EL BUSCÓN: ‘Las máscaras de Gilgamesh’ (X). Por ISAAC MORALES VARGAS.

En el prólogo de su selección de cuentos de Franz Kafka (1883-1924), Jorge Luis Borges escribió sobre el gran escritor praguense: Cabría definir su labor como una parábola o una serie de parábolas, cuyo tema es la relación moral del individuo con la divinidad y con su incomprensible universo.[1] Creo que la afirmación es rigurosamente cierta. Toda la escritura de Kafka, incluyendo sus textos de no ficción (diarios y cartas) revela la angustia de un individuo que se siente profundamente culpable de algo (en qué consiste ese algo, aún no está claro), y que, en consecuencia, está obligado a soportar una terrible condena (que varía según el caso). En ese sentido, la obra kafkiana está muy cerca del Poema de Gilgamesh: el héroe babilonio comete el «pecado» de rechazar el amor de una diosa, tras lo cual recibe el castigo de ver morir a su amigo y de enterarse, después de recorrer toda la tierra, que está condenado a ser mortal. Por lo tanto, creemos encontrar nuestro arquetipo mesopotámico en muchos de los textos del gran escritor checo. Sin embargo, dado el volumen total de sus trabajos, nos vemos en la necesidad de escoger solo dos de ellos para intentar analizarlos, a saber: Un artista del hambre y Un artista del trapecio.

            Un artista del hambre es un cuento cuyo protagonista es un ayunador profesional. Al principio de la narración, el personaje conoce el éxito resultante de mostrar al público su capacidad de no consumir sino un sorbito de agua ocasionalmente. Después, su gloria mengua cada vez más hasta que empieza a trabajar en un circo donde termina de caer en el más absoluto olvido. Finalmente, muere de inanición y su cadáver es recogido como si se tratara de un desperdicio cotidiano. Sin embargo, justo antes de expirar, el personaje revela que siempre guardó ayuno porque jamás encontró un alimento que le satisficiera.

En esa sencilla trama solo puede identificarse de manera inequívoca un elemento común con el Poema de Gilgamesh: el inevitable fracaso del personaje. Puede pensarse que el ayunador es conciente de que nunca encontrará el alimento que dice anhelar. No hay una sola línea del texto en la que pueda leerse que el personaje busca un alimento determinado o expresa su necesidad de algún modo. Más bien, da la impresión de que él mismo se fabrica su desgracia, de que no quiere encontrar el alimento capaz de saciarlo, si es que tal alimento realmente existe. En otras palabras: el personaje fracasa voluntariamente. Ahora bien, ¿por qué actúa así? Esta es la gran pregunta que nos plantea el autor y que ha hecho correr ríos de tinta. No obstante, nos parece plausible ver en el ayunador a un individuo que la divinidad ha condenado a la más absoluta soledad. Y el individuo, por otra parte, conoce su condena, resignándose con ella. Dicha relación, particularísima, entre el hombre y un dios enigmático, es lo que hace de Kafka un autor que desarrolla el drama existencial de algunas antiguas culturas de Oriente Medio, como la israelita o la babilonia, con una complejidad y una perspectiva del siglo XX. Mutatis mutandis, la tragedia del ayunador y la de Gilgamesh son la misma: la criatura humana es enteramente impotente frente a la voluntad divina, que ha decretado su perdición.

            Un artista del trapecio es un cuento que implica una situación semejante a la del ayunador. Cuenta la historia de un trapecista que jamás abandona su trapecio, ni siquiera para alimentarse. Las únicas ocasiones en que se ve forzado a alejarse de su amado objeto son aquellas en las que el circo debe trasladarse de un lugar a otro. En el último de los traslados, que ocurre hacia el final del relato, el dueño del circo ha reservado un departamento de tren para su mimado artista, quien permanece sobre la redecilla de equipajes. Entonces el trapecista llora y exige trabajar a partir de entonces en dos trapecios, uno frente a otro. El empresario le promete cumplir su demanda, tras lo cual observa que el artista no ha quedado satisfecho. Y así termina la narración.

Este cuento también denota una obsesión imposible en el protagonista, pues es evidente que, de continuar la historia, el trapecista ya no querrá dos trapecios, sino tres; después, ya no querrá tres, sino cuatro; y así podría continuar casi infinitamente, hasta morirse, como el ayunador, completamente insatisfecho. También ahora podemos preguntarnos: «¿Por qué el personaje actúa de semejante manera?». Pero no arriesgaremos ninguna respuesta. Solo sospechamos que, de haber una (o varias), necesariamente tendría que explicarse a partir de la relación del personaje con la divinidad.

            La dinámica de pesadilla y un tanto monstruosa de los dos cuentos aquí comentados, suele reproducirse en las demás narraciones de Kafka, bajo distintas variaciones y con argumentos muy singulares. Cualquier otro comentario al respecto solo nos llevaría a repetirnos. Lo indudable es que el gran escritor praguense sitúa al ser humano en una soledad insólita y terrible, frente a una entidad superior, incomprensible e implacable. Para los personajes kafkianos no hay consuelos ni caminos de regreso, sino que viven en una eternidad de purgatorio hasta que abandonan el mundo de los vivos, desapareciendo para siempre.

            En nuestra próxima publicación daremos fin a nuestra serie de artículos y examinaremos el personaje de Winston Smith, protagonista de la novela 1984, de George Orwell.


[1] El buitre, Franz Kafka. Prólogo de Jorge Luis Borges, Colección La Biblioteca de Babel.

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