EL BUSCÓN: ‘Las máscaras de Gilgamesh’ (VII). Por Isaac Morales Vargas

Otra correspondencia entre Gilgamesh y Don Quijote es la pérdida del consuelo inmediato a la frustración de sus deseos: el rey babilonio recibe y enseguida pierde para siempre la Planta de la Juventud; Don Quijote acaricia y luego rechaza por completo la idea de hacerse pastor (bucólico) mientras retoma el ejercicio de las armas. En ambos casos, el fracaso es tan atroz, tan absolutamente implacable, que ni siquiera habrá verdaderas recompensas por haberlo intentado. No son éstas de las historias en las que el héroe finalmente deposita sus esperanzas en un vástago, o de aquellas en las que de pronto se revelan secretos poderosos o senderos nuevos que conducen a un fin distinto, pero siempre mejor. No. Estas son historias en las que los protagonistas avanzan hacia una finalidad total. Como en la guerra, como en el amor, como en la vida misma, no hay en ellas reconocimientos parciales. Se gana todo o se pierde todo. Y nuestros personajes, como es harto conocido, lo pierden todo.

            Sin embargo, la amargura final de Alonso Quijano (es decir, cuando de nuevo ha dejado de ser Don Quijote), es mucho más profunda y trágica que la de Gilgamesh. Mientras éste todavía manda grabar sus acciones en piedra para que no se pierda su nombre, aquél hace precisamente lo contrario: abandona su disfraz de caballero andante y proscribe fatalmente las novelas de caballerías. El hidalgo abjura de su reciente pasado, de su otra identidad, y por lo tanto de sí mismo. Se podría decir que su deseo final, aquél que no figura en su testamento pero que puede sentirse perfectamente en las últimas páginas de la novela, es el de ser olvidado para siempre, de modo que a nadie más en el futuro se le ocurra actuar de modo semejante. Y esa es, en realidad, la advertencia de Alonso Quijano, y que constituye la diferencia esencial entre el Quijote y el Poema de Gilgamesh: los autores de la obra babilonia ensalzan al héroe; Cervantes nos presenta a su antihéroe como el arquetipo del fracaso que debe evitarse por todos los medios.

***

            Otra figuración del rey de Uruk está presente en uno de los cuentos más memorables de la literatura: La sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875). Dado que la celebérrima adaptación producida por Disney en 1989 ha creado una gran confusión entre las dos historias, recordemos brevemente la versión del gran cuentista danés y veamos de qué manera expresa el anhelo de obtener un objeto imposible.

            El narrador empieza contándonos que en un reino submarino viven cinco princesitas que jamás han salido a la superficie, pero que desean conocer el mundo de los hombres. Como son niñas, cada una obtiene el permiso respectivo al cumplir los quince años. A medida que avanza el relato, las cuatro hermanas mayores empiezan a gozar de la recién concedida libertad, pero pronto se llenan de indiferencia y terminan por quedarse en su hogar. La sirenita menor, por el contrario, ve en su primera salida a un joven príncipe al que le salva la vida en un naufragio y, naturalmente, queda perdidamente enamorada de él. Surge entonces en ella el deseo de ser humana para poder casarse con su amado y ser feliz; como Gilgamesh, como Dante, como Alonso Quijano, la sirenita anhela mutar su naturaleza con la finalidad de conseguir aquello que está fuera de alcance.

            Encontrándose, pues, atrapada en una gran melancolía, la princesita consulta a una malvada hechicera con la que hace un terrible pacto: su larga cola de pez se transformará en dos piernas humanas perfectas, a cambio de lo cual ella debe pagar entregando su dulce voz. Así, logra convivir con el príncipe, pero sin poder expresarle cuánto lo ama, de modo que el joven jamás llega a comprometerse con ella a pesar de quererla mucho. Éste momento puede leerse como el del fracaso y el consiguiente consuelo: el personaje no recibe el objeto anhelado en su totalidad, sino solo una parte. Vale decir: Gilgamesh no recibe la inmortalidad, sino la Planta de la Juventud.

            Ahora bien, esa circunstancia se agudiza cuando la doncella se entera de que el príncipe pronto va a casarse con una princesa, humana y con sus cinco sentidos intactos. Ante esa posibilidad insoportable, las cuatro sirenitas acuden en ayuda de su hermana menor y le ofrecen una solución: matar al joven y recobrar con ello su estado natural. Nuestra heroína lo piensa, toma el cuchillo y se acerca al príncipe para apuñalarlo el día del casamiento, duda y, finalmente, desiste de su empeño. Entonces se suicida arrojándose al mar y volviéndose espuma marina, para resucitar luego en forma de nube y desplazarse por la tierra durante siglos. Evidentemente, el desenlace del cuento es más trágico que cualquiera de las otras historias comentadas hasta ahora, pero el resultado es el mismo: la insensata proposición termina en el fracaso.

            En nuestro próximo artículo, intentaremos examinar a uno de los personajes más oscuros y demoníacos que se hayan creado en obra literaria alguna, y que personifica perfectamente el arquetipo de Gilgamesh que venimos estudiando: el capitán Ajab, de la novela Moby Dick, de Herman Melville.

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