CUENTOS: ‘Claroscuro’. Por PABLO ARAHUETE

Llegábamos quince minutos antes para ubicarnos atrás de todos, salvo Sánchez que venía de más lejos y caía cuando ya estaba oscura la sala. El piso de madera negra rechinaba al soportar el peso de nuestras zapatillas. Algunos tenían la costumbre de arrastrar el pie y así desparramaban frecuencias agudas. En ciertas ocasiones, alcanzaban espectros sonoros similares al llamado de las ballenas australes en época de celo. Sánchez aprovechaba su arribo sobre el filo para tantear en la oscuridad. Alguna pierna cruzada de una chica o el sutil manoseo de una teta desprevenida terminaba en un cachetazo inofensivo y, finalmente, en una muchedumbre pidiendo silencio. La estrategia de Sánchez fue adoptada luego por todos nosotros. Pasábamos a la sala de a dos, el Bocha avistaba desde el palco que, en otros tiempos, había pertenecido a un teatro. Desde el lugar, se podía observar cada rincón de la sala, con especial atención en las butacas ocupadas por alguna chica, sin la molesta presencia de madres, tutores o encargados.

Los veranos implicaban enormes conquistas. A veces dos y hasta tres encuentros por tarde durante la misma película. Luego de varios combates, donde el toqueteo se perfeccionó, tuve la sensación que nos habíamos vuelto inmunes ante cualquier violencia, pero vulnerables frente a los artilugios de la seducción. El primero en manifestarlo, mezcla de rostro desfigurado con expresión de estúpido, sumido en un cúmulo de sudores, frío y torpeza al mismo tiempo, fue Sánchez. Nadie podía entender cómo, de golpe, se perfumara todos los días e incluso empezara a interesarse por las películas de amor. Nuestro desconcierto fue creciendo cuando, en muy corto lapso, los arrumacos, caricias y besos en las butacas se habían multiplicado como si se tratara de una epidemia, una fiebre contagiosa que se propagaba en las proyecciones nocturnas.

Recuerdo los brotes de risas cómplices, el silbido grueso de la ropa al rozar el cuero de los asientos fijados al suelo rechinante, los jadeos sigilosos al encuentro de la luz mágica del proyector sobre la pantalla. Cada semana, el frenesí de las parejas corría de fila en fila, hasta que un día llegaría a la nuestra. En un abrir y cerrar de ojos me encontré solo en el palco. Mis amigos habían reemplazado el cine por los paseos en bote o largas caminatas de la mano bajo la sombra de los árboles. En el palco lograba abstraerme del murmullo, desde abajo, expectante porque de un momento a otro algo podía sucederme. Parecía que mi organismo había desarrollado anticuerpos. Anhelaba con toda la energía que ese instante único de desenfreno y goce alocado se presentara.

A la espera, en medio de las explosiones de edificios con cientos de pisos, ataques extraterrestres, persecuciones automovilísticas donde mi compañera y yo terminábamos al fin, juntos, una vez cumplida la misión. En otras ocasiones terminaba colgado de un puente en llamas a punto de derrumbarse o muerto con el regocijo de haber recibido el honor de un beso dulce de despedida. Morir una noche bajo las estrellas cuando en verano el calor obligaba a correr el techo de la sala y, entonces, sentíamos lo mismo: las butacas, la pantalla repleta de colores en el acecho de la oscuridad de la sala, las estrellas, todo en un mismo espacio.

Se trataba de morir para volver en otra aventura con la misma incertidumbre. Luego, se encendían las luces y comenzaba a descubrir las sobras, imperfecciones del mundo circundante. Las butacas deslucidas y vacías se prolongaron con el correr de los años, mientras en la pantalla rodeada de parches perduraban las maravillosas historias de lo imposible pese a la escasa concurrencia.

Hoy llegué quince minutos antes, igual que en aquellos tiempos donde la entrada me costaba una semana de trabajos y treinta cuadras en bicicleta. El frente del cine ya no rebalsa de gente. Apenas unas hojas inquietas se agolpan en la puerta. Espero que esta vez Sánchez aparezca temprano y no se pierda mi última proyección.

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