EL BUSCÓN: ‘Geoffrey Chaucer y la simonía’. Por Isaac Morales Vargas

“… os diré que no predico sino por dinero”.

Geoffrey Chaucer, Prólogo del Cuento del bulero.

            El Diccionario de la Lengua Española, en su versión online, define el vocablo simonía como la «compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos o sacramentales, o temporales inseparablemente añejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos». El término, por otro lado, hace referencia a Simón el Mago, un personaje bíblico del Nuevo Testamento que intenta comprarle al apóstol Pedro el poder de este para hacer milagros y conferir a otros el Espíritu Santo. Geoffrey Chaucer (ca. 1340-1400), en su obra maestra Los cuentos de Canterbury, hace una crítica mordaz a la simonía imperante en la Edad Media, a través del prólogo del Cuento del bulero.

            No está de más recordar que un bulero era aquél clérigo que emitía bulas papales en la sociedad medieval. Y una bula papal era un documento que, previa aprobación del papa, absolvía pecados, penitencias y castigos, tanto en la tierra como en la vida de ultratumba. Por lo tanto, los fieles, merced a una vida piadosa y caritativa, no solo podían librarse a sí mismos de un destino indeseable, sino que además tenían la oportunidad de restarles siglos de agonía a sus familiares fallecidos y que se encontraban en el purgatorio o en el infierno.  La fe ciega del hombre europeo de entonces en la concepción cristiana del mundo hizo que las bulas papales fueran unos de los documentos más preciados y demandados de aquél tiempo. Pero siempre hay sujetos que saben que donde hay una multitud dispuesta a sacrificarse por una idea, hay una oportunidad para la manipulación y el beneficio propio.

El bulero de Geoffrey Chaucer es uno de los peregrinos que viaja a Canterbury en compañía de una docena de personajes, y al que en un momento determinado le corresponde contar una historia para entretenerlos mientras viajan. Antes de narrar su cuento, el personaje revela con sorna y sin la menor vergüenza su carácter de vivaracho. En primer lugar, cuenta cómo entrega reliquias falsas y objetos supuestamente milagrosos a los fieles a cambio de dinero. Luego, declara lo siguiente:

«Pues habéis de saber que mi propósito es ganar dinero y no enmendar pecados. ¡Poco se me da que las almas del prójimo anden errantes luego de sepultados sus cuerpos!».

            También afirma tener, como todos los buenos farsantes, una oratoria excepcional. Dice que en sus sermones cotidianos, gesticula y usa palabras conmovedoras, con las cuales obtiene de los fieles lana, cereales, queso y leche. Incluso se jacta de sus engaños diciendo:

«¿Debo yo, mientras pueda ganar oro y plata con lo que muestro, subsistir de buen grado en la miseria? No, ni nunca en verdad se me ocurrió así. Gústame discursear y pedir en tierras diversas, porque no quiero trabajar con las manos, ni tejer cestos, ni vivir de malas limosnas. Tampoco imitaré a los apóstoles, pues deseo dinero, lana, queso y trigo, así sea ello a expensas del más pobre paje o de la viuda más menesterosa de la aldea, no parándome a reparar si los hijos de la mujer podrán por ello perecer de hambre. Porque quiero gustar el licor de la vida y tener en todas las ciudades mozas alegres».

Muchos de los fundadores de las casi infinitas sectas protestantes de la actualidad o de nuevas religiones; fraudes políticos como el Dalai Lama; hábiles proxenetas como Sai Baba u Osho; todos ellos aparentan ser hombres virtuosos y sabios que procuran el bien común, pero su única ambición verdadera, como el bulero de Chaucer, es manipular a las multitudes para saciar su apetito egoísta. Esa es la denuncia y la advertencia del poeta inglés. Atender ese llamado, en los tiempos que corren, va siendo cada vez más urgente.

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