CUENTOS: “Ana o la Lluvia”. Por PABLO ARAHUETE

Su cabellera amarilla flotaba, despreocupada, en el aire viciado
de la Avenida. Agazapados sobre la esquina, siempre apurados,
hombres de saco y corbata; mujeres con polleras ajustadas;
señoras mayores de paso cansino esperaban que la silueta del
muñequito con las piernas abiertas se iluminara. Los chasis
metálicos pasaban delante de sus ojos a gran velocidad. Parecían
desprenderse de sus ruedas, castigadas por los desperfectos del
pavimento. El cielo plomizo los cobijaba y alguna nube rezagada
intentaba colarse entre el conjunto de nubes, dispuestas a descargar
su furia en cualquier momento. No pudo evitar caer en
la tentación de observar a través de la ventana a la mujer alta de
pelos rubios, largos y desprolijos. Esperaba el cambio del semáforo
para cruzar. Se abstraía del bullicio del ambiente, envuelta
por la cofia plástica roja y blanca. Allí, donde sus cabellos castaños
debían soportar la intensidad del calor desde la superficie.
Las conversaciones triviales e incompletas de las mujeres que la
rodeaban pasaban desapercibidas mientras seguía inmersa en
sus pensamientos.

(Para mí se terminan casando el mes que viene. Ahora se llevan como
perro y gato, pero acordate que dentro de un mes vamos a verlos
frente al cura).

Susana, ¿ el peine verde lo tenés vos?
No, preguntale a Cristina.
Ella me dijo que te preguntara a vos, Susy.
¿Por qué a mí siempre?, si la que pierde las cosas acá no soy yo.
(sí, estuvimos veraneando un mes en Gesell. Fue mi suegra
también y los chicos se quedaron con ella unas noches, así que
nosotros aprovechamos para salir. Lástima el tiempo, no ayudó).
El cotorreo permanente la ponía de mal humor. Por ese
motivo se ocultaba detrás de alguna revista de modas, aunque
de afuera parecía que, en realidad, tenía interés en los artículos
publicados. La otra estrategia consistía en quedarse sentada una
hora en el secador de pelo hasta que el calor se tornaba insoportable.
Desde su ubicación, podía observar la calle y a esa mujer
que cruzaba. No puede ser ella, musitó por lo bajo e, inmediatamente
después, reconoció uno de sus gestos particulares: se
refregaba la nariz con su mano derecha. Cuando entró y repitió
aquello de su nariz, comprobó su sospecha. El tintineo metálico
del colgante ubicado arriba de la puerta sonó tan fuerte que
interrumpió su concentración. La veo muy cambiada, pero estoy
segura, es Ana. Dudo que me reconozca, pensó, y caminó hacia
el mostrador para pedir un turno. Si quería un corte sencillo, debía
esperar media hora. Si buscaba algo un poco más elaborado,
la demora era mayor. Tiempo, precisamente, no era algo que le
sobrara en su agitada vida de abogada Sin embargo, había decidido
tomarse el día para ella y, pese a que el lugar estaba repleto
de mujeres, eligió la opción “b”. Su ropa no tardó en impregnarse
del olor a tinturas y cremas. Cargaba siempre en sus vestimentas
olor a viejo, olor a masa de expedientes de archivo.
El calor del secador comenzaba a hacer estragos en sus mechones
castaños. Se levantó y, luego de una seña casi imperceptible
a una de las chicas peinadoras, se sentó sobre el único sillón desocupado.
A través del espejo, espiaba sus movimientos, mientras
con un “claro”, que repetía en forma constante, simulaba prestar
atención a las banalidades comentadas por su peinadora. El
“claro” se fue transformando en un enfático “me imagino”, sin
alterar en lo más mínimo el monólogo. Las cerdas del cepillo se
enredaron en unos mechones rebeldes. Sintió un ligero y brusco
tironeo en su cuero cabelludo. Saltó del sillón y, presa de un ataque
de cólera, cuidado, nena, me estás lastimando. Las mismas
palabras que empleaba de chica, entre juegos y Ana, en la vereda
de su casa.
La chica soltó el cepillo y el golpe seco contra el piso despertó la
curiosidad de las clientas. Inmediatamente, las miradas centraron
su foco de atención en ella y la peinadora, quien se agachó
para levantar su herramienta de trabajo. Perdón, susurró con
miedo, y la invitó a volverse a sentar para continuar con su labor.
Desencajada, retomó su lugar pero esta vez bajo un silencio
sepulcral por parte de la muchacha.
Ahora la peinaban muy suave, muy suave. Pensaba: por un lado,
su permanencia allí se iba a prolongar dada la interrupción que
había causado el incidente del cepillo. Eso era contrario a sus
deseos de escapar del salón de belleza. Quería evitar exponerse a
un episodio desagradable con Ana, a quien había dejado de ver
hacía mucho tiempo atrás, luego de haberla encontrado infraganti
besándose con su novio, Raúl, en el baño de damas de la
secundaria. Y pensaba: por otro lado, el leve paseo del cepillo
por cada uno de sus cabellos secos le traía recuerdos de su niñez,
cuando su abuela Ofelia le desenredaba sus remolinos con santa
paciencia. Habrá recordado la frase como yo, y ahora lo único
que me falta es una conversación hipócrita de amigas inseparables
que se encuentran casualmente en un rincón del planeta. (El
pronóstico del tiempo indica para las próximas horas probabilidad
de chaparrones aislados en la zona de Capital Federal y sus
alrededores). Tiempo bueno y despejado, dijeron esta mañana
en la radio, y Ana se lleva la mano derecha a la nariz, como
aquel día en que le corté el pelo con rabia y provoqué un desastre
en su cabeza por haberme traicionado.
Un estruendoso rugido proveniente del cielo plomizo hizo temblar
los vidrios del salón de belleza y comenzó a llover sobre la
Avenida, atestada de gente que esperaba cruzar. Las gotas caían
sobre el pavimento, rebotaban y se desintegraban en el aire,
mientras la cabellera amarilla de Ana reposaba en el respaldo del
sillón ubicado a su lado.
Tal vez no sea Ana, intentó convencerse, y cerró los ojos para
encontrarse con su abuela, que la peinaba con enorme ternura
en el comedor de su casa un día de lluvia, porque más tarde
pasaría su amiga Ana y juntas irían a jugar a la vereda.

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