EL GRAN ACTO: Shakhehaye Bid / Las ramas del sauce (Irán, 1989). Por CELESTE NUÑEZ

Del director iraní Amrollah Ahmadjoo (con asistencia del D.F. Jossein Jafarian), esta película es un homenaje a la perseverancia, la familia, la honestidad y la sabiduría que se requiere para resolver los problemas que la vida nos depara.

En un árido paisaje, una familia compuesta por padre, madre, cinco hijos, una hija y un bebé en camino, deben cruzar estas desoladas tierras en busca de un hogar. Han sido desposeídos de todo sus bienes y desterrados de las tierras del Jan.

Al llegar a un nuevo pueblo, no son bien recibidos y solo les permiten acampar a las afuera. Esta situación rápidamente es solucionada gracias a un amigo en el pueblo, quién  les dona una casa a mal traer. Con mucha habilidad, es restaurada por el padre y los cinco hijos.  Este trabajo demuestra las capacidades y virtudes de los personajes. Una serie de eventos comienzan a dar cabida a la familia, sobre todo porque el padre es un sujeto extremadamente perspicaz; los años sin duda lo convirtieron en un hombre valeroso y respetuoso.

El tratamiento del film se plantea como una narrativa divertida, ágil y musical. Los planos utilizados, sin duda, ayudan a que la historia se desarrolle en sí misma, sin generar distractores ajenos a la problemática principal. Los personajes tienen por finalidad remarcar ciertos valores humanos: la confianza, el respeto y la búsqueda de la armonía son representados en las diversas situaciones que debe enfrentar esta familia. El buscar constantemente un hogar en  aquel paisaje debiera ser desolador, pero gracias a la impronta de la película y su calidez en los colores, generan en los personajes una intención de hogar vayan donde vayan.

La cámara fija compone situaciones que manifiestan las costumbres de la vida en un pequeño pueblo de Irán: la segadora, la separación el trigo, incluso las acrobacias de algunos hombres que funcionan asertivamente como paisaje de fondo. Son pequeñas ventanas que muestran una  cultura del otro lado del mundo.  Cuestiones como la identidad o pertenecer a un clan, son resueltas en la posición del sombrero sobre sus cabezas masculinas, o la importancia de la caligrafía sobre una lápida de un ser querido. El desplazamiento de los personajes es particularmente teatral. Junto con escenografías y vestimentas, montan una atmosfera  atemporal traspasando el límite de la contextualización histórica, permitiendo una comprensión total de la realidad de los personajes.

A pesar de ser una cinta que no profundiza demasiado en la propuesta estética, más bien prevalece la captura de un pueblo y sus costumbres. Existen ciertas miradas que intencionan, en ocasiones, esta cuestión. Al no resultar forzadas, en la pantalla quedan plasmadas como bellas escenas que esconden veladamente este aspecto.

Como mencionamos anteriormente, la elección de planos y tomas es muy acertada, permitiendo compartir y transmitir el contexto y paisaje del lugar. En esta ocasión nos quedamos con la escena de la primera toma. Cuando el padre, frente a la cámara, apela a su esfuerzo y determinación para no ser expulsado de esas tierras. La decisión ya está tomada y la cámara continua en un plano secuencia con la corrida de caballos tras la familia fuera del pueblo. Dicha secuencia es capturada en cada una de las ventanas de la habitación, quedando la cámara fija en la montaña árida junto a la familia que comienza su viaje, hasta encontrar un nuevo hogar.

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