CLÁSICO…: “ZABRISKIE POINT” (1970), de Michelangelo Antonioni. Por HÉCTOR SANTIAGO

Zabriskie Point está ubicado en el Valle de la muerte, en el desierto de California. Se trata de un paraje desolado e inhóspito. Allí los protagonistas del film se encuentran de la manera más inverosímil: ella viajando en auto y él en avión. De alguna manera ambos están escapando. ¿De quiénes? Del control social y político, las grandes empresas, la propaganda, el consumo irracional, la locura de la guerra de Vietnam con sus 50.000 muertos, las discusiones eternas y muchas veces inútiles de los rebeldes universitarios, de policías y políticos mentirosos, de lo establecido e instituido. Abandonan la cárcel llamada ciudad. Buscan alejarse de un mundo que no eligieron y no quieren como su espacio vital. Ella parece tener un destino en una comunidad de meditación que trabaja con niños abandonados, quizás también en Phoenix, junto a su jefe, encumbrado empresario inmobiliario. El roba un avión para “levantarse de la tierra” y así separarse de aquello que lo constriñe. Y en el escape se encuentran y comienzan a rodar. Se deslizan, gritan, se  abrasan, bailan, se caen, corren, se besan, aman, rien, se liberan.

En un recorrido por la geografía de la muerte, paradójicamente, encuentran un momento de vida plena y auténtica. Y por un lapso pequeño -el tiempo del goce y felicidad siempre es corto parece decirnos Antonioni-, el lugar se convierte en un gran templo natural de vida y amor. Hombres y mujeres por aquí y allá que se aman en pareja, en tríos, de a cuatro, con quien quieren y de la manera que quieren. Zabriskie Point materializa entonces ese lugar donde pueden ser libres, auténticos y vivir de acuerdo a sus deseos.

Pero huir de todo aquello que odian y rechazan no parece ser cosa fácil. De una u otra manera, regresando antes de ingresar al engranaje empresarial o muriendo en el intento de devolver ingenuamente el avión robado, la sociedad opresiva parece triunfar y sólo en la imaginación podemos destruirla, aniquilarla y completar la liberación.

Dos son los escenarios donde transcurre la película: la ciudad de Los Angeles y el desierto de California. La ciudad está filmada de manera vertiginosa, quizás anticipando algo de lo que después conoceríamos como la estética del video clip: propaganda de alimentos chatarras, electrónicos, la policía, estatua de la libertad (ícono de la cultura estadounidense), negocios inmobiliarios y muchas cosas más que, además de agobiar, producir contaminación visual y masificar a los hombres, sugiere una simbiosis de lo real y esa publicidad. En un juego de contraste muy efectivo Antonioni rodea la rebelión estudiantil con propagandas donde hombres y mujeres  sonríen felices por consumir tal o cual cosa. Personas a pie o en automóviles se mueven entre gigantescos carteles que se constituyen en el horizonte visual cotidiano de los angelinos. Incluso se llega al absurdo de que una camioneta parece circular en un campo pintado en grandes cartelones que encierran el vehículo. Esa publicidad omnipresente sintetiza por momentos el enemigo con el que hay que pelear y vencer. Otras secuencias enfatizan y retratan las diferencias sociales traducidas con el contraste entre las viviendas barriales y los lujosos edificios empresariales. Es esa sociedad de consumo es uno de los factores que incuba la rebelión estudiantil y desata el conflicto que vertebra la película. 

La otra cara de la moneda la constituye el desierto, en particular Zabriskie Point, una espectacular formación de borato y yeso que pese a su aridez hace posible que germine otra vida y también la esperanza. Allí se amaran Daria y Marx, nombres de los protagonistas y también de los actores que los actuan ( parecen borrarse las fronteras entre ficción y realidad). Con el avión sobrevolando el páramo, con tomas cenitales y subjetivas desde la cabina, o contrapicados persiguiendo al coche, el director nos trasmite la belleza del llamado Valle de la Muerte y la contrasta con el paisaje opresivo de la ciudad. Y en esa misma línea, las vistas que nos brinda el recorrido automovilístico exudan libertad y posibilidades de construir algo nuevo.

En un notable metáfora visual el director italiano retrata la opresión y la violencia de los poderosos y quizás también el fracaso de la rebelión,  al presentar a Marx asesinado por la policía angelina al aterrizar con su colorido e irreverente avión. 

La banda sonora de este impactante Road Movie de la contracultura no podía ser otra que una cascada casi permanente de rock de la época: Pink Floid, John Fahey, Jerry García, Patti Page y otras bandas de fines de los sesenta. 

VER TRAILER: https://www.youtube.com/watch?v=HbvIBtjCyI4

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