CUENTOS: ‘CARAS Y CRUCES’. Por Pablo Arahuete

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Jíbaros. Hace días intentaba recordar esa palabra.

La memoria es algo impredecible, amigo.

Mirame aquí, con los años que llevo viviendo en la misma casa,
todavía me olvido la dirección.

A menudo, me ocurre lo mismo. No te aflijas. Esas cosas pasan.
Yo sé que vivo en la calle tal. Ahora si te dijera la dirección
exacta, te estaría macaneando.

No concibo el hábito de utilizar ciertos términos como “tal” o
“cual” para referirse a algo concreto.

Fue en sentido figurado, mi susceptible y estimado colega. Prometo
más cuidado en mi elección para la próxima vez.

Es mi naturaleza ser frontal, Profesor Diberto, mi comentario
exhibe un cúmulo de angustias repartidas a lo largo de una
lucha silenciosa contra todo exceso de relativismo.

Sin ánimo de ofenderlo, profesor Susman, su batalla ya está
perdida. Atravesamos el reinado de lo relativo y nos encaminamos
al sinsentido absoluto. Uno se pone susceptible en presencia
de la muerte.

Nunca mejor dicho. Susman, observá todas las tumbas que nos
rodean. Imaginá cuántos de ellos pensaron antes en el relativismo.
Me pregunto si Craveli habrá tenido tiempo.
Las palabras de los tres hombres alborotaban la impertubable
calma. Argumentos y contrargumentos pulverizados entre las
piedras con nombres y fechas; su polvo impotente en vuelo
aventurero al ras del cielo. La excusa del decir reafirma la ausencia
de lo dicho. El tiempo mece la espera. También, los troncos
con sus ramas. Más cruces que caras, el juego reconfigura una
nueva partida.

Craveli pertenece a ese grupo de hombres que defiende el valor
de las palabras. Estaría de acuerdo conmigo -el profesor Susman
acomodó sus anteojos para evitar que el armazón dejara marcas
en su irregular tabique.

Querrás decir “perteneció”, Susman. Debemos acostumbrarnos
a hablar en pasado si se trata de Craveli- el profesor Diberto
evaluó pertinente la apreciación, aunque su júbilo por haber
corregido a Susman era más importante que el adecuado uso de
los verbos.

Eso es relativo -apuntó el profesor Rocha con un dejo de timidez,
mientras sus manos oficiaban de viseras contra el sol.

Una vez más. Damas y caballeros, tengo el disgusto de presentarles
al RELATIVISMO- en una imitación bastante peculiar, el
histriónico Susman utilizaba su celular como micrófono.
De repente, los primeros acordes de una fuga de Bach escaparon
del teléfono y el afuera se materializó en un entrecortado diálogo.
Diberto descifraba el eco metálico en el ocaso de las frases
y Susman palpaba, entre sus ojos, el comienzo de un surco
imperceptible. La caprichosa coquetería lo hacía desistir de un
armazón menos pesado.

Hola, Simona, hable más fuerte- Susman arqueaba el cuerpo
para ganar recepción. Sus balanceos transitaban la frontera de lo
ridículo.

Miralo, Diberto, con esos movimientos parece un muerto vivo
como los del cine- Rocha aprovechaba la lejanía de su víctima
para arremeter con la burla.

Tendría que prohibirse el uso de celulares en lugares como éste.
Imagínese un inoportuno llamado en medio de la ceremonia.
Pobre Craveli, pobre su familia.

Diberto oteó el horizonte en busca de un indicio pero no encontró
otra cosa que una larga fila de cruces de distinto porte y
color.

Verde, hol… hola, Simona, es una carpeta de color verde. Busque,
yo espero- la impaciencia del profesor Susman arrastraba
el arrepentimiento de haber depositado su confianza en una
persona buena y atolondrada.

Al fin, Simona. En un minuto me quedo sin baterías. No,
querida, usted no puede preguntarme eso. Cómo cuernos voy
a saber si es verde claro, oscuro, loro o agua. Hol…Simona, la
pierdo. Simon…la perdí.- Susman comenzó a golpear despacio el
celular en una de las cruces.

Diberto y Rocha se quedaron en su lugar con el ansia a
cuestas ¿Cuál sería el desenlace en el intento de reanimación de
las baterías? Estaban acostumbrados al ciclotímico estado de ansiedad
y pasividad recurrente en Susman, quien en más de una
ocasión había llegado a instantes violentos con algunos alumnos
o ataques de mutismo inesperados. Cada golpe descubría una
melodía diferente, un matiz de un degradé de recuerdos que se
fue hundiendo en la conciencia de Rocha.

