CUENTOS: “Nocturno”. Por MÓNICA CENA

Para mí no hay nada más atractivo que las sombras de la noche. En la inmunidad de la oscuridad y escondida de las miradas de todos, puedo descubrir un mundo apasionante.

De día soy una chica común que ha llegado de su pueblo a probar suerte en la gran ciudad, pero de noche… La noche me hace sentir diferente.

Allí, de donde vengo, no hay edificios altos; por eso, cuando llegué a Buenos Aires, elegí vivir en un segundo piso para disfrutar desde mi ventana de todo el rumor nocturno, como quien espía por el ojo de una cerradura.

Soy noctámbula, por naturaleza; pero no soy la única. Todos sabemos que a la hora en que una parte de la ciudad duerme, la otra está despierta.

No me gusta andar mucho; en la locura urbana me siento vulnerable, me estreso. Por esa razón, cada vez que llego a casa, realizo un ritual para relajarme: antes o después de cenar, me quedo en la cocina un rato, a oscuras, mirando por la ventana, tratando de adivinar qué estaban haciendo en los edificios del otro lado de la calle. Luego, me recuesto y escribo en mi diario lo que imaginé. Hay veces en que se me ocurren cosas graciosas y me río hasta quedarme dormida.

Recuerdo aquella noche de tanto frío: había olvidado comprar la cena pero no veía la hora de entrar y abrigarme. Pensé que comería una manzana mientras veía mi espectáculo preferido y luego tomaría un té en la cama. Como programa era perfecto.

Cuando entré en el departamento me llamó la atención que el teléfono estuviera descolgado. Había salido muy apurada esa mañana; quizás lo había volcado al pasar, sin darme cuenta. Luego fui a mi habitación a dejar mi abrigo y ponerme cómoda para comenzar mi franco de fin de semana. Había un olor extraño en el ambiente: era un perfume conocido, fuerte, ácido. Se me ocurrió que podría llegar del departamento de al lado, a mi vecino le gustaba encender sahumerios de mala calidad.

Camino a la cocina, fui apagando las luces para quedarme sólo con el reflejo de la calle. Al pasar por el living, sentí que algo no estaba en su lugar. Observé todo detenidamente, pero lo único que vi fue mi diario abierto. Nada de importancia.

Cuando llegué a la cocina busqué una fruta mientras miraba distraídamente por la ventana. Lo que veía no me gustaba, no sabía por qué. La plaza, totalmente desierta, supongo que por el frío, me ponía nerviosa. Ni siquiera andaba el carrito del cartonero o la compactadora recogiendo la basura. Nada. Me sentí sola en el mundo, en medio de una jungla de cemento inundada por ese olor que se hacía más intenso.

De pie, apoyando la pelvis en la mesada, miraba a través de vidrio mientras pelaba la manzana. No la comí, tenía un nudo en el estómago.

Mejor me doy una ducha caliente y me meto en la cama, pensé.

Encendía la calefacción del baño, cuando caí en la cuenta de que el edificio se había hundido en un completo silencio excepto por una gota que caía en alguna parte. Agucé el oído, y descubrí que venía de la pileta de la cocina. ¿Por qué goteaba ahora, si hasta hacía un ratito estaba bien?

Dejé lo que estaba haciendo y fui de inmediato a terminar con ese ruido infernal. Estaba nerviosa y no sabía por qué. Tratando de relajarme, respiré hondo varias veces, y terminé acelerando mis palpitaciones.

—Mañana será otro día —dije como para escuchar una voz humana, y volví al baño.

Mientras me duchaba, oí un golpe en el living como si algo se hubiera caído.

Debe ser el viento, pensé. Pero no había viento.

Estoy en un segundo piso, me dije. ¿Qué me puede pasar?

Quería convencerme de que todo estaba bien, que una jornada cansadora me había dejado sensible. De todos modos, me vestí lo más rápido que pude; no me daba seguridad andar desnuda.

Tomé el teléfono con la intención de llamar a alguien para que me hiciera compañía, pero la línea estaba muerta.  

Un quejido involuntario me salió de la garganta: algo se había movido detrás de mí. Colgué lentamente el teléfono, tenía que salir de ahí y en silencio. Y por el reflejo que venía de la calle vi una mano saliendo de la oscuridad, no tuve tiempo de nada que ya me había agarrado del pelo. Grité. Grité como nunca había gritado en mi vida, con todas las fuerzas de mi alma, y seguí gritando hasta que un golpe me dio de lleno en la boca.

—Callate, putita —me dijo entre dientes una voz de hombre. Me hablaba tan de cerca que yo podía oler su aliento a alcohol barato y ese perfume ácido que me había estado persiguiendo.

Intenté preguntarle qué quería, pero volvió a pegarme en la boca, ahora con algo metálico y frío.

—¡Callate te digo! —Fue una orden, un grito sordo—. ¿O querés que te mate acá nomás?

El labio se me hinchaba, y sentía el sabor de la sangre que me corría entre los dientes. El tipo tenía un arma, me la mostró: un revólver. Me arrastró hasta la cocina y me puso frente a la ventana.

—¡Mirá, putita! ¿No te gustaba mirar? —dijo mientras me aplastaba la cara contra el vidrio—. ¡Mirá! Decime qué ves. Te gustaba provocarme, ¿no? ¿Qué esperabas? ¿Que me quedara tranquilo, mirándote noche tras noche? —Y cambiando el tono, agregó con sorna—: Putita mirona.

Luego me hizo girar tironeándome del pelo, y me arrojó de espaldas contra la mesada. Pensé que me había roto varias costillas. Sin aliento, no podía hablar ni pedir auxilio. No entendía si de verdad estaba sucediendo, o era una pesadilla. Y se me saltaron las lágrimas.

—No llorés, putita —me dijo ahora el tipo tratando de besarme. Su sudor me mojaba la cara y su barba crecida me raspaba como lija. Sentí asco y quise zafarme. Enseguida me apretó el cuello y comenzó a presionar de a poco, cada vez más fuerte. Una sola mano le bastó para atrapar mi garganta. Traté abrir sus dedos para poder respirar, pero las fuerzas me iban abandonando.

—Quedate quieta, nena —me dijo jadeando sobre mi boca—, y no llorés… Va a ser rápido.

Obsesionado por desprender su ropa, dejó caer el arma al suelo. Hundió la mano libre en mi carne.

Seguramente creyó que me desvanecía, y aflojó la mano para acomodarme encima de la mesada. Su piel áspera me humillaba buscando las partes más sensibles de mi cuerpo, iba a concretar su crimen.

Fue un segundo, el decisivo. En un reflejo, aún no entiendo cómo —sólo recuerdo que estiré la mano y encontré el cuchillo entre las cáscaras de la manzana—, lo hice. Era él o yo. Y de los dos, la fuerte era yo. Aproveché que la bestia estaba más interesada en copular que en matarme, y le clavé el cuchillo en la base del cuello: una, dos…, tres veces.

La noche era clara y se reflejaba en los azulejos. Lo vi intentar detener con sus manos la vida que se le escapaba a borbotones. Lo vi abrir grande la boca como para tomar aliento. Lo vi ahogarse con su propia sangre. Y lo vi desplomarse con la mirada fija en mis ojos, con la cara desencajadas entre el miedo y la necesidad de respirar. Chillaba como un cerdo en el matadero. Sólo tuve asco.

El cuchillo, todavía en mi mano pegoteada, era uno más de mis huesos de tan fuerte que lo apretaba.

—No llorés, hijo de puta —le dije entre tos y fatiga—. Esto va a ser rápido.

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