COLUMNA LITERARIA – El sutil Trosseau de María Eugenia Alonso: La Libertad como problema en ‘Ifigenia’, de Teresa de la Parra. Por Pablo F. Da Silva Messuti

Reconocimiento, como el propio nombre lo indica, comporta un cambio de la ignorancia al saber, que [genera] el amor o el odio de quienes están predeterminados para la felicidad o la desdicha. El reconocimiento más bello se produce cuando se da junto con la peripecia

Aristóteles

“¡Mi libertad tío Pancho, no la sacrificaré yo jamás a los pies de un hombre que tenga los tobillos gruesos! Porque has de saber, tío, que yo odio los tobillos gruesos, y me repugna muchísimo el pelo negro azabache; sí, me repugna tanto como me gusta mi libertad”

Teresa de la Parra

 Ifigenia es uno de los pocos casos de la literatura venezolana donde se plasma de una manera sencilla pero elegante la pintura del alma femenina. Un alma en la cual pugnan y se agitan el derecho a la completa independencia personal y las fuerzas atávicas del poderoso instinto de conservación social. En este ejercicio no pretendo abordar lo <<femenino>> desde la tradición sino desde la libertad como un problema que se sumerge dentro de las profundidades de la mujer caraqueña de era post-gomecista, donde la bohème parisina, el cabaré, la música y el teatro van tejiendo la personalidad de la heroína. Pero al mismo tiempo, estos elementos se convierten en  el desarraigo y en el extrañamiento de una femina que se sumergirá en las entrañas de la tierra noble y deberá entregarse al sacrificio. El acercamiento a la obra lo haré desde la noción de libertad que se manifiesta ante la doncella criolla, inmersa en la inconformidad, el fastidio y la añoranza, producida por la tristísima convicción de que sus antaños tiempos vividos en París no volverán jamás. La

Libertad podría verse patentizada, a mi juicio, en la hechizante y enigmática figura del Trosseau, metáfora ineludible de cuanto María Eugenia Alonso fantasea como independencia.

 Al dejar atrás la brisa marina de La Guaira y entrar en el valle de Caracas se sumerge, a modo de eco tremulante, en su propia muerte. María Eugenia sufre los efectos de la atmósfera. La opresión y melancolía le llegan fatalmente, como si formara parte del clima, al cual se está adentrando. Las vetas impuestas por Abuelita, las convenciones de la ciudad agreste, vendrán luego como esa peste que cayó sobre ella al pisar estas tierras. Un mal que poco a poco se irá definiendo como sacrificio. En adelante, vemos como la imagen de opresión es la antípoda de la libertad a la cual, nuestra vestal, está acostumbrada y como es afectada su sensibilidad ante lo que ve, al punto de quedar asfixiada. Grosso modo se observa que la opresión es tanto espiritual como física: “las casas chatas vistas desde afuera”, “las calles con sus postales de teléfono”, “la falta de aire” y “el agobio” son los primeros síntomas de horror que se le vienen encima, como si el lugar cobrara vida y le anunciara, oracularmente, su destino. María Eugenia Alonso, exclama, al verse retenida en las cuatro paredes de hierro de la casa de su abuela, llena de estupor: “¡Ay! La alegría, la libertad, el éxito ¡ya no serán míos!” (De la Parra, 1996, p 88). Una novela que inicia de esta forma, y que consigue sostenerse así hasta el final, enriqueciéndose con otros matices, contrastando con otras ideas, pero sin dejar la premisa fundamental de la inconformidad, ilustra en el texto, el sentimiento de ahogo y vacío. Teresa de la Parra, nos deja oír la queja de nuestra propia inconformidad, no sólo para sentirnos reconocidos en Ifigenia, sino para ser ella misma

 En lo sucesivo, vemos como el fastidio, palabra que es usada muchas veces a lo largo de la carta que le escribe la protagonista a Cristina de Iturbe, su amiga de infancia, se va apoderando de todo el contexto que embargan las letras de María Eugenia y reticentemente embullen el núcleo de la acción que poco a poco, va a explotar. Aún sin saberlo, llena de exhuberancia y con una plétora muy distinguida, propia de nuestra doncella trágica, rezuma su sentimiento de alegría al expresar, de este modo, su independencia: “¿Crees, crees Abuelita, que cambio esos días de libertad por tener veinte miserables pesos mensuales?… ¡Ah! ¡No, no, y no!…” (De la Parra, 1996, p 94)

            Más adelante, el generoso tío Pancho, nos manifiesta:

¡Ah! Sobrina, no sabes tú la serie de cheques de veinte mil francos, que gasté yo en París, y como a ti, ¡no me pesa! Más vale gastar el dinero en divertirse, que gastarlo en malos negocios de los cuales se aprovecha infaliblemente un tercero. Al menos divirtiéndose con él no se corren riesgos de hacer el papel de imbécil [1]

