CLÁSICO…: ‘Casanova’ (1976), de Federico Fellini. Por HÉCTOR SANTIAGO

Seductor, enamoradizo, amante contorsionista, trotamundos, escritor, histriónico, ególatra, levemente afeminado, y mucho más es el Casanova de Federico Fellini. El cineasta italiano dirige, escribe el guión y es responsable de la idea escenográfica de la película inspirada en Historia de mi vida de Giácomo Casanova.

El film constituye un interminable fresco en movimiento, con una escenografía deslumbrante que acompaña cada una de las andanzas del famoso galante. La exuberancia de los espacios, el mobiliario, la riqueza de colores y originalidad de recursos dominan la puesta en escena y hacen de cada una de las aventuras narradas un espectáculo visual sorprendente y admirable. Eso es lo que sucede en los carnavales venecianos y la aparición del rostro de la Sra. de Miuna emergiendo de las aguas, en sus travesías en un Adriático de plástico, en los múltiples sucesos que acaecen en los banquetes de la nobleza, en las casa de citas donde se borda un inmenso mantel y enseñan baile a una costurera, futura amante, y también cuando huye de la cárcel por los techos, protegido por el cielo nocturno de Venecia o cuando viaja en carruajes en medio de la neblina.

Escaleras y bancos gigantescos auxilian a los músicos para lograr acceder a un órgano que está instalado en lo alto del palacio. Una artefacto mecánico que representa un pájaro y sus movimientos se expande y acompaña con música la creciente excitación de Casanova en el momento de consumar sus deseos con cada una de sus amantes. 

Fellini nos ofrece un retrato descarnado de la nobleza del S.XVII: banquetes pantagruélicos acompañados de representaciones teatrales de dudosísima calidad, discusiones filosóficas con participación de niños, torneos de capacidad y destreza sexual, en los que por cierto, destacaba Casanova. Duques y duquesas que practican la nigromancia, la alquimia y se entretienen con inventores y embaucadores de toda laya. 

Un retrato decadente de los poderosos y sus ocupaciones. La inquisición ocupada en encarcelar a Giácomo Casanova y una monja que se aventura sexualmente con aquél bajo la mirada complaciente de su amante, el Embajador de Francia en Italia.

El director italiano no tiene piedad con los grupos de poder y de riqueza económica. En la película quedan exhibidos con sorna en su hedonismo y banalidad. Tampoco se salva de esa cruda y despiadada mirada el propio Casanova. Sus devaneos amorosos, los intercambios sexuales y sus aspiraciones a reconocimientos literarios y políticos aparecen absolutamente contaminados por la fatuidad, la egolatría y su permanente búsqueda del placer. Fellini  nos muestra un Casanova y sus mujeres exagerando hasta el histrionismo los gestos de deseo y goce sexual.

No son pocos los pasajes del film donde los encuentros sexuales se tornan ridículos e hilarantes. Probablemente este tratamiento casi caricaturesco del deseo y su consumación sugiera que más allá de esa teatralización del amor o gimnasia sexual no hay otra cosa que el vacío. 

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