CUENTOS: ‘La Primera Vez’. Por MÓNICA CENA

‘La Primera Vez’. Por MÓNICA CENA

—Sentate bien, Tomi —me dijo mi madre ese día, en el banco de la estación de trenes—. Y no me mires con esa cara.

¿Y con qué cara miran los chicos de nueve años cuando se sienten humillados? Porque así me sentía: humillado. Humillado y ridículo en lo más sensible de mi corta edad, vestido como un bobo de esos de los que todos se ríen.

—¿Me comprás un helado? —le dije. No sé por qué se me ocurrió pedírselo, si sabía cuál sería su respuesta.

—No. Te vas a manchar…

…el pantalón y no traje otro para cambiarte y bla, bla, bla.

Siempre decía lo mismo y siempre me vestía de blanco: zapatillas de lona, zoquetes, pantalón corto de gabardina y camisa de hilo. Todo blanco. “Como un angelito”, me decía, y me obligaba a quedarme quieto para que no me ensuciara. Un estúpido angelito blanco peinado con jopo como en las películas viejas que ella miraba.

—Tenés que estar lindo y prolijo —me dijo pasándome su dedo humedecido con saliva por la frente—. Por lo menos hasta que lleguemos a lo de la tía Matilde.

Recuerdo que me puse a llorar, no tanto por ir a lo de esa vieja bruja que me apretaba los cachetes y me pinchaba con los bigotes, sino por el asco que me daba sentir su saliva en mi frente. Ella lo sabía, y lo hacía a propósito. Y yo gritaba bien fuerte para que todos la miraran con ojos de rata.

Y así me subió al tren: tironeado de una mano, blanco inmaculado y con la cara y los ojos rojos de tanto llorar.

—Callate —me dijo mamá bien cerca. Tan cerca estaba, que pude oler su lápiz de labios y el maquillaje viejo que se había puesto—. Si no te callás, te voy a meter tal pellizcón que vas a llorar con ganas.

Yo no se lo iba a permitir, así que cerré la boca y quedé mirando por la ventanilla: ya encontraría la manera de desquitarme después.

Vino el guarda y le susurró algo a mamá. No alcancé a escuchar qué, pero ella sí, y se puso colorada. No me gustaba ese tipo. Siempre que viajábamos a lo de tía Matilde, se acercaba para conversar con mamá, y a mí me despeinaba el jopo.

Mi madre era toda mi familia, y yo era lo único que ella tenía —aparte de la tía Matilde, claro—. Yo estaba decidido a que las cosas siguieran así. Me gustaba ser el centro de su vida, aunque, reconozco, había veces en que no me portaba muy bien, especialmente cuando me vestía de blanco.

El viaje se estaba poniendo aburrido, así que se me ocurrió hacer dibujitos en el vidrio con mi dedo mojado en baba.

—¡Chancho! —dijo mamá, golpeándome la mano. Enseguida sacó un pañuelo de su cartera, y me limpió el dedo tan fuerte que me lo hizo sonar.

Me dio bronca. Le hubiera devuelto el golpe, pero un hijo no le puede pegar a la madre, así que abrí la boca lo más que pude y largué un alarido decidido a hacer otro berrinche.

Estaba en medio de un grito mudo y sin aliento, cuando entró un payaso con una flor enorme en un sombrero azul y una bolsa multicolor de la que colgaba un globo naranja. Cerré la boca y me pegué a esa explosión visual que contrastaba con la monotonía del viaje. El payaso debió de haberlo notado. Y ahí nomás sacó de la bolsa un globo finito, y empezó a inflarlo.

—Este perro salchicha es para… —dijo el payaso, después de hacerle varios nudos y estirando su brazo hacia mí—… Para…, ¿cómo te llamás, nene?

No quise contestarle: ese globo mal inflado no era un perro salchicha. Yo no lo quería.

—Tomi —le dijo mi mamá. Yo traté de fulminarla con la vista. Pero ella ni me vio, estaba saludando al guarda que se iba. El payaso insistió para que agarre el “perro” y, como yo me crucé de brazos, mamá lo agarró por mí.

—A lo mejor a Tomi le gustan otros animalitos —dijo el payaso, y se puso a inflar otro globo. No sé en qué habrá quedado eso: cerré los ojos y me hice el dormido.

Al rato llegamos a la estación terminal. Ahí, el maquinista hacía las maniobras con la máquina para ponerla en la otra punta para regresar. Eso era lo único divertido del viaje.

El vagón había quedado vacío. Yo seguía mirando las maniobras y mamá charlaba en el andén con el guarda, cuando una mano áspera me retuvo la muñeca derecha: el payaso.

—Vení, Tomi —me dijo tironeándome hacia el interior del vagón—. Vamos a bajar por el otro lado.

—¡Mamá! —Ella no me oía por los ruidos de la máquina—. ¡Mamá!

—No grites, nene —insistió con voz ronca—. Vamos a hacerle una broma a tu mamá, vení conmigo.

Me habló de cerca, demasiado cerca. Tanto que pude ver la barba que le crecía entre el maquillaje que olía podrido.

—¡Mamá! —grité otra vez. Pero el ruido de la máquina y el guarda, y las manos del payaso que cada vez me lastimaban más.

No sé de dónde saqué fuerzas y lo empujé. Mi jopo se despeinó, el payaso cayó bajo las ruedas de la máquina que pasaba justo, y una ola roja terminó con el aburrimiento de mi estúpida ropa blanca.

Esa fue la primera vez que maté un payaso. Pero fue un accidente, así que no cuenta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .