CUENTOS: ‘Amague y Cross’. Por PABLO ARAHUETE

La muerte te acecha en el cuadrilátero de la vida. Ahora de qué cuerda te vas a agarrar. Estás lastimado y a nadie le importan los golpes que acertaste. Me duele la cara, veo la mitad de todo. La cosa venía realmente pareja y, de repente, sentí la contundencia de su juventud en mi rostro. Al girar la cabeza, la vi a ella sonriendo como siempre en la primera fila con su paciencia eterna y (doctor Gutiérrez, se lo solicita urgente en quirófano) caí. Los flashes de fotos me cegaron como el día del debut en la Federación. Rodeado de fogonazos blancos y aplausos, se me había ido el terror del cuerpo. Derecha, zurda, zurda cruzada, amague y cross, ésa era la clave.

Con el chueco Zalazar, mi entrenador, anduvimos por tantos lugares como golpes llevo marcados en mi piel. Nos conocimos cuando recién empezábamos a hacernos hombres. En una pelea callejera, así debe ser. Él no era muy ducho con su cuerpo y recibió muchos más tortazos que yo. Mi destreza ya asomaba en esa época, tenía la fuerza de un león porque lo ayudaba a mi viejo a cargar cosas pesadas para el flete y la vieja me sobrealimentaba con guisos y pucheros que armaba con las sobras regaladas por Don Cosme, el carnicero de la esquina de casa. No sé qué pasaba por mi cabeza en ese momento pero tengo claro que no soportaba ver cómo esos tres pibes grandes pateaban a Zalazar, indefenso. Arremetí contra el más rezagado, que me pasaba en estatura. Su cuello quedó pegado a mis dos manos y, con una patada en el talón, logré derribarlo. Sentí una mezcla de estremecimiento y placer al escuchar un track seco de su cabeza contra el piso. Los agresores de Zalazar también escucharon el golpe y abandonaron la tortura. Derecha, zurda, zurda cruzada, amague, cross y el pibe no se movió más.

(doctor Gutiérrez, se lo solicita urgente en quirófano)

Todavía tengo en la boca el gusto amargo del protector bucal, mezclado con la sangre de mis encías. Las luces blancas colgadas 18 del techo despiden un calor insoportable. Me hace arder la cara. Dónde se habrá metido ese Gutiérrez. Hace como media hora que lo están buscando. Se me cierran los ojos, en realidad, uno solo, porque el otro me muestra todo negro. Es como si estuviera metido en un túnel con apenas un halo de luz rodeándome. Quizás, al final del túnel, esté ella, vestida con su túnica blanca, sonriendo. El día que conocí a Zalazar en esa improvisada faena humana, me convertí en hombre y él, en chueco, por las patadas recibidas. La sangre ajena me había quedado impregnada en los nudillos. Por más jabón que usara, nada podía hacer desaparecer el rojo de mi piel. Tampoco pude sacarme de encima la culpa tras ver a mi primera víctima tirada en el piso, con la cara abollada por mis golpes y el tabique corrido unos centímetros. Desde ese día, juré jamás separarme de Zalazar. Defenderlo cuando fuera necesario, aunque en muchas oportunidades él se las buscara. En verdad era rara mi relación con el chueco.

Desde el comienzo, supimos complementarnos y hasta podría decirse que los dos conformábamos uno, casi invencible. El chueco era un gran estratega. Rápido con los números y hábil en los negocios. Débil en su cuerpo, una masa inconsistente de achaques y enfermedades que fue acarreando a través de los años. Pese a su fragilidad externa, por dentro, estaba duro como un roble. En cuanto a mí, al revés. La falta de inteligencia la había compensado con la fuerza y, cuando entraba en acción, sólo pensaba en una cosa: derecha, zurda, zurda cruzada, amague y cross. Así la pasé un tercio de mi vida, cumpliendo a rajatabla las órdenes del chueco. El saldo no fue tan malo, salvo estos últimos años donde empezamos a discutir y yo comencé a sentir miedo cada vez que me enfrentaba con otro.

A qué me estoy enfrentando ahora (doctora Rojas, por favor presentarse en laboratorio).

Se escuchan pasos afuera, todos corren (doctor Gutiérrez, se lo solicita urgente en quirófano).

Surgió de golpe, alcancé a percibir el aire del impulso y después una descarga dura sobre el mentón me hizo saltar hacia atrás. En ese momento comprendí todo. Aquello que me había costado conseguir durante varios combates definitorios, la estrategia infalible del chueco, mi fuerza de león, se me escapaban. Ella contemplaba mi desdicha y, con un ligero gesto de ternura, me arrojó un beso helado. Tengo frío. Me estaré poniendo viejo. Los viejos siempre tienen frío. Puede estar haciendo un calor de morirse, pero ellos tienen frío. Debe ser la sangre que circula menos. El corazón ya está gastado y bombea más despacio. Por eso, el frío. Lo aprendí en la escuela (se solicita camilla para trasladar paciente en estado grave, habitación 11) en la clase de biología. Era la única materia donde prestaba atención. Me intrigaba la maquinaria del cuerpo humano. De qué estábamos hechos. Ésa era mi duda y, aunque no entendía mucho, mi fascinación por el cuerpo no terminaba nunca. Jamás hubiera imaginado que iba a acabar destrozándolos en lugar de admirarlos. Tampoco que abandonaría la escuela en quinto para irme a trabajar al flete con mi viejo. Y, mucho menos, hubiera pensado en el accidente que tuve el día de la mudanza de la familia Abramovich, cuando rodé por el techo y caí entre los arbustos del jardín. Sentí un crack en la espalda y sangre en la cabeza. No podía respirar y los ojos se me corrían hacia arriba. El señor Abramovich era doctor y mi viejo me contó que se encargó personalmente de operarme sin cobrarle un centavo. Creo que fue a causa del accidente lo de mi lentitud para pensar. Una vez, en una de nuestras salidas hacia una mudanza que quedaba bastante lejos de casa, mi viejo se puso serio y, mientras manejaba, me dijo algo que siempre tengo presente: cuando te caíste de ese techo, yo estaba convencido de que ibas a dar pelea. No me importaba lo que dijeran esos médicos. Nunca tuve miedo. Estoy acorralado en este cuadrilátero de paredes descascaradas. ¿Dónde habrá que pegarle a la muerte para dejarla en la lona?

Sobre la pared, se proyecta una silueta que lanza latigazos al aire a una velocidad imposible de alcanzar (doctor Gutiérrez, presentarse inmediatamente en quirófano). Sus movimientos son tan perfectos que parece un bailarín. Derecha, zurda, zurda cruzada, amague y cross. Una vez tras otra. El estadio enmudeció y los zarpazos me dejaron sin aliento. Me torcí contra las cuerdas y arrojé unos manotazos a la nada. Zalazar no estaba para decirme qué hacer. Cada fogonazo de luz me penetraba, quemaba mi piel partida. Lo que quedaba de mí rebotó pesadamente en el piso.

Uno.

Por encima de la silueta se alza un cristo con la cruz un poco torcida.

Dos.

La silueta salta y dibuja sincronizadamente un conjunto de golpes certeros.

Tres.

(Doctor Gutiérrez, presentarse en quirófano) la estoy esperando y ahora el que se ríe soy yo.

Cuatro.

El sabor amargo del protector bucal va desapareciendo y, entre el paladar y la lengua, se aloja el gusto picante del guiso de mamá.

Cinco.

No sé qué estrategia voy a usar ahora que Zalazar no está. Hace tres meses que no lo veo y me arrepiento de haberle gritado que estaba harto de cumplir sus órdenes.

Seis.

La sombra crece en la pared descascarada. No me puedo mover. Clavado en esta cama, igual que el cristo de la pared. Encojo mis puños porque la presiento. Estaba allí, sentada en la primera fila con su sonrisa y la túnica blanca. En cualquier momento entra por esa puerta. No tengo miedo (Doctor Gutiérrez, a quirófano con urgencia).

Siete.

La luz blanca del techo me perturba el único ojo sano. El otro lo 21 perdí en el combate de ayer, qué va a hacer, mi zurda no pudo hacer estragos.

Ocho.

La puerta se abre de par en par. Es ella, y la espero como la primera vez en que le crucé una mirada desafiante. (Urgente, se requiere la presencia del doctor Gutiérrez en quirófano) Estaba a mi lado cuando caí del techo, acariciando mi cabeza ensangrentada con sus dedos ásperos.

Nueve.

El último round. El cuadrilátero se hace enorme y cada cuerda se entrelaza con un recuerdo que se desvanece en un fogonazo de luz blanca, proyectado con su sombra en una pared descascarada.

Diez.

Derecha, zurda, zurda cruzada, amague y cross.

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