construir casas y erigir esculturas. Mientras que yo, el obediente a Dios, sólo me he transformado en una bestia. Obedecí porque Dios me aseguró que yo no necesitaba conocer el mal, pero, a la larga, ¿quién fue el bendito y quién el maldito, entre Eva y yo?”. Entonces conocí el furor. Empecé a chillar y a saltar, mostrando mis dientes amenazadoramente a las dos mujeres que me acompañaban (que, de inmediato, huyeron de mi presencia). Golpeé el suelo con mis puños y giré sobre mí mismo varias veces. Sólo quería confrontar a Dios.

Asumí que después de tanto tiempo, ya él debía de estar nuevamente en el Edén, así que corrí histéricamente de regreso a los árboles que rodeaban el pueblo, y después de entrar en el follaje seguí corriendo como no lo había hecho jamás, sin detenerme, sin agotarme, sin consumir un solo alimento durante días o semanas o meses, hasta que finalmente llegué al borde del Jardín del Edén. Pero el Jardín ya no estaba; en su lugar, sólo había un desierto. Un inmenso e inexplicable desierto.

De pronto, como impactado por un relámpago doloroso, comprendí que Dios había muerto, igual que habían muerto Eva, la serpiente y el hombre que debí ser. En consecuencia, yo estaba condenado a ser un chimpancé para siempre. No pude evitar que las lágrimas corrieran por mi rostro. Quizá eran el fruto de mi absoluta impotencia e indignación, o quizá constituían mi miserable y postrero tributo a la mujer que amé. Lo cierto es que ese llanto era la muestra contundente de que yo seguía siendo un hombre, sólo que un hombre despojado de lo mejor de sí, incapacitado para expresarse en palabras, inhabilitado para construir su mundo, preso en un humillante disfraz inmortal… Pero la culpa era mía, sólo mía, por no atreverme a comer el fruto prohibido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .