…Y MODERNO: “Winter Brothers”, de Hlynur Pálmason. Por HÉCTOR SANTIAGO

Un  ruido creciente de motores, humedad, agua que se derrama desde  paredes internas, polvo en el suelo, en la ropa de los hombres, en sus caras que lucen un blanco fantasmal. Poco a poco las luces que en un principio parecen iluminar sin que nadie las controle se asocian a hombres que caminan en la oscuridad. Son trabajadores de una mina subterránea que blandiendo sus lámparas de cabeza se dirigen a los túneles donde durante horas picarán paredes y colocarán las rocas desprendidas en la cinta transportadora. Gritos para organizar y dar las órdenes para iniciar las actividades. Una atmósfera ominosa envuelve a los operarios e invade la  pantalla.

De tanto en tanto, a cielo abierto, explosiones desprenden roca y polvo. Este, como un dios todopoderoso, se cuela en el vasto territorio de las instalaciones laborales, en los espacios abiertos, en las calles y viviendas de los trabajadores. Cubre todo, lo inanimado y también a los hombres. 

Enfrente, un operario que forma parte del personal de la mina no encuentra lugar, compañía ni tampoco afecto para bienestar en el mundo. Parece estar peleado con los distintos universos que conforman su vida. No interactúa de igual a igual con sus compañeros de trabajo. Anhela ser amado por una mujer que no lo corresponde. El hermano es su compañía y afecto fundamental pero una circunstancia vital los separa. 

Ese hermano le dice “Eres oscuro y agresivo. No te gusta nadie. No te gusta la gente.”

Con él mantiene una pelea a golpes, feroz, rabiosa, donde busca destruirlo. Un compañero le cuenta la historia de un perro que al morir su dueño se torna violento y ladra sin cesar. Roba trofeos íntimos a la mujer que no se interesa amorosamente por él. 

Asume el espacio laboral como un ámbito de contienda. Lejos de sentirlo como un grupo de pertenencia lo vive como un territorio de enfrentamiento. El director lo dibuja como un personaje áspero, transgresor y siempre en guardia. 

Un obrero enferma y un poco después muere. El hecho desencadena enfrentamientos entre los propios trabajadores. Los conflictos obedecen a la responsabilidad que tendría uno de ellos en la muerte del compañero. La causa sería una bebida casera y la culpa recae en quien la elabora. Así de evidente, así de fácil. 

Pálmason construye la película al modo de un narrador omnisciente que ve lo que sucede sin valerse de las transitadas dicotomías entre el bien y el mal o culpables e inocentes. Es un ojo que registra minuciosamente y deja al espectador el trabajo de análisis y las conclusiones. Al mismo tiempo, el director de Winter Brothers, La Odisea o Hermanos de Invierno,  como también se la titula, es un autor que economiza el lenguaje hablado al tiempo que abreva con abundancia en el idioma de las imágenes. El creador islandés nos propone “leer” significados en su propuesta fotográfica plena de sentidos. 

Así, gracias a un largo travelling acompañamos al grupo de los trabajadores mientras caminan hacia la salida de la mina a través de pasillos húmedos y empolvados, costeando máquinas enormes, por tramos oscuros, sin protección alguna, salvo los cascos de plástico. Esos cascos que también forman parte del más que sugestivo póster con el que se anuncia la película. 

Mediante un plano general una imagen en la que se aprecia un elocuente contraste entre el trabajador que desempolva un enorme y amenazante cilindro que atraviesa una buena parte de las instalaciones fabriles. 

Otra vez con planos generales se registran las sucesivas explosiones que se producen cerca de los edificios fabriles, generando nubes de polvo y que al mismo tiempo modifican violentamente el paisaje natural. 

Una película filmada en color pero que a lo largo de su desarrollo parece realizada en blanco y negro.

No hay en el film momentos que puedan considerarse gratuitos o descartables. Palmasón es un artesano de la imagen. Cada escena está propuesta para construir la historia y por ende para “decir”, o quizás mejor, “mostrar” algo. Nunca cede al didactismo fácil o la obviedad, tan caros para algunos directores. Pálmason respeta a los espectadores. Lo único que exige es que abran bien los ojos. 

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