Detrás, el desahogo de una corbata, asesina de cuellos
gruesos. Las guirnaldas estiraban su cuerpo de papel desde el techo.
Esquivaban el torbellino de flores prendidas a los mechones
danzantes, en la embriaguez de un baile de disfraces. Cenicienta
confesaba a Superman su desencanto. No habían sido santas las
intenciones de PeterPan en un aula desierta y maloliente. Por
fortuna, Cleopatra escuchó los gritos y llegó antes de las doce.
Peter Pan voló hacia una ventana medio abierta. Nunca jamás
supieron algo de él. El desconocido llevaba un antifaz. Aferrada
a los hombros de Superman, se sintió segura y dispuesta a
avanzar un poco más. Primero, el cuello. La rigidez cedió ante la
suavidad de sus dedos. Esperó unos instantes, cuando la ansiedad
doblegaba la cautela y le susurraba la prisa, convencida de
que era el momento de seguir; cuando el mal paso con Peter
Pan había quedado atrás en el último banco y aún se escurría
la adrenalina por la ventana semiabierta; cuando Groucho se
separaba del puente de brazos extendidos y miraba con extrañeza
cómo se divertían los demás; cuando Superman señaló un

pequeño hueco en el techo por donde se colaba la luz de la luna.
Pasaron unos segundos y lo abrazó. Por primera vez en la fiesta,
Rocha sintió la necesidad de deshacerse del traje y así empezar
todo de nuevo. El mismo deseo cristalizado aquella vez irrumpía
sin previo aviso con la corbata en el medio de la discusión.

Craveli nos acompañó pero no entró-seguro de sus dichos,
Diberto no daría el brazo a torcer en esta inmejorable oportunidad.

Te confundís de cabo a rabo, Atilio. Craveli tuvo la idea de
invitarnos a todos y entró primero porque ya lo conocían.
Rocha esperaba el momento para intervenir, mientras los argumentos
corrían de una punta a la otra.

Craveli no abandonaba nunca la posibilidad de estar con una
mujer-agregó-Estoy convencido de haberlo visto ese día. Nunca
pude sacarme de la cabeza la imagen de aquel traje marrón que
llevaba puesto.

Imposible. Craveli con traje. Te equivocás, viejo.
Rocha comenzó a recordar un pasillo estrecho poco iluminado.
Eran un grupo de seis o siete. Los pasos agitados retumbaban
como la excitación de la novedad, que acompañaba al pequeño
contingente de pecas y crema para después de afeitarse. Habían
llegado tarde a la cita. Los sillones del lugar no alcanzaban
para todos. Rocha y otros tres esperaron de pie. Craveli pasaría
primero, además tendría que arreglar un precio diferente, pues
se habían agregado tres al trío original, entre ellos, Rocha. La
espera se dilataba entre intervalos de chistes picantes, especialidad
de Diberto. Las risas se enredaban con el silencio y cada vez
que Rocha consultaba su reloj se daba cuenta de que no había
pasado tanto tiempo. Craveli, a quien había cruzado en alguna
oportunidad en un partido de fútbol, entró primero. Una chica
lo llevaba del brazo, mientras le susurraba algo y reían. Rocha
observó el rostro de Craveli. Su expresión remitía a la misma de
cualquier niño expectante y asustado cuando entra en un circo.
Rocha pasó último.

El celular había resucitado luego del intenso golpeteo. Susman
recuperó la calma.

No llegan más estos tipos-comentó Diberto, un poco molesto-
Con lo puntual que era Craveli.

Es raro -complementó Rocha cuando, de repente, le pareció
haber visto a la chica de aquella ocasión junto a una tumba
próxima

¿ Nos habremos equivocado de lugar?

Podría ser -ironizó Diberto- Craveli bajo tierra y nosotros
como unos idiotas esperando. Rocha había perdido el hilo de
la conversación después de la inesperada visita de la mujer. El
cuello de la corbata apretaba tanto como esa noche en el cuarto
pequeño, bañado con una luz tenue que pintaba los cuerpos de
rojo. Ella corrió su flequillo de los ojos y se acercó. Sus manos se
deslizaron con suavidad hacia el nudo de la corbata. Lo desató
y olió el perfume barato que Rocha solía ponerse en situaciones
especiales. A medida que le quitaba la ropa, el aroma agrio debajo
de las prendas se liberaba por el resto del cuarto. Pero ella era
dulce. Dulce e inolvidable, como la fragancia de las flores que le
habían comprado a Craveli para recibirlo cuando descendiera
del coche fúnebre. Coronado por la solemne procesión bajo una
fuga de Bach telefónica.

La mujer arrojó un beso a Rocha. Partió junto con la fragancia
de las flores, que el grupo de amigos de Craveli había depositado
en una tumba todavía vacía.

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