EL MURO: ‘LUNA DE MIEL’, por Yurimia Boscán

Ave Maria gratia plena, Maria gratia plena, Maria gratia plena…

               Flotaba hacia su felicidad. Jamás había sentido nada igual. Ni siquiera importaban los gigantescos tacones que oprimían sus pies. Un día como aquel no podía registrar ampollas ni transpiraciones. Su pecho era un manar de latidos acallados apenas por la voz de la soprano que envolvía la iglesia, repleta de flores y ojos que la escudriñaban. Sus amigas no cesaban de mirarla…parecían buscar algo que la hiciera indigna del blanco del vestido. Pero no le importaba…era el día que había esperado toda su vida.

Ave, ave dominus, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus et benedictus

             Al final del pasillo, en el que parecía el viaje más interminable de su vida, la esperaba el amor, su amor… un buen partido, como le decía su madre. Desde el día que lo llevó a casa, la familia de Maritza la convenció de que su destino era convertirse en esposa de aquel apuesto militar.  “Las gorras -decía su abuela-  representan con creces a las mujeres”.

               No pasó mucho tiempo para que el hombre, trajeado con su uniforme de gala, pidió su mano. Comenzó entonces el rosario de recomendaciones sobre la virginidad, que Maritza cumplió a cabalidad. Toda una proeza alcanzar el altar sin sucumbir a sus hormonas veinteañeras. Pero él era un caballero, y no había mayor dicha que su respeto.

Et benedictus fructus ventris Ventris tuae Jesus

Y allí estaba, dulce y paciente. Ella lo acompañaría hasta el final, así lo juró ante Dios y ante todos los que secaban sus lágrimas conmovidos por aquella representación de la felicidad. “Que se besen que se besen que se besen…”. Risas, aplausos, besos, arroz a granel, abrazos… la fiesta, los regalos, el baile, los pasapalos, las bebidas… Maritza estaba radiante. Ni siquiera sentía las ampollas de sus pies.

El ramo, el carro, los pasajes, la maleta, el hotel… Su soñado boleto a la felicidad que estaba a punto de iniciar con su nueva vida: la señora Maritza de Bustamante…le gustaba pensarse así…era de él…suya.

Nadie la cargó, pero entró feliz al recinto que cobijaría todo el amor que estaba dispuesta a dar. No más cuidados, no más lucha con las hormonas, no más déjame déjame en medio de sofocos y entrecortados no no no que eran un sí sí sí…

Entró y sonrió. Lo miró emocionada.

Se acercó. Era suya. No la besó. Ella sonrió. El la empujó suavemente hacia la puerta. Deshizo el moño que había tardado horas en peinar. Estrujó su vestido blanco en busca de sus senos. Ella sonrió. Apretó sus pezones. Ella gimió. Apretó más. Sintió dolor. Le arrancó el vestido… lo abrió de golpe. La volvió a empujar. Desabrochó el pantalón. Metió su mano en la entrepierna. Maculó el encaje. Ella ya no sonreía. La penetró. La volteó. La penetró. La penetró. La penetró. El dolor sordo que sentía iba y venía. De fondo, el toc toc toc toc de la puerta ante el embate. Gimió. No era más que un sollozo salobre de noche sin miel ni luna.

Ave maria Mater dei Ora pro nobis peccatoribus, Ora pro nobis, Ora, ora pro nobis peccatoribus

Recogió el vestido y lo guardó en la bolsa. Caminó en trance, en medio del dolor que le producían las viejas ampollas. Se sentó a su lado, los ojos rojos de llorar.

Había mucha gente mirándola, buscando algo que la hiciese indigna del negro del vestido. Sus hijos la abrazaban. Aquel amor había sido ejemplar. Cincuenta años juntos. Bodas de Oro. Nadie pronunciaba palabra ante sus lágrimas. Se levantó. Se pegó a la urna. Se estrujó contra ella. Arañó el satén que la vestía y lanzó dentro la bolsa con el traje de novia despedazado. Bodas de Oro.

Nunc et in hora mortis in hora mortis, mortis nostrae in hora mortis nostrae, Ave María

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