LA BIBLIOTECA DE BABEL: ‘Literatura: ¿arte o trabajo forzado?’. Por MÓNICA CENA

Uno tiene que trabajar con sus propias realidades, eso no tiene remedio. El escritor que no trabaje con su propia realidad, con sus propias experiencias, está mal, anda mal.

“Gabriel García Márquez: diez mil años de literatura”.

Revista Bohemia, febrero de 1979.

Varias veces escuché la discusión sobre la actividad del escritor, si era un arte, o un oficio. A mi modo de ver, no son la misma cosa. Pero, en principio, voy a aceptar las dos posturas como verdaderas, con un plus de audacia: trataré de averiguar qué intenciones hay detrás de estas afirmaciones.

Sabemos que el arte es la capacidad humana de realizar una obra, mediante la cual, el artista expresa la realidad que lo circunda. Para ello, necesitará adquirir y desarrollar habilidades en el manejo de técnicas y herramientas, con la que transformará la materia prima. En otras palabras, el arte es un proceso mediante el cual el artista transforma una porción del mundo en un producto nuevo.

El oficio también es la transformación de una materia en algo totalmente novedoso. Y aunque no necesita demasiados conocimientos teóricos, también usa técnicas que hay que aprender bien para realizar el trabajo correctamente.

Visto de esta manera, la escritura puede ser un oficio (periodista, ghostwriter, copywriter) donde se trabaja por un sueldo, u honorarios por los servicios prestados. Sin embargo, el trabajo que realiza un autor literario va más allá de lo económico. De hecho, la mayoría de las veces no le reporta ningún beneficio monetario. Es un arte.

Entonces, ¿qué diferencia al escritor de oficio del autor literario?

Simple: es toda esa carga emotiva que el autor literario convierte en imágenes escritas, es la magia con la que puede convertir la piedra en agua de colores para que el lector la beba despacio. En definitiva, es la materia prima que usa para su obra, que no es otra cosa que la realidad, su realidad.

Para ello tiene que trabajar mucho. Y no me refiero a lo profesional únicamente, sino también en conocerse a sí mismo para plantearse metas claras. No basta tener “algo que contar”, tiene que saber cómo, a quién, con qué lo contará, y lo más importante: por qué.

Un escritor no se improvisa, ni aparece en escena espontáneamente como por arte de magia; tampoco su obra, sino que es el resultado de un “compromiso” profundo con su arte y consigo mismo. Compromiso tomado con libertad y responsabilidad con la calidad de su escritura, y fidelidad a sí mismo. Por lo tanto, pedirle a un autor que escriba sobre tal o cual tema, por más noble que parezca, es exigirle que lo haga para complacer a cierta parte de la sociedad, es pedirle el mayor acto de hipocresía.

Sin duda, los temas candentes del mundo afectan a la sensibilidad del autor. Pero él, o ella, no puede cargarse esos problemas sociales como si pudiera resolverlos con su pluma. Exigirle a un escritor que cree historias o poemas para denunciar acosos, discriminación, violencia, o que se manifieste en contra de la corrupción política o la contaminación ambiental, es convertir su arte en un trabajo forzado.

Su primera responsabilidad es ser fiel a sí mismo, a su libertad, y resistir la manipulación que quiere convencerlo de que está cometiendo un pecado de omisión, si no sumerge sus letras en esos dilemas sociales.

Entiéndase bien: no estoy hablando de promover el ostracismo del escritor mientras se derrumba la humanidad. Sin duda, la literatura tiene una función social que refleja el momento histórico del autor, y de ello hay sobrados ejemplos: José Hernández, con su Martín Fierro, Frank Kafka en El proceso o La metamorfosis, Domingo Faustino Sarmiento con su Facundo. Lo que veo como algo indiscutible es que su libertad es la esencia de toda su obra.

Hoy se ven editoriales, concursos, antologías, y otras producciones “literarias” colectivas, que exigen del escritor una determinada postura sobre un tema social específico. Y no es otra cosa que una manipulación silenciosa y oscura de los grandes poderes, a través de las capacidades del autor. Lo usan como herramienta de manipulación ideológica, y no caen en la cuenta que denunciarlos puede convertirse en el leitmotiv de su próximo libro.

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