CLÁSICO: LA CEREMONIA (1995), de Claude Chabrol. Por Héctor Santiago

Sophia es empleada por una familia burguesa de cuatro miembros que vive en una gran casa a las afueras de una ciudad francesa. Los Leliévre componen un grupo familiar que tiene una situación económica cómoda, una fuerte conexión con el mundo de la cultura y unas relaciones intrafamiliares liberales y de diálogos abiertos.

La empleada oculta que es analfabeta y también sus vínculos no satisfactoriamente aclarados con el incendio de la casa paterna y la consecuente muerte de su progenitor. Con el correr de los días y el desarrollo de una amistad con una empleada del correo, se inicia un enfrentamiento entre Sophia y la familia empleadora que culminará en el asesinato de cada uno de los Leliévre.

Suspenso y suspicacia aparecen desde el comienzo de La Ceremonia. En su entrevista con la Sra. Leliévre la aspirante al trabajo se muestra reservada y elusiva. Deja una huella de sospecha cuando titubea sobre la fecha en que se hará cargo del trabajo y el día que corre. Se repite esa impresión al llegar a la estación antes de lo previsto y sorprender a la dueña de casa que la esperaba a la hora previamente convenida. Esa presunción que Chabrol dosifica se incrementa cuando Sophia enfrenta un recado escrito, una nota con indicaciones, la lista de compras y también en ocasión de la visita al oculista . En cada situación de ese tipo la protagonista se angustia por el temor a ser descubierta y al borde de la desesperación logra resolverlas vía alguna casualidad, ayuda ingenua que le ofrece alguna persona o mintiéndo.

Sophia es una mujer retraída que ocupa una buena parte de su tiempo libre viendo televisión. Allí, frente al aparato que la maestría de Chabrol convierte en protagonista, se presentan cosas que le suceden a otros y que ella contempla sin otra exigencia que el conocimiento elemental para encenderla. Lo anodino de su vida se altera con los hechos de la pantalla, y en otros momentos, es el vehículo para aturdirse y aislarse cuando su vida en la casa se complica. En el solitario espacio de su cuarto Sophia encuentra la guarida para resguardarse de aquellos que buscan interpelarla.

El vínculo amistoso que se desarrolla entre Sophie y Jeanne está marcado desde un principio por la complicidad: ambas tienen sombras de participación en asesinatos no aclarados. Se dedican a espiar la vida de los demás, en particular la de la familia Leliévre y participan en la ayuda cristiana a los pobres con animo burlesco.

Jeanne alienta a Sophie a enfrentar a la familia de distintas formas, despertando resentimientos y deseos de compensar “agravios” con algún tipo de castigo, hasta que ambas asesinan a sangre fría a todos los habitantes de la casa.

El thriller que compone Chabrol puede verse como una obra de la madurez, con una fotografía adecuada, tomas cenitales que dan cuenta de la zona privilegiada que habita la familia y los espacios en los que se erige la casa. Primeros planos que le permiten al espectador descubrir climas psicológicos, gestos mínimos que nos hablan de las personalidades de los protagonistas y sus reacciones tanto en diálogos relajados como en aquellos otros que obligan a estar en guardia. En principio se trataría entonces de una película de suspenso, con un muy buen plantel de actores, abundantes recursos económicos para su realización, buenas puestas en escena, que , en términos generales, se propone narrar el desgraciado encuentro de una familia normal con dos mujeres con problemas mentales. Si esa fuera la conclusión de la consabida charla de café a la salida del cine, cabe el derecho a pensar que esos contertulios hicieron una lectura ingenua del film y que es necesario excavar mucho más.

Chabrol asume el enorme desafío de facturar una película de suspenso a partir del encuentro de representantes de clases sociales diferentes y al mismo tiempo de la confrontación resultante de subjetividades y modos de vida personales que ostentan los miembros de cada sector social. No se trata tampoco de una película que sostiene la narración en el mundo de blanco y negro. Para fortuna del espectador el tejido del film se hace con estambre de diferentes colores y matices.

La iglesia y sus donantes de ropa para los pobres son centro del sarcasmo de Sophie y Jeanne. Las acciones benéficas que desarrollan los miembros de la congregación ponen a la luz una buena cuota de hipocresía en la comunidad religiosa que queda manifestada en la entrega de ropa inservible o en estado lamentable cuyo propósito está más cerca de limpiar la casa de cosas inaprovechables o directamente de basura que de auxiliar a los humildes. 

El regaño del cura que reciben las dos mujeres por su comportamiento agresivo y mordaz en la recolección de donativos está lejos de partir de una comprensión de las razones que motivan las conductas como tampoco de ser un intento correctivo. Junto a una performance actoral caricaturesca que coloca las acciones de las amigas a niveles de pecados capitales, el propósito único y último de la amonestación es la expulsión de Sophie y Jeanne de la Acción Católica.

La discusión familiar de cómo llamar a Sophie: sirvienta, chacha, empleada del hogar, gobernanta o el sugerente apelativo de “chica para todo” y las preguntas sobre la características físicas de la nueva empleada junto con el comentario de que el hijo varón se podría estrenar con ella, dejan de manifiesto las concepciones de clase que la mayor parte de la familia tiene sobre el servicio doméstico y al mismo tiempo, algunas diferencias que en este sentido sostiene la hija con el resto del grupo. 

La cordialidad de los miembros de la familia no pocas veces queda en entredicho con sutiles muestras de autoritarismo. Catherine se muestra irritada cuando la empleada deja preparado todo lo concerniente al buffet de una fiesta que se celebra en día domingo y se marcha a la ciudad a gozar de su día de descanso. 

Sophie no limpia el escritorio del dueño de casa. La presencia de documentos y paredes repletas de libros hacen de ese espacio un lugar temible. Textos y escritos constituyen una suerte de espejo que reaviva la llaga que el analfabetismo causó en ella. La biblioteca es a tal grado amenazante que Sophie la “mata” ametrallándola como hace con la familia. Alentada por Jeanne, quien abre los sobres y envíos por correo que recibe la familia Leliévre, Sophie comienza a husmear el mundo familiar hasta conocer secretos que habrá de usar para chantajear a quien la descubre analfabeta.

Con un impecable crecendo rítmico en el desarrollo de la historia, Chabrol utiliza el mundo de una casa burguesa con personal de servicio en un miniretrato de el enfrentamiento de clases, y por ende, de los respectivos hábitos, gustos, subjetividades y estilos de vida que también forman parte de la pugna. A la manera de un sembrado, el director esparce a lo largo de la película diminutas semillas que van configurando atmósferas densas, desencuentros, diálogos inquietantes y resentimientos. No se trata en ningún caso de una estampa maniquea de la lucha entre burgueses y trabajadores. Los bandos enfrentados no están retratados de manera unívoca. Por el contrario, unos y otros son presentados con valores y actitudes contradictorios, aportando así una importante cuota de dificultad para separar causas, responsabilidades y culpas acerca del desenlace final.

La ceremoniade cazar la liebre (Laliévre) comienza a fraguarse inconscientemente desde el primer encuentro entre Jeanne y Sophie.

Pobreza, envidia y exclusión son parte del caldo de cultivo de esta escalofriante ejecución del grupo reunido para escuchar Don Giovanne (toda una metáfora sobre el tipo de relación que mantienen Sophie y Jeanne con la cultura). El hecho de que el asesinato colectivo incluyera a Melinda, cálida interlocutora y cómplice de Sophie  y la ausencia de hurto entre los propósitos, invita al espectador a desmalezar ese intrincado entrecruzamiento de circunstancias objetivas y subjetivas que concurren para desencadenar un final devastador.     

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