CLÁSICO…: ‘La Edad de Oro’ (1930), de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Por HÉCTOR SANTIAGO

Alacranes pelean y se matan entre sí. Un hombre patea perros y empuja en la calle a un ciego indefenso. Una mujer argumenta con absoluta seriedad que se escucha mejor a seis músicos tocando cerca del micrófono que a 60 a una distancia de 10 kilómetros. Un guardián armado balea a su hijo porque éste le rompe su cigarro de un manotazo. Los invitados a la fiesta en la mansión de los marqueses se muestran impactados por lo sucedido con el niño atacado por el padre pero, instantes más tarde, en completa calma, vuelven al salón para continuar la tertulia. La esposa del marqués es atacada violentamente por el amante de su hija y el marido sólo alcanza a expresar una leve queja. La mujer que estuvo a punto de ser violada no puede controlar su impulso sexual hacia el “presunto” violador. El hombre que atacó a la hija de los marqueses participa de la fiesta que éstos organizan y se escabulle a los jardines con la mujer a la que intento violar antes. Pese a los exacerbados deseos sexuales, los amantes nunca pueden consumarlos. La pareja embelesada confiesa lo bueno de haber matado a sus hijos. La señorita hace explícito que tiene un dedo de la mano vendado y en su cama descansa una vaca. En medio de la fastuosa fiesta cruza un carro tirado por un caballo. El amante rechazado tira por la ventana de la mansión un sacerdote. En plena reunión se incendia la cocina de la mansión y una empleada herida se desploma ante la imperturbabilidad de los asistentes. 

En principio, esta lista incompleta de sucesos que recorren La edad de oro puede resultar una enumeración de hechos inconexos que alimentan la oscuridad del film. Pero esa aparición fortuita de acontecimientos es más aparente que real. Buñuel no se propone narrar de una manera clásica. Más bien, el film es una especie de manifiesto provocador y violento que aspira a desenmascarar la hipocresía de las instituciones y los hombres. El autor no se propone seducir a los espectadores. Muy por el contrario, su obra es desalentadora tanto para quienes buscan en el cine entretenimiento como para aquellos otros que anhelan encontrarse con una estética marcada por el virtuosismo y la originalidad de enfoques y planos. La estética de Buñuel está marcada por lo insólito y cuestionador de su puesta en escena. A la manera de un manifestante en la barricada, Buñuel plasma imágenes con las que intenta agredir una y otra vez la conciencia y sensibilidad del espectador.

Familia, iglesia, policía, nobleza, políticos, mujeres y hombres, individuos anónimos, sectores marginados, todos ellos, constituyen el blanco al que el director español lanza sus mordaces y provocadores mensajes. Se desnuda la doble moral sexual de hombres y mujeres, las represiones, la impunidad, la fatuidad del mensaje político y la complicidad de la iglesia. La diatriba fílmica le llega a todos. A la institución religiosa y sus representantes, tanto a Dios como a Jesús. Es denunciada la autoridad policial legitimadora del crimen y el abuso. Se exhibe la vanidad y mojigatería de la nobleza y su caravana de acólitos. Nada queda en pie. No hay héroes y tampoco buenos o malos. Somos espectadores de un fresco desarticulado de la sociedad. Contra lo que se aparenta, en ella y en sus actores, la razón no gobierna sola, comparte su poder con la oscuridad de lo instintivo y la represión.

Violencia irracional, sexo, escatología, canibalismo amoroso, onanismo, crueldad, se articulan en el lenguaje cinematográfico de esta proclama sobre los mecanismos que gobiernan las acciones de los hombres. Buñuel está lejos, muy lejos de incluir en su obra algún mensaje o propuesta más o menos subliminal relativa a un cambio ético o de otra naturaleza. Si algún propósito lo guía en La edad de oro es desentrañar los verdaderos procesos (v.g.: pulsionales e inconscientes) que rigen el funcionamiento del pensamiento. Y en ésto, las huellas de Freud parecen quedar al descubierto. 

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