EL BUSCÓN: ‘Las máscaras de Gilgamesh’ (VIII). Por Isaac Morales Vargas

           

Al margen de las infinitas interpretaciones que se pueden hacer con los elementos narrativos que integran la novela Moby Dick, de Herman Melville (1819-1891), es evidente que el personaje del capitán Ajab puede ser visto como el antihéroe romántico por antonomasia.El carácter de quien lucha contra las fuerzas colosales de la naturaleza entraña cierto grado de demencia, una obstinación enfermiza en imponer la voluntad sobre la racionalidad y una fatalidad inevitablemente trágica. Todos estos rasgoshacen del inmortal capitán del Pequoduna versión norteamericana válida del mítico rey de Uruk. Examinemos este hecho.

            En primer lugar, la imposibilidad que persigue Ajab es monstruosa: destruir al gigantesco cachalote blanco Moby Dick, un genuino demonio del mar cuyas titánicas dimensiones son extraordinarias aún en comparación con otros ejemplares adultos de su propia especie. Haría falta todo un ejército de hombres muy bien armados para tener alguna posibilidad de, por lo menos, herir a la bestia gravemente.El capitán sabe muy bien, pues, que ni él ni su tripulación tienen la menor esperanza de lograr su objetivo. Estas palabras del personaje expresan tal certeza elocuentemente: Todos mis medios son cuerdos; mi motivo y mi objetivo es demente.[1]Como Alonso Quijano, el capitán Ajab se deja arrastrar por una idea insensata, pero mientras el manchego español solo hace partícipe directo y permanente de su locura a otro personaje (Sancho Panza), el oscuro marinero lleva consigo toda una tripulación que, con la excepción del narrador de la novela, habrá de acompañarlo hasta la misma garganta acuática de la muerte.

            Otro aspecto esencial en el desarrollo de Ajab como personaje errático, es el profundo sentimiento de venganza que lo impulsa en todo momento. Moby Dick le ha descuajado una pierna, gracias a lo cual el marinero se ve obligado a desplazarse por su barco ballenero caminando con una pierna falsa, hecha con el marfil de un cachalote anónimo, como si se tratara de un recordatorio del autor de su desdicha. Además, una fina cicatriz blanca le cruza toda la cara y se extiende hasta el pecho y más allá, presumiblemente relacionada también con la ballena blanca. Por lo demás, el capitán se muestra siempre tiránico, procaz, excitable y, sobre todo, obseso con la idea de matar al monstruo marino. Bien podrían planteársele las mismas interrogantes que le formulara la tabernera a Gilgamesh en el océano cósmico:

“¿Por qué están enjutas tus mejillas, tu cara demacrada, triste tu corazón, maltratado tu semblante, lleno de ansiedad tu vientre? Como el de quien ha hecho un largo viaje es tu rostro, maltratada tu cara por el frío y el calor…”.[2]

            Ambos personajes tienen un aspecto lamentable porque los consumen sus irrealidades,pero Ajab, a diferencia deGilgamesh, es presa del orgullo ultrajado, del herido amor propio, lo que supone para él una fuente inagotable de persistencia y tenacidad.

            Por último, el fin de Ajab, dado su carácter romántico, solo se parece al de la protagonista de La sirenita, en la medida en que ambos actos constituyen un suicidio. Como es bien conocido, el monomaníaco capitán muere en el mar, arrastrado hacia sus profundidades por el herido cachalote blanco. Al igual que Gilgamesh, Ajab fracasa en su empresa, con la diferencia fundamental de que para éste último no habrá ni consuelo ni regreso a casa, sino solo la inexorable muerte. Aunque, por una suerte misteriosa, un marino llamado Ismael, testigo de la travesía, sobrevive para contarnos su historia y hacerlo tan inmortal como el rey de Uruk.

            En nuestra próxima publicación, haremos una aproximación al estudio de Andrei Efímich, personaje central de la novela corta La sala número seis, del gran escritor ruso Antón Chéjov.


[1]Moby Dick, Capítulo 41.

[2]Poema de Gilgamesh, Tablilla X, columna i, vv. 44-49

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