COLUMNA LITERARIA – ‘BORGES: EL APRENDIZ DE LECTOR’. Por Rúkleman Soto Sánchez

Quizás nadie ha manifestado una pasión por el libro y la lectura como lo hizo Jorge Luis Borges. No obstante, a fuerza de memes aberrantes, cuyo principal atributo consiste en descontextualizar y empobrecer las mejores creaciones de la literatura, ya se ha convertido en un cliché el célebre texto: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito;  / a mí me enorgullecen las que he leído”, versos que abren el poema UN LECTOR (Elogio de la sombra, 1969). De los siguientes 31 versos muy poco se dice, tal vez porque no se leen.

En 2012 Argentina instituyó el 24 de agosto como DÍA DEL LECTOR, en homenaje al autor de El Aleph, de quien hoy se cumplen 120 años de su natalicio. No es difícil imaginar la celebración de aquellos cumpleaños entre libros. María Esther Vásquez, en su biografía sobre el escritor, cuenta que por esos años, al tiempo que se hacía director de la Biblioteca Nacional y perdía la vista junto a 800 mil volúmenes que jamás podría leer, Borges “celebró allí su aniversario. Cada 24 de agosto se organizaban unas fiestitas a la última hora de la tarde por las que transitaban amigos y amigas personales, la familia (…) la gente que trabajaba en la biblioteca, desde el subdirector hasta los ordenanzas (…) Al promediar la reunión Borges alzaba la copa, brindaba con todos y por todos, se tomaba el champaña de un trago y después, con gesto principesco que perfeccionó con los años, tiraba la copa contra la gran chimenea encendida”. Entre los regalos invariablemente había una corbata amarilla, último color que aún lograba reconocer su vista agotada.

Borges fue advertido por los médicos de elegir entre leer o perder la vista, su decisión es conocida por todos. Confiesa ser un lector empedernido, quijotesco. Aunque a diferencia de Alonso Quijano, su pasión lectora arranca en la misma infancia. En su libro de versos favorito EL OTRO, EL MISMO (1964) su poema LECTORES dice:

Tal es también mi suerte. Sé que hay algo

inmortal y esencial que he sepultado

en esa biblioteca del pasado

en que leí la historia del hidalgo.

Las lentas hojas vuelve un niño y grave

sueña con vagas cosas que no sabe.

Su obsesión es el libro, los espejos solo son sucedáneos de ese misterio inabarcable cuyas páginas infinitas intenta atrapar, como en su cuento EL LIBRO DE ARENA (1975), que el relato deja extraviar en olvidados anaqueles. A lo largo de ese anchuroso cause que es la obra borgiana, el libro y la lectura concurren como tributarios principales de ese caudal interminable vislumbrado en la Biblioteca de Babel (Ficciones, 1941), que no es otra cosa que “El universo (que otros llaman la biblioteca)”. En este relato laberíntico Borges afirma: “he peregrinado en busca de un libro, acaso el catálogo de catálogos”.

Esta devoción por el libro, frecuente en su poesía y sus relatos, no es menos abundante en sus ensayos, sus conferencias y aún en su actividad docente, donde suele inundar de referencias su reflexión sobre la lectura. Profuso y enriquecedor es el ciclo de conferencias dictadas en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, en 1977, y publicado en 1980 bajo el título SIETE NOCHES.

En la quinta conferencia de ese libro-testamento, titulada LA POESÍA, Borges rescata una maravillosa explicación de Emerson sobre la lectura y el libro: “una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético”.

De esa misma conferencia otra clásica frase borgiana fue sustraída (en el sentido de asalto y despojo que tiene el término) para ser reducida a la orfandad del meme: “la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria”. Allí no se refería Borges a que la lectura debe ser un placer fácil, sino a la necesidad de abordar preferiblemente a los autores y sus obras prescindiendo de eso que la academia llama historia de la literatura.

Podría exceder la moderación de esta nota intentar ir más allá de un ensayo titulado DEL CULTO DE LOS LIBROS (Otras Inquisiciones, 1952) para revisar otro género con el que Borges venera el libro: “Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado”. Allí indaga en ese instante del hombre en que el signo oral hecho canto se encuentra con el signo escrito que demanda ser nombrado en voz alta, hasta producirse el descubrimiento de la lectura silenciosa, donde el libro trasciende su condición de mediador instrumental para hacerse Libro, con mayúscula.

Borges concluye en este ensayo que el libro es el mundo. Sabe que es infinita e indescifrable esa totalidad constituida por el mundo. Por eso se entiende a sí mismo como un aprendiz permanente, un fiel practicante de la lectura. En el poema citado al principio de esta nota, del que suelen repetirse de manera encarnizada hasta la vaciedad los dos primeros versos, Borges concluye:

a mis años, toda empresa es una aventura

que linda con la noche.

No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,

no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;

la tarea que emprendo es ilimitada

y ha de acompañarme hasta el fin,

no menos misteriosa que el universo

y que yo, el aprendiz.

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