Crónicas de un Melómano: “Almendra, el recital”. Por CARLOS AVALLE

En una columna anterior llamada ‘Almendra, 1969’ (https://revistasieteartes.com/2019/04/12/cronicas-de-un-melomano-almendra-1969-por-carlos-avalle/ ) les conté la historia de cómo había llegado a realizar un mural en el año 1969, en una de las habitaciones en la casa de mis padres, esa en donde pasé parte de mi infancia y un poquito más también.

Creo haberles relatado en ese momento que todo comenzó a partir de un recital de Almendra.

Este pequeño show, que estimo no duró más de 30 minutos, sucedió en un club de barrio, de esos en donde años atrás se realizaban reuniones barriales animadas por música grabada y, de vez en cuando, algún número en vivo. Estas presentaciones podían incluir cualquier tipo de artistas. Orquestas de tango, de jazz, agrupaciones que tocaban música divertida para bailar y entretener a las familias, todo era posible.

La pista de baile estaba circunscripta al perímetro de una cancha de básquet, y a su alrededor mesitas con sillas. En unos de los lados había un escenario elevado a un metro del piso, supuestamente para que el público pudiera apreciar a los artistas. En los ángulos perimetrales del lugar, al tope de columnas de hierro, se encontraban los parlantes que emitían su música a todo volumen.

En un momento determinado pude ver que sobre el tablado comenzaban a armar un set para la presentación de algún show. Mi curiosidad infantil hizo que me acercara hasta el borde, y acodado en ese lugar observé minuciosamente esa tarea. Subieron enormes bafles, armaron micrófonos, una batería, muchos cables. El bombo de la batería tenía pintado en su parche un nombre: ALMENDRA. Para mí era un algo absolutamente desconocido.

La cuestión que ahí parado me quedé, esperando a que aparecieran los músicos. Al ratito desaparece el sonido de las grabaciones y con el ambiente en silencio, suben de a uno al escenario cuatro tipos con el pelo superlargo y ropas inusuales. El baterista se acomoda en su butaca y al conteo de cuatro arranca la banda.

Para mí ese momento fue como si una nave espacial me hubiera aterrizado en el cerebro. Como si una licuadora hubiera convertido toda la música conocida y me la hubiera devuelto en mágicas pociones. Obviamente, a partir de ahí todo cambió.

El tipo que cantaba usaba zapatillas marca Flecha azules. ¿Cómo podía ser? Cantaba poesías y acentuaba las palabras de forma inesperada.  ¡El guitarrista distorsionaba! ¡El bajista fraseaba! ¡Imposible!

Cuando me di cuenta, estaba absolutamente solo recostado en el borde del escenario. La gente se había retirado unos metros hacia atrás. Supongo porque nada de lo que escuchaban de esta banda les gustaba.

Se tocaron casi todo lo que sería luego el primer disco, ese del personaje del pañuelo rayado con una sopapa en la cabeza.

Recordar esto me sacude, literalmente. Y para que entiendan un poco más ese momento para un pibe de alrededor de quince años, les cuento el final del show.

El cuarteto tocaba la parte instrumental de ‘A estos hombres tristes’. Spinetta estaba tocando la segunda guitarra de espaldas al público y de frente a Rodolfo García, el baterista. En ese momento alguien del público arroja un objeto que impacta en la espalda de Luis. Me puse muy nervioso por este asunto. Sin embargo la canción llegó al final. En ese momento el cantante se acercó al micrófono y para mi asombro, dedicó el tema al tipo que lo había agredido.

¿Me creerían si les digo que esa noche no pude dormir?

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