CUENTOS: ‘El Despertar’. Por PABLO E. ARAHUETE

La cáscara se parte de izquierda a derecha y un rugir pegajoso desnuda la piel amarronada. El no cuerpo apresado se libera y siente el primer bostezo del fuego, dormido en brazas ardientes alrededor del corazón de la tierra, que aún conserva humedad de las aguas por donde habían correteado cardúmenes multicolores. La luna filtraba su luz entre la corriente, dibujaba espejos y las estrellas lucían su vanidad ante la mirada atónita de los náufragos del tiempo. El mar desplegaba sus alas y las barcas se perdían entre la sal y la oscura sábana de penumbra, reina de los ciegos. Sola y hambrienta de almas extraviadas aullaba su dolor que nadie escuchó cuando el mar se escondió en la tierra, donde ahora descansa el fuego en la piel gris de una ceniza que vuela y se vuelve aire.

Dejó la cáscara y sus dedos diminutos besaron el suelo. ¿Dónde estaba? ¿De dónde provenía ese olor putrefacto que pugnaba por quedarse en uno de sus orificios? Era de la cáscara, un vientre con forma de huevo en el que había estado durante largo tiempo sin pensar en la posibilidad de que algún día se rompiera. El lugar le resultaba peligroso y no podía abarcarlo con su visión. Enormes columnas movibles se desplazaban a sus costados y hacían temblar la tierra. El ruido era insoportable, crujía tanto como una cascada de piedras que se deslizan en la pendiente de una montaña. Se arrastró por la superficie seca y buscó refugio en una hoja. Fue inútil el intento, suicida, aquella hoja se alejó, impulsada por un soplido misterioso. Se escapaba su única protección y por lo que podía observar no había otra próxima. Las columnas continuaban con su danza mortal y fascinante al mismo tiempo. Iban de a pares, de eso estaba seguro, aunque no podía explicarse qué las unía. En realidad, tampoco sabía la causa de su desprendimiento del huevo al que había permanecido pegado desde antes. La hoja abandonó sin esfuerzo el suelo y su blando cuerpo giró entre las columnas que subían o bajaban, sincronizadas.

¿Hacia qué lugar se dirigía ahora, elevada por encima de las torres vivientes; iba en dirección hacia el lago, donde chapoteaban las mariposas y jugaban a las escondidas entre las piedras, para nadar unos instantes y luego retomar el viaje; o simplemente, atravesaría el manso espejo de agua, con larvas flotantes al sol, para quedarse estacionada a la sombra de los árboles junto al ronquido de los pájaros posados en las ramas? Nada de eso, descendió con absoluta parsimonia sin perder de vista su objetivo: una selva cubierta de enredaderas negras, onduladas, que se expandía y contraía sucesivamente. Un aterrizaje perfecto en el centro de la selva, donde se concentraba la mayor cantidad de vegetación. Con un movimiento casi automático sacó una hoja que se había alojado en los pelos de su pecho. Estaba allí, a orillas del lago, sumido en un sueño profundo desde hacía unas horas. Se había quedado dormido con su cabeza apoyada en el bolso donde guardaba las mariposas. Aquellas que no habían podido escabullirse del abrazo de su red y ahora rebotaban en la pared fría del frasco de mayonesa con la esperanza de encontrar una salida. Frunció el ceño rojo, alcanzado en la mañana por los rayos del sol, acomodó su espalda en la hierba y sintió un cosquilleo placentero. El resultado de la jornada había sido exitoso, sobre todo al haber obtenido una especie con un dibujo muy particular en sus alas. Sin dudas, la pieza despertaría la curiosidad de amigos y colegas como aquel magnífico ejemplar de un solo color que había cazado en las sierras cordobesas durante su expedición por el centro del país. La forma de las alas fue lo primero que llamó su atención y una vez que consiguió acercarse pudo apreciar los dibujos perfectos. Parecían rostros en miniatura, pintados a mano. A pesar de que dios era, según sus pensamientos, una idea demasiado abstracta como para aventurar si existía o no, la aparición de esos dibujos con forma humana constituían una prueba irrefutable que ponía en tela de juicio sus creencias. La necesidad de poseerla a cualquier costo comenzó a aquietar su ánimo. De inmediato, tomó su red y se metió en el lago. Su aspecto exterior era calmo, pero en su interior bullía el deseo irrefrenable de conquista. Así, esperó largas horas hasta que la tan codiciada presa estuviera a su alcance mientras imaginaba cómo luciría en la plancha de telgopor junto a las demás.

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