COLUMNA LITERARIA: Cien años de terrorismo poético CESAR VALLEJO HA VUELTO. Por Rúkleman Soto Sánchez

Se cumplen cien años de la puesta en circulación del poemario Los Heraldos Negros, el primer libro de César Vallejo. No obstante haber sido fechado en 1918, el poemario salió al público en Lima al año siguiente (1919) bajo el sello editorial Souza Ferreira. Quizás por este motivo Seix Barral lanzó en 2018 una nueva entrega de la obra del bardo peruano, bajo el título CESAR VALLEJO POESÍA COMPLETA, cuya edición, prólogo y notas corre por cuenta de Ricardo González Vigil.

Esta edición estaba distribuyéndose en Perú mientras mi hija Laura vivía y bailaba por sus caminos andinos, al Sur del Sur, allí compró un ejemplar que acaba de obsequiarme a su regreso a Caracas este viernes 26 de julio de 2019, el libro vino con un trozo de piedra volcánica blanca con las que construyen las casas de Arequipa, por eso la llaman “la ciudad blanca”. Es toda una invitación a releer al autor de Piedra negra sobre una piedra blanca, Masa y muchos otros textos trascendentales.

No es primera vez que se compilan los poemarios de Vallejo. La Biblioteca Ayacucho nos concedió a los venezolanos en su número 58, que data de 1979, la OBRA POÉTICA COMPLETA con edición, prólogo y una detallada cronología a cargo de Enrique Ballón Aguirre. Por años leí y releí al Vallejo que nos deparó la Biblioteca Ayacucho, encontrando siempre nuevos asomos de lo sensible que surgían no sólo del autor sino, sobre todo, por culpa del autor al implicarnos cada vez más en sus osados coloquialismos y su apego a la lengua matria, en la rebelión de su palabra y su verso casto, en su dolor universal y su humanísima militancia.

Una concienzuda Edición Crítica de la UNESCO, hecha en 1988, a cargo de Américo Ferrari y varios especialistas, entre los que se encuentran Julio Ortega y Jean Franco, me permitió más tarde ver el proceso de transformación que se produjo en gran parte de los poemas vallejianos, en eso que Ballón Aguirre denominó “la reescritura perenne del escritor”.

Esta edición preparada por Ricardo González Vigil me hace volver a Vallejo ahora, en lo que paralelamente, también Ballón Aguirre llamó entonces “la pluralidad de lecturas por parte del lector”. En eso ando, quizás con el propósito de reconocer en esta obra el hallazgo de una edad alcanzada por sus versos o por el lector o por el mundo o por todo lo anterior, que suele resumirse con la palabra vigencia.

El ágil prólogo de González Vigil en la reciente edición, puntualiza de modo refrescante lo dicho y escrito sobre los libros de Vallejo. Reconoce “las deudas con el Romanticismo y el Modernismo” a la vez que rescata “el lenguaje nuevo” que Vallejo comenzaba a prodigar en LOS HERALDOS NEGROS, a través de su resistencia a ensoñaciones y exotismos y mediante la irrupción de “la presencia desgarradora del sufrimiento humano” que caracterizará a toda su obra.

Destaca una vez más el rasgo de la sensibilidad tan defendida por el poeta frente a los postulados de la inteligencia, manteniéndose “fiel a su sensibilidad andina, rural, terrígena; y a los valores del amor, la dulzura, la compasión, la solidaridad, la paz y la energía espiritual” ante la abrumadora ola modernizante de su época.

González Vigil no duda en afirmar que TRILCE “es el poemario que más ha revolucionado el lenguaje y las codificaciones culturales en el idioma español” y señala que la “dificultad del lenguaje trílcico no existe cuando el receptor, en lugar de querer forzar su hermetismo […] lo acoge con la sensibilidad dispuesta a apasionarse (a sintonizar con el corazón)”.

