CUENTOS: LA ODISEA, de Pablo Arahuete

Todos los pueblos chicos construyen un mito que se hace grande
con el correr del tiempo. Chismes de viejas para incrédulos y
amargos, como el mate que viaja por las manos ajadas de Don
Saverio, dispuesto a defender, con los pocos dientes que le quedan
sanos, su versión de los hechos.
“Del mismísimo Fumanchú fue discípulo, te digo, -replica- Ulises
me lo contó y yo le juré por Adelmita, que en paz descanse,
jamás revelar su secreto.”
“Tú sólo le creías a Ulises – con vehemencia, Don Fermín, mientras
succiona pausadamente la bombilla- lo del viaje a Buenos
Aires y su encuentro con el mago ése, de nombre oriental.”
La escena se repetía en cada discusión de bar. Quedaban definidos,
entonces, dos grupos que se atribuían la Verdad. Y el mito
continuaba gozando de buena salud.
Buscar la verdad en la historia de un mago de pueblo ignoto es
una empresa un tanto ridícula, igual que creer en sus trucos de
cartas o adivinaciones varias. Sin embargo, nadie de aquí podía
negar, incluso los más testarudos, la extraordinaria capacidad de
sugestión colectiva producida en cada acto de Ulises.
De niño, había experimentado un contacto diferente con las
cosas materiales. Dicen algunos que su don había sido causado
por un avistamiento de la Luz Mala (otra creencia que atosiga
los estrechos cerebros de los lugareños desde tiempos inmemoriales)
una noche de mucho frío cuando tenía 6 años.
“Tonteras- escupe Saverio entre los pedacitos de yerba alojados
en sus dos únicos intersticios- recién había cumplido 4 y no
hacía nada de frío porque era pleno verano. Ulises se escapó del
gallinero al escuchar un ruido raro de afuera -me dijo- y entre
los pastos secos, de pronto, salió un refusilo de luz que lo tiró
como diez metros pa’ trás.”
A la mañana siguiente, lo encontró su tata tirado a unos pasos
del gallinero, repitiendo una frase que, años después, se trans80
formó en un misterio reproducido en cada acto de desaparición
de objetos, animales y personas. De eso se asombraban amigos,
enemigos y neutrales por igual. Así, cada vez que desaparecía
alguna cosa en el pueblo, por más ínfima que fuera, las miradas
se concentraban en el alfeñique de Ulises y revivían su episodio
con la Luz Mala.
El primer gran escándalo se produjo en una granja situada a
unos kilómetros. Allí, Encarnación Cienfuegos, una mañana, se
dispuso, como de costumbre, a llevarle alimento a sus pollos y,
para su horrorosa sorpresa, quince de ellos ya no estaban en el
corral. Avisó de inmediato al comisario Suárez y señaló al pequeño
Ulises como principal sospechoso. Suárez llegó al rancho
con su habitual prepotencia. Sin estar al tanto de nada, acomodó
su bigote estilo Videla y amenazó a los padres de Ulises:
“Más te vale, Anselmo, que aparezcan los bichos o te busco al
guricito y no lo ves nunca más…, así dijo el mal nacido” – arremete
Eulogio en la charla y sirve a Don Fermín otro mate- “y ese
tipo no se andaba con vueltas” .
Por supuesto, los pollos de Encarnación fueron restituidos con
gran esfuerzo por Anselmo y sin que ella lo supiera.
Luego, tras la enigmática recuperación, no tardaron en multiplicarse
los testimonios sobre los atributos del niño mago. Primero,
fueron pollos y sucesivamente dos vacas, tres bancos de plaza,
algunos árboles y hasta el comisario Suárez. Los misteriosos
sucesos mantuvieron dividido al pueblo y, pese a la inesperada
partida de Ulises con rumbo desconocido, la rivalidad aún
persistió.
La ausencia del miserable Suárez fue uno de los extraños hechos
que recibió cobertura periodística durante meses. Nadie del pueblo
indagó mucho al respecto y tampoco sintieron pena, como
su mujer e hijos, para quienes Ulises se había convertido en una
amenaza.
“Ésa fue una desgracia con suerte -puntea Dionisia, que se abanica
y suda mientras sus amigas comen empanadas muy cerca
de Fermín- pero ya nadie se acuerda.”
Las mesas del bar conservan la misma distribución que aquella
tarde, cuando Ulises fue visto por última vez. Eulogio le sirvió
un tinto y lo notó preocupado. Durante una larga charla, donde
el vino ofició de tercero, Eulogio sintió la necesidad de preguntarle
cómo hacía para que las cosas desaparecieran de repente.
“Simplemente, dejo de pensar en ellas -me dijo- y se esfuman.”
“ Entonces, si volvieras a pensarlas – apresuré convencido –
aparecerían nuevamente.” Ulises dijo que aún seguía buscando
la solución. Tal vez en Buenos Aires hallaría respuestas. “Les
prometo que voy a regresar cuando aprenda la otra mitad del
truco”, ésas fueron sus palabras de despedida.
Ulises enfiló hacia la puerta de salida y nadie supo nada más de
él. Así fue como su mito creció y, con el correr de los años, se ha
vuelto más importante que el mismo Ulises.
El boliche permanece intacto con aroma a viejo y, en cada mesa,
vive el recuerdo de Don Saverio o Don Fermín y sus acaloradas
discusiones sobre Ulises. Todos, como Eulogio, Dionisia (y
mucho antes el temible remedo de Videla pero no tan cobarde),
fueron desapareciendo. Por varios años, aquellos que creían en
los poderes mágicos del mago aguardaban con gran expectativa
su último truco. Ése, donde todos volvían a aparecer. Pero todavía
no ha llegado.
Ahora, entre los espectros sentados en el bar, rodeados del
murmullo de una mesa del fondo donde están discutiendo unos
jóvenes acerca de un mito pueblerino, no existe diferencia entre
crédulos e incrédulos.
“Decían que el tipo hacía desaparecer las cosas -interrumpe un
joven de anteojos negros, mientras juega con unas chapitas de
Coca-, era re grosso.” “Ni a palos, boludo, -agrega otro joven
que toma cerveza desde la botella- “esas son idioteces de pueblito
donde nunca pasa nothing.”

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