EL BUSCÓN: ‘Las máscaras de Gilgamesh’ (IX). Por Isaac Morales Vargas

            En su novela corta La sala número seis el gran maestro ruso Antón Chéjov (1860-1904) logró pintar uno de los cuadros más desesperanzados y agobiantes de la sociedad rusa del siglo XIX. Para ello se sirvió de diversos recursos narrativos, entre los cuales destaca el protagonista de la historia, Andrei Efímich Raguin. Todo el relato se desarrolla en torno a la actitud vital de este personaje y en el modo en que progresivamente se hunde en el nihilismo más lamentable hasta morir llanamente, rodeado de locos, en un miserable hospital de provincias. La versión chejoviana de Gilgamesh es conmovedora y punzante como ninguna otra. Comprobémoslo.

            Al principio de la novela, Andrei es el médico del “establecimiento de beneficencia” de la ciudad. Recién ha tomado el cargo en un lugar que parece más bien una vieja cárcel semiabandonada: su infraestructura es anticuada, precaria y mugrienta; hay una gran carencia de materiales médicos y de alimentos; ninguno de los pacientes parece mejorar, ni siquiera un poco; por lo demás, el escaso personal que acompaña al doctor en sus labores es incompetente e increíblemente corrupto. Así las cosas, el nuevo médico tiene la idea inicial de promover el cierre del establecimiento y enviar a los enfermos a otra parte. Pero luego reconsidera su intención y se asimila dócilmente a su entorno, al punto de adoptar un quietismo radical que lo lleva a recluirse en casa y refugiarse en la lectura de libros de historia y de filosofía. Si en el Poema de Gilgamesh el héroe se desilusiona hacia el final del relato, en La sala número seis el desengaño del antihéroe es solo el principio, el detonante de la narración.

            Convencido, pues, de su inutilidad social, el doctor Andrei procura armarse una filosofía que justifique su resignación y falta de voluntad, para lo cual se hace eco de diversas ideas que circulaban en el ambiente intelectual ruso de la época, y que Chéjov sintetiza magistralmente. Primero, el personaje empieza por concebirse a sí mismo como una personalidad de inteligencia superior a la de todos sus conciudadanos, quienes vivirían en la más profunda vulgaridad. Después, concluye que todo es uno y lo mismo, que no hay diferencia alguna entre la riqueza y la pobreza, o entre el dolor y el placer, y que la existencia humana, en sí misma, es vacía y absurda, pues a la larga todos moriremos y desapareceremos para siempre. Por lo tanto, la única acción razonable que puede ejecutar el hombre es ser feliz, y que la felicidad consiste en aprender a convivir con las circunstancias que rodean a cada uno. Ahora bien, todo esto no es más que un intento del personaje por hacer su realidad tolerable, que es la misma pretensión de Alonso Quijano al fingir ser un caballero andante: ambos saben que urden un engaño, pero es un engaño al que se aferran desesperadamente para no confrontar la faceta más cruel del mundo.

            Sin embargo, la burbuja de comodidad y seguridad de nuestro personaje empieza a resquebrajarse cuando este empieza a estrechar su trato con Iván Dmítrich, un hombre maduro y cultísimo que padece manía persecutoria, y que vive internado en la sala número seis del hospital, que es la destinada a los enfermos mentales. Solo la conversación con Iván le produce a Andrei genuino placer, de modo que el médico empieza a visitar la sala diariamente tan solo para hablar con el paciente. El lazo que llega a entretejerse entre los dos personajes es fundamental para la expresión de las ideas del autor, ya que Iván es el único que parece entender adecuadamente el funcionamiento de la sociedad y hasta la propia existencia del médico. Leamos estas palabras que le dirige a Andrei en una de las primeras charlas:

“Pero hablemos de usted. En toda su vida nadie le ha tocado un pelo, nadie lo ha atemorizado, nadie lo ha golpeado; está usted sano como un toro. Ha crecido bajo las alas de su padre y ha estudiado a su costa; luego, en seguida, consiguió una canonjía. Durante más de veinte años ha dispuesto de un apartamento gratuito, con calefacción, luz y servicio, y además del derecho a trabajar como y cuanto quería, e incluso a no hacer nada. Es usted un hombre perezoso e indolente por naturaleza y ha tratado de organizar su vida de manera que nada lo moleste ni lo obligue a moverse.”[1]

Más adelante, en la misma acalorada arenga, Iván Dmítrich agrega:

“En definitiva, no ha visto usted la vida, no sabe nada de ella, y su conocimiento de la realidad es meramente teórico. Desprecia usted los sufrimientos y no se sorprende de nada por una razón muy sencilla: vanidad de vanidades, interior y exterior, desprecio de la vida, del sufrimiento y de la muerte, comprensión de la vida y verdadera felicidad; todo eso es la filosofía que más conviene a un haragán ruso.”[2]

Andrei queda tan impresionado por la racionalidad de Iván, que a partir de entonces se vuelve un asiduo visitante de la sala número seis, al punto de dejar de comer para estar con su nuevo amigo. No obstante, este último se cansa de tanta palabrería y rehúye el trato del médico. Es aquí cuando ocurre el giro más trascendental de la historia, pues Andrei, desarmado intelectualmente, parece perder toda orientación vital y abandona por completo sus responsabilidades profesionales. Empieza a pasarse los días en casa ocupado en labores triviales, evitando en lo posible el trato humano. Así, progresivamente, va desarrollando una conducta cada vez más atípica, hasta que quienes le rodean le toman por loco y terminan internándolo en la sala número seis como un paciente más.

Estando es su nueva condición, Andrei recibe el mismo trato cruel e implacable de los otros pacientes de la sala. Iván aprovecha la ocasión para mofarse de él y de su falsa filosofía. Abrumado por tantos cambios, el otrora médico termina por comprender la hipocresía en la que había vivido siempre, la frialdad e inutilidad de sus ideas supuestamente avanzadas, y, al no poder soportar el remordimiento en su nueva situación, muere calladamente de un ataque de apoplejía. Igual que Alonso Quijano, Andrei Efímich muere desengañado tras haber abjurado de su pasado.

Para indicar más figuraciones de Gilgamesh a lo largo de la historia literaria, no es necesario mencionar a ningún otro de los personajes examinados en esta serie de artículos. Ya hemos abarcado más de tres mil trescientos años en los cuales la advertencia de los grandes escritores sigue siendo la misma: toda pretensión insensata termina en el fracaso.

Próximamente, intentaremos analizar a un autor cuyos paralelismos con el poema babilonio se encuentran, no en un cuento o una novela, sino en la totalidad de su escritura: Franz Kafka.


[1] La sala número seis, Antón Chéjov. Capítulo X.

[2] Ibídem.

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