 Y es que María Eugenia Alonso no quiere aceptar su propia realidad: es que ha quedado en “banca rota” pues debe depender del pretensioso tío Eduardo quién mantiene la casa. Y en el caso específico de nuestra protagonista, prefiere suprimirla y quedarse en sus propias ensoñaciones que se convertirán en amargas insatisfacciones, como las de un personaje trágico. Finalmente cuando lo hace, sólo en ese momento sumun, logra vislumbrar las opacidades ominosas de su existencia y se da cuenta de lo desgraciada que ha sido y lo desgraciada que será, al tener que entregarse al dios sacrificio. De esta manera, pasa de una condición frágil de heroína rebelde, a la sumisa y aplastante abnegación. Y es que, desde el punto de vista trágico María Eugenia no tiene la posibilidad de cambiar su destino. En ella, puede más la circunstancia que la alternatividad, pese a todas las advertencias que le hace su abuela Eugenia, sobre como debe actuar.   No obstante, como hijos de la modernidad, no reconocemos que las circunstancias nos embarguen más que las alternativas, es decir no vislumbramos que el sino nos trasciende, pese a todos los esfuerzos que hacemos para evitarlo, como hace Ifigenia. No sólo es el caso de una muchacha caraqueña, sino es el caso que nos cobija a todos los hombres. Sin embargo, se podría ver la entrega como un acto de “voluntad”, un acto que pudo no ser sacrificio e


[1] Tomo I,1996,  Ídem

inclusive decir, “la decisión fue suya”. En todo caso, la responsabilidad recaerá en ella. Pero creo, que sería muy arriesgado de mi parte, si ya, Teresa de la Parra, alude con el título mismo de la obra la condición trágica de nuestra heroína. [1] 

  Como sucede con Maria Eugenia Alonso, no es un fallo de tipo moral el que hay que amilanar, sino la incapacidad para vislumbrar lo correcto, como diría Lesk3, y obtener una visión segura para que no llegue al culmen de la hostilidad como sucede en la tragedia. Puesto que, nuestra virginal doncella, sabe a lo que va, y auque hace lo imposible para cambiar su destino no puede lograrlo, precisamente, porque estamos, en presencia del más elevado sentimiento de poesis, donde la libertad es vetada por el sacrificio[2]. Aunque nuestra protagonista, no morirá como la Ifigenia en Aulide de Eurípides, si culminará sacrificada al matrimonio, con el hombre más  demodé y enhiesto: César Leal. Y en este sentido, se va a producir una escisión donde no muere nuestra Ifigenia criolla. Es justamente, la falta de alegría por las añoranzas e insatisfacciones vividas con Gabriel Olmedo, quien representa la imagen de la libertad y la reminiscencia por un amor fallido, lo que la conduce a terminar casándose, convirtiéndose en una sacrificada del martirio y del letargo matrimonio. También, los personajes de Abuelita y Tía Clara encarnaran la vida de la que María Eugenia nunca dejará de quejarse, y finalmente, terminará siendo como ellas.  

 Es importante para nuestro planteamiento inicial, conectarnos con la hermosa y simpática escena donde María Eugenia proclama su absolución de la moral, tramontándola a su propio sistema ético  y de esta manera, abrirse al mundo y no seguir encerrada con las viejas fricciones de Elliman`s Embrocation de Abuelita y los cirios de Tía Clara. Veremos, en esta curiosa anécdota, como la abuelita la estaba enseñando a enhebrar una aguja, para que así, aprendiese las labores del hogar a las cuales “toda niña decente y virtuosa debe dedicarse” y ella sumergida en el éxtasis más profundo de sus pensamientos- tal cual lo hacía, en el baúl de tío Enrique junto a su confidente Gregoria- no hizo caso. Lo que la condujo, como he dicho antes, a ese maravilloso discurso sobre la moral, y por ende sobre la libertad, tópico fundamental en esta línea de trabajo:

Yo creo, por ejemplo, con entera certeza, que el pudor es el único responsable de que exista el impudor; creo que es, como sí dijéramos, el padre del impudor, y creo que es al mismo tiempo su padrastro, porque ha logrado envilecerlo y denigrarlo a los ojos de todos. Y si no, dime: ¿se visten las azucenas tía Clara? ¿Se visten?, ¿Se visten las palomas? Y ya vez cómo sin vestirse predican la pureza y son el símbolo de la castidad. El vestido es la causa del impudor. Si las palomas se vistieran, nos escandalizaríamos al verlas volar, porque levantarían probablemente su vestido con el movimiento de las alas, y esto desde abajo haría un efecto muy indecente (…) Si nosotros hiciéramos también como las palomas y como las azucenas, seríamos tan puros como ellas. El origen lógico del vestido, su objeto práctico, es preservarnos del frío o bien cubrir y disimular la inarmonía de las líneas, cosa que por desgracia es muy frecuente en los desnudos[3]

