COLUMNA LITERARIA: CELEBRANDO A CORTÁZAR…EN FIN, LITERATURA. Por Rúkleman Soto Sánchez

Siempre será más decoroso volver a Rayuela por alguna de sus temáticas que someterla a esa sanguinaria mutilación que llaman memes.

Celebro el cumpleaños de Cortázar escuchando los temas de jazz que el “Club de la serpiente” hacía sonar en un cuchitril mientras sus miembros hablaban pistoladas, perdían el tiempo, fumaban, bebían vodka barata y dejaban morir a Rocamadour. Gracias a que los temas musicales fueron recopilados en 1999 por Pilar Peyrats en un disco-libro que se llamó Jazzuela, es posible conseguirlos con facilidad en Internet. Hay una buena reseña escrita por Santi Carrillo en la Web de ROKCDELUX.

Haciéndole honor a Rayuela no comienzo por el primero de los capítulos continuos donde Cortázar incorpora el tema del jazz. Prefiero leer antes el 13, capítulo donde escuchan a Satchmo (Louis Armstrong) cantar una pieza llamada Dʹont play me cheap y otra de nombre Yellow Dog Blues, los personajes comentan que Armstrong había visitado Buenos Aires, lo cual ocurrió en efecto en octubre de 1957.

Después decido pasar al capítulo donde un Gregorovius empepado por la Maga le dice lo que es «la cosidad», pero no como ella esperaría que se lo dijera Oliveira. Allí suena un tema llamado Mamieʹs Blues, interpretado por Jelly Roll Morton, que nada tiene que ver con los hippies de un grupo denominado TOP TOPS que varias décadas después, exactamente en 1971, pegan otra Mami Blue que revienta las radios.

Bessie Smith, la más influyente cantante en su momento, entona Baby Doll en un capítulo donde los personajes andan entregados “al jazz como un modesto ejercicio de liberación”. Saltando capítulos me regreso para leer ese relámpago donde Cortázar gana por nocaut como en sus mejores cuentos. Explica -por la rapidez de resolución del jazz de los primeros años ¿de la narración, del relato?- que “era como hacer sonetos en vez de odas”.

Es otra cosa leer esos segmentos de Rayuela mientras suena Iʹm coming, Virginia, pieza con la que abre el padre de los cronopios la serie de comentarios que va poniendo en boca de sus personajes a lo largo de sus jazzísticos ocho capítulos.

Después de un recorrido culebrero termino por el final mi modesto homenaje al autor de Las armas secretas, con Oscarʹs Blues. ¿Por qué por el final si no comencé por el principio? Porque todo ese capítulo 18 es ineludiblemente conclusivo como sus últimas líneas: “un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura”.

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