En este punto habría que decir que a 97 años de su aparición, ese radical “lenguaje trílcico”, tan profundamente vanguardista, ha alcanzado ya a sus destinatarios lectores manteniendo un frescor recién nacido, pues “Sus palabras no han sido dichas, acaban de nacer”, como escribe Antenor Orrego en las extraordinarias PALABRAS PROLOGALES de la primera edición (1922), incluidas en ésta de 2018.

Tan acertado como la inclusión de ese texto del entrañable amigo de Vallejo, es el de José Bergamín en la segunda edición (1930), donde éste advertía sobre una poesía tan nueva “que no está escrita en letras muertas, que no es letrada o no está literaturizada todavía”. Amenazante “todavía” que nos alerta.

¿Ahora que nos ha alcanzado su palabra, que hoy llamaríamos comúnmente experimental, es Trilce, entonces, mera literatura, es decir pura y simple “aniquilación del lenguaje” (Barthes)? Tal vez sea perdonable incluir una larga cita del prólogo de Bergamín para pulsar la vigencia de esta obra cargada de “terrorismo poético” (la expresión es de Ballón Aguirre) contra el lenguaje establecido:

“La poesía de Trilce, proyecta o propaga el pensamiento espiritualmente, y no literalmente, por la palabra, en puras relaciones imaginativas, desnudas del ropaje habitual metafórico, descarnadas así, secamente, como una sacudida eléctrica. Por este descoyuntado lenguaje, por esta armazón esquelética se transmite, como por una apretada red de cables acerados, una corriente imaginativa, una vibración un estremecimiento de máxima tensión poética: por ella se descarga a chispazos luminosos y ardientes el profundo sentido y sentimiento de una razón puramente humana. De esto debe estar advertido el lector de Trilce, de que la poesía vuelve a la infancia espiritual del pensamiento […] En la poesía de Trilce chocará al lector esta desnudez, descarnada, este punzante afianzamiento, brutal, de un lenguaje, tan exclusivamente poético, tan poco o nada literario […] Ni aun siendo tan extenso bastará a la poesía de Trilce el registro tradicional de nuestra rítmica: se lo saltará con ligeros pies como se salta todas las explicaciones literarias”.

En cuanto a lo que ya es costumbre llamar POEMAS HUMANOS, se reúnen los poemas en prosa y los escritos en verso después de Trilce pero que no fueron incluidos en ESPAÑA APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ, a diferencia de la edición Ayacucho que mantuvo la separación hecha por Georgette de Vallejo en 1968.

La guerra civil que sufrió España es el cruel episodio donde el poeta muestra “una lucha de valor universal y permanente”, anota González Vigil, al cerrar el prólogo refiriéndose al conocido poema «Masa» como “el momento culminante de toda la poesía humanísima de Vallejo” puesto que “el amor solidario consigue aniquilar a la Muerte en este mundo, quitándole todo sesgo divino y ultra terreno al tema de la Resurrección”.

Hay que añadir algunos elementos enriquecedores que aporta el libro CESAR VALLEJO POESÍA COMPLETA. Entre otros coroticos trae una Bibliografía que contiene primeras ediciones, otras ediciones subsiguientes de la obra de Vallejo y estudios sobre el autor; este último segmento me pareció demasiado reducido al no añadir trabajos de investigación tan serios como los de James Higgins, Jean Franco, Julio Ortega y Américo Ferrari.

También contiene esta edición los poemas juveniles anteriores a Los Heraldos Negros; trae un índice alfabético de poemas que los relectores compulsivos como yo agradecerán; aporta abundantes notas informativas que acompañan a gran parte de los poemas; incluye un interesante Vocabulario contentivo de los arcaísmos, neologismos, peruanismos y otros giros del lenguaje vallejiano puestos en contexto, tales como el clásico “Odumodneurtse” que es una inversión de estruendo mudo, o el más descodificable “Enereida”.

Cesar Vallejo ha vuelto, aunque nunca se había ido, son testigos las manos generosas que me dieron este libro y esta piedra blanca de Arequipa, este martes 30, esta persistencia de un siglo, esta relectura nocturna, esta reseña, esta lluvia de julio, estos caminos…

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