RETROSPECTIVA: A diez años de Luis Alberto Spinetta y las Bandas Eternas (Segunda Parte). Por Maximiliano Curcio

BANDAS ETERNAS, EL SHOW:

PODER DE ALQUIMIA


Alquimia: La alquimia es una creencia esotérica que está vinculada a la transmutación de la materia. Pese a sus diversas formas y corrientes, la alquimia está muy asociada en la actualidad a la búsqueda de un proceso que permita transformar cualquier elemento en oro y a la capacidad para conseguir la vida eterna.

El Flaco practica un arte que no admite reparos en seducir a varias generaciones por igual. En el público presente, aquella histórica noche en Vélez -que se conmemoró con motivo de celebrar los 40 años de trayectoria del querido músico- se mezclaban los jóvenes curtidos en la música del siglo XXI, los treintañeros que descubrieron la música conociendo la madurez spinetteana y, finalmente, los contemporáneos del genial intérprete quienes hoy, en sus 60 y pico, crecieron a la par de la mítica figura del capitán Luis.

Una rara mezcla de cariño hacia el ídolo, amistad musical entre fans, ansiedad y expectativa contenidas, absorbía el aire de Liniers, en una cálida noche de verano. La espera se hacía extensa, cansina, inquietante. Pero valdría más que la pena. La noche tomaba color y se percibía la sensación de que seríamos testigos de la historia. Nuestra música popular grabaría en sus páginas uno de sus capítulos más importantes. Un show épico, memorable e inabarcable en adjetivaciones daba comienzo, al fin. A pocos minutos de allí y a la misma hora, AC/DC desembarcaba con su portentosa maquinaria rock en el Estadio Monumental de Nuñez. Pero esa es otra historia…

Los primeros acordes comenzaban a corporizar una noche de ensueño, engrandeciendo la figura de leyenda del padre de nuestro rock y su rica historia, toda sobre un escenario, todo en un mismo show. Fue posible el milagro: reunir a las luminarias de nuestro nutrido rock nacional, al servicio de la noche de Luis, no fue una quimera. Estremecidos, desde el último rincón de cemento de las populares a la primera de las sillas vip, toda una multitud vibró al ritmo de la mística musical de Luis.

A lo largo de un extenso repertorio, invitados de honor de un anfitrión inmejorable como El Flaco, desfilaron como figuras de reparto de la selección musical de Luis: desde Pescado Rabioso con Carlos Cutaia, Black Amaya y David Lebón hasta Invisible con Machi en el bajo y Pomo Lorenzo en la batería. Pasando por las distintas formaciones de Spinetta Jade y Los Socios del Desierto con los tecladistas Leo Sujatovich, Juan Del Barrio y Juan Carlos Fontana, más la presencia de Javier Malosetti, Luís Vadalá, Daniel Wirtz y Lito Epumer, fueron algunos de ellos.

También hubo sentidos y festejados homenajes a otras leyendas de nuestra música nacional, versionando a gigantes como: Javier Martínez (“Necesito un Amor”), Charly García (“Filosofía Barata”), Lito Nebbia (“El Rey Lloró”) y Miguel Abuelo (“Mariposas de Madera”). Spinetta se había encargado de recordar, apenas se asomó al escenario, los nombres de los músicos que hubiese querido que estuviesen allí y no pudo ser: Pedro Aznar, Lito Vitale, León Gieco y Litto Nebbia, así como las figuras de las que hubiera deseado versionar algún tema: Moris, Andrés Calamaro, el Indio Solari y Hugo Fattoruso.

La noche presagiaba la concreción de la más grande celebración de nuestro rock, en donde Luis Alberto Spinetta, por enésima vez, daría cátedra. La ceremonia dio comienzo con un espectáculo visual que no escaseaba emociones, no escondía lágrimas y proyectaba metáforas musicales plagadas de poesía: “Mi Elemento” y “Tú vuelo al Fin”, el dueto de canciones nuevas que abrió la noche junto a Baltasar Comotto. Luego, Diego Rapoport –ex Jade– y Spinetta ejecutaron una perfecta versión de “Ella también”. El golpe al corazón que todos fueron a buscar, la maquinaria spinetteana ya estaba puesta en marcha. 

Canción sobre canción, el clima se extendía envuelto en nostalgia y sensaciones antagónicas: de la euforia tribunera de “Post-Crucifixión” a la calma escucha de “Umbral”, las obras cumbres de Luis marcaban el ritmo de la noche, en un viaje retrospectivo a los rebeldes años ’60 y la cuna de nuestro rock. Cuando el invitado fue Juan del Barrio, acompañado de Diego Rapoport en la primera etapa de Jade, para dos clásicos del debut de aquella agrupación, “Sombras en los Álamos” y “Alma de Diamante”, el show ganó en emoción y lo incrédulo se convirtió en sensación onírica. Estábamos presenciando un concierto mágico.

A continuación, la lista de temas saltó a los ’80, con homenajes a Don Lucero y Tester de Violencia. Más de la etapa solista y tras la primera docena de canciones, Fito Páez, viejo compañero de rutas, abrió la serie de invitados especiales: el rosarino se lució en “Asilo en tu corazón”, del disco en conjunto “LaLaLa”. Luego vinieron Guille Vadalá y el Mono Fontana para recrear los tempranos ’90 de Luis, primero con “Fina Ropa Blanca” y después un himno que en mejores épocas sirvió como poética denuncia de la irracionalidad en las canchas y en el pasado reciente cobró nueva actualidad con la tragedia de Cromañón y los recitales de estadio masivos: “La bengala perdida”. 

Gracias a un brillante y excelso encuentro vocal junto a Gustavo Cerati, la noche reunió a dos de las más queridas leyendas de nuestro rock. “Té para Tres” y “Bajan”, fueron de las más ovacionadas por el público. Luego vino Charly y no hizo falta presentación. García al piano, el otro padre del invento en idioma propio, le devolvió a su maestro y mentor la gentileza de su vuelta en Vélez y el dúo se encolumnó en una nostálgica “Rezo Por  Vos”, canción que resignifica los años musicales compartidos entre ambos.

Una de las joyas escondidas de Spinetta, “Cementerio Club”, canción perteneciente al álbum Artaud, que casi nunca había tocado en vivo, fue desempolvada cual divino tesoro. Su hermano Gustavo Spinetta subió al escenario para la interpretación de este clásico, que los fans supieron agradecer. La reunión familiar se permitió otra licencia para el festejo: Dante y Valentino, sus hijos, en una renovadora y rapera versión de “Necesito un Amor”.

La notable banda estable de El Flaco, integrada por Nerina Nicotra en bajo, Sergio Verdinelli en batería, Guillermo Vadalá en guitarra y Claudio Cardone en teclados, es justo destacar, comprobó su valía para un extenso y exigente repertorio. Finalmente una versión monumental de la eterna Muchacha Ojos de Papel ejecutada con precisión por la formación original de Almendra fue el broche de la noche. El desenlace se vistió de magia pura, un cierre de telón que rozaba la perfección, la utopía había cobrado vida y forma musical. 

El silencio absoluto del público capturó un instante de la noche, rompiendo en aplausos segundos después en un continuo interminable, acto que confirmaba el estar viviendo un momento único; impensado hasta en el sueño del spinetteano más iluso. A casi seis horas de show transcurridas, 40 mil almas repletas en emoción, éxtasis y placer en los oídos se resistían a retirarse de un estadio reconvertido en templo de melodías mágicas. Un umbral de luz, una caja de música inagotable, un estallido de acordes celestiales.

De la mano de su poesía, Luis hizo pensar que el mundo puede ser mejor, mañana.

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