 El magistral y sutil discurso de María Eugenia Alonso, que pronuncia ante tía Clara y Abuelita, es el mejor exponente para confirmarnos que su rebeldía y su vanitas propias, ante la opresión a la que estará sometida, irremediablemente a consecuencia de ese destino trágico que no podrá eludir es el exponente magistral para la transvaloración y libertad que desea poseer, pero que vemos, de forma cada vez más atinada, en la medida que vamos avanzando en la lectura de la novela. Vemos, además, como se le va escurriendo su propio destino entre sus manos y ni siquiera, ante la dolorosa y esperanzadora carta que le escribe Gabriel Olmedo, es capaz de mutarse:

Mi carta va a pedirte en nombre de tu vida, en nombre de la mía, y en el nombre sacrosanto del amor, que te vengas conmigo mañana mismo. Te espero confiado y sin asomos de dudas. Siento que ahora vas a llegar por fin, y todo lo tengo ya minuciosamente dispuesto para un plan de felicidad y eterna alegría, cuyos puntos de acuerdo y detalles materiales voy a explicarte después6

            Más adelante continúa:

Sí: óyelo bien, por paradójico que parezca, tengo hoy el derecho de defenderte contra tu familia, con tanta mayor razón cuando sé perfectamente, que fueron todos ellos, quienes, por su exagerada intransigencia, te alejaron de la casa de Mercedes, te aislaron en aquella hacienda, y por maldad, o por envidia o no sé por qué, contaron traidoramente todo género de comunicaciones entre tu y yo (…) Tú Abuelita y tía Clara, te quieren ante la sociedad y dentro de ideas y puntos de vista que ni tu ni yo compartimos[4]  

            Más abajo sigue diciendo Gabriel en sus letras:

Y ahora, para que tus oídos no se escandalicen de las palabras que pudieran pronunciar tus labios, lee, lee, intensamente, y en silencio, con sólo la luz adorada de tus ojos fieles y míos, lo que voy a dictar a tu conducta a fin de llevar a efecto, los dos juntos y desacuerdo, el más adorable y delicioso de los ensueños de amor. Óyeme, y obedéceme y sígueme bien en todo cuanto voy a decirte, vida de mi vida, que yo, en pago de esas horas de obediencia, juro llevarte conmigo a las cumbres más altas a donde pueda subir la dicha sobre la tierra, y juro también que en ellas, sumiso y rendido, y loco de amor, he de estar siempre a tus pies como un esclavo… ¡Y qué gloria entonces, María Eugenia!… Sí, tú, la linda, la refinada, la armoniosa, la exquisita, la artista de ti misma, la apasionada, la sensual, la mujer por excelencia, la llena de todos los dones, piensa en el poder que alcanzarás, elevada en este trono altísimo que te levanta mi amor, y piensa dominadora y reina mía, las delicias infinitas que nos esperan, en nuestra vida futura. Cierra los ojos durante un rato, olvida cuanto te rodea, y despréndete de ello con la fuerza amorosa de tu espíritu, y por unas horas, desliga de todo, piensa… piensa conmigo…Este es el programa de felicidad que pongo entre tus manos, novia mía. Ahora puedes variarlo a tu antojo y entretejerlo con todos los caprichos de tu imaginación, porque al quererte mía, te quiero bien caprichosa, para hacerte pagar luego los caprichos con dinerales de amor y de besos 8


[1] El punto de arranque de toda tragedia, en el mundo occidental, toma su origen en el fenómeno de la tragedia ática y vuelve a él. En rigor, y lo que tomo como punto de partida a esta breve exploración teórica sobre lo trágico, es el concepto de peripecia o teoría del cambio desarrollado por Aristóteles en su Poética (Ποετιχα) 3 El cambio del destino como núcleo del mito trágico y en conexión con ello defiende su concepción de los caracteres “medios” como los más apropiados para la tragedia, dice que semejante caída en la desgracia puede producirse, en tanto que hayamos de considerarla como trágica, no debido a un defecto moral, sino más bien a un fallo en el sentido de la incapacidad humana para reconocer lo correcto y obtener una visión segura (Lesk, La Tragedia griega, p. 23)

[2] El elemento más importante es la organización de los acontecimientos. Porque la tragedia no es una representación de seres humanos, sino de la acción y el curso de una vida. Y la eudaimonia y su contrario consisten en acción, no una característica (poiotés). Según sus caracteres (ta éthe), los individuos son de tales y cuales características (poioí tines). Pero es según sus acciones como viven bien (son eudaímones) o lo contrario (Aristóteles, Poética, 1450a-15-20)

[3] Teresa de la Parra, Ifigenia, tomo I,  1996, p.201 6 Teresa de la Parra, Ifigenia, tomo II, 1996, p.224

[4] Teresa de la Parra, Ifigenia, tomo II, 1996, Ídem. 8 , tomo II, 1996, Ídem.

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