ESTRENOS DE CINE: 'EL HIJO' (2018), de Sebastián Schindel. Por MAXIMILIANO CURCIO

SINOPSIS: Lorenzo, un pintor de unos 50 años, reconstruye su vida luego de unos tiempos difíciles. Se encuentra ansioso por el hijo que tendrá con su nueva mujer, Sigrid. Durante el embarazo, ella empieza a tener cierto comportamiento obsesivo y malicioso, que tensa la relación entre ambos. La situación se complejiza y las emociones no parecen estar controladas por la pareja. Con el nacimiento del bebé, los conflictos se agudizan y el vínculo entre ellos se torna oscuro y peligroso, hacia un lugar casi sin retorno.

LA SEMILLA POLANSKI

Puntaje: 5

Sebastián Schindel es un reconocido cineasta bonaerense. Productor, guionista y realizador cinematográfico, durante la primera etapa de su carrera abordó el género documental con notable desenvoltura y sapiencia. Así lo testimonian gratas incursiones como “Rerum Novarum” (2001), “Que sea Rock” (2002) y “Mundo Alas”. En el año 2014, sorprendió a la crítica especializada transformando al por entonces galán televisivo Joaquín Furriel (o la etiqueta que muchos espectadores habían posado sobre él) en un consagrado intérprete dramático, gracias al brillante film “Patrón, Radiografía de un Crimen”. Basta ver su reciente personificación de Hamlet, para darnos cuenta que estamos frente a uno de los actores más talentosos de su generación.

“El Hijo” representa el regreso de Schindel al terreno ficcional y no resulta, precisamente, una incursión habitual en el cine argentino. Nuestro aparato industrial ha abordado el género del terror y su vertiente psicológica con dispar suerte a lo largo de las últimas décadas. El saldo, sin embargo, no ha sido favorecedor. Desde la poco recordada “No debe estar aquí” (co-producción con España, 2002), de Jacobo Rispa, el salto cualitativo de nuestro cine no se había manifestado en cantidad de films dignos de mencionar. ¿Conseguirá Schindel escaparle a la mediocridad? Veamos…

El realizador mixtura los elementos más reconocibles del cine de terror psicológico y policial, bajo el arquetipo de una trama que el género del terror nos ha contado cientos de ocasiones: un nuevo integrante en la familia parece agrietar el abismo existencial que divide a una pareja, al tiempo que los límites de la cordura parecen confundirse con la atmósfera de irrealidad que envuelve al relato y a su protagonista principal, Lorenzo, el punto de focalización sobre el que se estructura esta propuesta.

Un embarazo conflictivo, un nacimiento misterioso, un pacto siniestro y una asistencia a las labores de maternidad de lo más macabra. ¿Les resulta familiar? “El Bebé de Rosemary” marcó un antes y un después para este tipo de propuestas argumentales y, de allí en adelante, cuesta escaparle al lugar común de cualquier resolución narrativa. Pareciera inevitable que “El Hijo” intentara tomar más de una página prestada al libreto pergeñado por Roman Polanski adaptando la novela de Ira Levin, en 1968. Fragmentando las líneas temporales, Schindel pretende prolongar la intriga, sabedor de que posee en su poder un elemento clave del que se precian este tipo de misterios: la ambigüedad que desborda la trama potenciará el engima.

Los principales valores del film se apoyan en dos intérpretes de carácter como el citado Furriel y Martina Gusmán. Mientras la protagonista de “La Quietud” (2018) parece esconder la verdadera naturaleza de su esencia, el intérprete de la reciente serie “El Jardín de Bronce” se luce, nuevamente, en la piel de un ser sombrío o corroído por la incredulidad. La oscura telaraña que se teje a su alrededor lo confronta con sus miedos más intrínsecos y parece no dejarle escapatoria. ¿O es que todo, finalmente, se develará como la ilusión de un demente? El cinéfilo memorioso recordará que la locura también consumía a dos antológicos protagónicos (femeninos) de Roman Polanski: “Repulsión” (1965) y “El inquilino” (1976), borrando las fronteras de todo raciocinio.

Tensa, perturbadora, inquietante y de climas enrarecidos, “El Hijo” nos hace sospechar a cada instante. No obstante, Schindel prolonga en demasía la resolución del misterio y peca de resoluciones arbitrarias, dejando un sendero de cabos sueltos sin explicar. Complejizando in extremis este oscuro drama familiar, se enreda en su propio laberinto de sospechas. Cuestionar el verosímil dejando fuera de foco detalles perceptibles no es sinónimo del buen uso del tan mentado ‘final abierto’.

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