CUENTOS: ‘Lolo’, por Gisele A. Góngora

Lolo era un enamorado de la naturaleza, no le importaba que hiciera mucho frío o mucho calor, que lloviera o que hubiera viento fuerte, siempre estaba en el bosque, recorriendo senderos, cruzando arroyos, contemplando el río, trepándose a los árboles, al menos eso era lo que él me contaba. La abuela solía quejarse cuando él se iba, le decía que lo único que hacía era perder el tiempo. A mí en cambio me parecía un héroe, que día a día se encaminaba hacia una  súper misión.

Mi deber era quedarme en casa con mamá, Lolo me decía que mi súper misión era cuidarla. Ella lloraba y se quejaba con frecuencia. Inconscientemente yo intentaba llenar el espacio y el tiempo que mi hermano no ocupaba, aunque siempre supe que no iba a poder reemplazarlo.

Ella sonreía cada atardecer al verlo regresar del bosque. Nunca me dejaban estar presente en ese encuentro, Lolo me decía que era una especie de ritual secreto. Parecía que él le traía calma, pues mamá se dormía de manera apaciguada luego de verlo. Yo sabía que ella no actuaba como el resto de las personas,  y ya me había acostumbrado a que la abuela me cambiara de tema cada vez que intentaba preguntarle al respecto, así que sólo me limitaba a jugar y ser niño, siempre cerca de mami.

Un día llegó Carlitos, el cartero, no venía muy seguido al pueblo, así que su arribo siempre nos generaba sorpresa. Nos dejó una carta que la abuela leyó, mientras compartíamos con él infusiones y masitas. Luego de retirarse, tras varios saludos y abrazos, nos quedamos un largo rato en silencio. A Lolo se lo notaba molesto y preocupado, la abuela no tenía ningún tipo de expresión en su cara. Le pregunté a mi hermano qué significaba la palabra internación, entre muchas otras que había oído mientras leían la carta, y que yo desconocía. Me sentí algo inquieto porque entre aquellas palabras se mezclaba el nombre de mamá.

La semana siguiente la despedimos, no sabíamos por cuánto tiempo no la veríamos.

Lolo dejó de ir al bosque, supuse que se sentiría muy triste por su ausencia. Se la pasaba sentado mirando hacia afuera a través de la ventana. No conversaba mucho con la abuela, tampoco solían mirarse. Tiempo después Lolo se fué de la casa, sin avisar, sin saludar.

Aquel verano, nos anoticiamos por medio de Carlitos de que Mamá había fallecido. No nos sorprendió pero me puse muy triste. Los días siguientes la lloré.

Pasaron días, meses y no teníamos noticias de Lolo. Parecía como si su existencia hubiera sido parte de sueños repetitivos. Yo no podía asumir que alguna vez había sido real y que de pronto no estuviese más. Empecé a creer que mamá me habría legado su locura y que quizás Lolo fuera una ilusión.

Pero no fue así. Lolo desapareció. Nunca más, ni la abuela ni yo, ni nadie del Pueblo ni de las ciudades más cercanas, supimos de él.  Por años me pregunté si se había ido con mamá, o escapado a la Ciudad, nunca lo supe. Como tampoco supe por qué había perdido la pasión por el bosque aquella vez que se la llevaron a mami.

Una noche soñé con ellos. Estábamos los tres a orillas de algún arroyo. Lolo sostenía un mojarrero y mamá lo ayudaba a encarnar una lombriz. Raro, pensé, porque a Lolo nunca le gustó la pesca. Ellos  me contaban anécdotas y al mismo tiempo reían mucho.

Al día siguiente tuve el mismo sueño pero esta vez Lolo se encontraba pescando solo sobre el arroyo que cruzaba por el bosque. Lograba pescar algo que hacía iluminar su cara. Del anzuelo colgaban unas pequeñas hojas que quitó con sumo cuidado y colocó dentro de su mochila. Dejó el bosque y llegó a la casa, la abuela ni lo miró pero mamá sí, con una esperanzada sonrisa. Pude oír lo que él siempre le decía al oído y que nunca había logrado escuchar con claridad: “Mamá, te conseguí la medicina” y ella ingería las hojas y dormía feliz.

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