…Y MODERNO: ‘La tierra y la sombra’ de César Acevedo. Por HÉCTOR SANTIAGO

Un hombre camina en la ruta que separa en dos el cañaveral. Por ese mismo sendero avanza un camión amenazante que en su andar levanta nubes de polvo. Cañaverales de un lado y también del otro. Un inmenso mar de lanzas verdes que oculta el horizonte y cerca al hombre que lo transita con una maleta en sus manos.

Cañaverales amargos que someten hasta el límite a sus trabajadores. Selvas de azúcar que dañan suelos. Lluvias de ceniza del bagazo de la caña que tapizan caminos, se asientan en techos y suelos de las casas cercanas. 

Viviendas humildes que luchan diariamente para sobrevivir al avance del carrizal, del fuego y la escoria que deja el incendio de leguas y leguas de sembrado. 

Trabajadores que cortan cañas y más cañas sin descanso, pero que no cobran sus sueldos o los perciben con retraso. Trabajo insalubre que daña y que atenta contra la vida de los jornaleros. 

Y en ese escenario aciago, una familia. Sus vínculos amorosos, el trabajo, la niñez, los desencuentros y la muerte. Una historia pequeña, mínima dirán algunos, con raíces colombianas, lazos latinoamericanos y valores universales. 

El hecho de que una circunstancia propia obligue a los habitantes a mantener la casa en penumbras, le permite al director contrastar constantemente la oscuridad del interior de la vivienda con la claridad del exterior. Ese contrapunto lumínico va más allá de las circunstancias reales  que lo origina. El contraste entre el interior y el exterior se convierte en un vehículo de sentido, en una metáfora que atraviesa el film. Y es en esta misma línea que Acevedo utiliza la cometa que el niño eleva después de varios intentos para situarla finalmente en las alturas flameando como un un sol de papel. 

También cumple una función alegórica la construcción que emprende el abuelo de un comedero de madera para atraer​ a los pájaros o con su nieto, abocarse a la limpieza de las plantas del jardín casero del polvo y cenizas que las cubren. 

La tierra y la sombra es una película realizada con un ritmo que se ciñe a la cadencia del acontecer de la vida en el campo, con caminatas extensas, un ir y venir de la casa al trabajo y un espacio acotado para el uso del tiempo libre. 

Y como no puede ser de otra manera, la cámara se mueve obedeciendo a ese espacio, movimiento y ocurrencia de los sucesos. Una fotografía que da cuenta de esa geografía monótona, donde las plantaciones no tienen fin y los senderos se extienden entre paredes de cañas. Se detiene en el registro de los trabajadores, mayormente negros, de sus rostros cansados, cubiertos de polvo, sudorosos y también cuando agotados por la extensa jornada duermen en el transporte que los regresa a sus viviendas. 

Imágenes de una casa cercada por las cañas, con un patio exterior de tierra casi agreste y el interior modesto, con el mobiliario imprescindible. Una vivienda asediada por el polvo, el fuego y la ceniza. 

Y en un tono casi apocalíptico, la propia muerte es retratada cuando las llamas amenazan con “desaparecerla”.

Por cierto, esa fotografía tan fecunda de significados, la que no otorga un mínimo descanso a la atención del espectador, en 2015 se hizo acreedora a la Caméra d´or en el Festival de Cine de Cannes. 

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