EL BUSCÓN: ‘Las máscaras de Gilgamesh’ (VI). Por Isaac Morales Vargas

           

La estancia de Alonso Quijano con los duques es, a mi juicio, un punto de inflexión en la farsa quijotesca. Mientras el hidalgo se había topado anteriormente con muchos personajes que se empeñaban en hacerle ver su locura, ahora se encuentra con dos individuos que, supuestamente, le creen verdaderamente un caballero andante. Este giro en la actitud de ciertos personajes hacia el antihéroe es mucho más peligroso y trascendental de lo que puede mostrar una lectura superficial, pues a partir de ese momento el manchego ya no tendrá la sensación de estar rebelándose contra sus circunstancias, de ser un espíritu admirable que corre detrás de sus sueños, sino que se situará frente a un dilema: pactar con aquellos que dicen creerle y que en realidad solo se burlan de él; o confesar que él no es ni cree ser un caballero medieval, y volver a casa. Alonso Quijano, como sabemos, opta por lo primero. Veamos ahora en qué consiste esa decisión y cuáles son, por lo menos, algunas de las consecuencias psicológicas, éticas y morales que se derivan de ello.

            Para empezar, Alonso Quijano debe enfrentar el insólito y casi intolerable desafío de creerse él mismo, realmente, Don Quijote. Al entrar acompañado de Sancho Panza a la casa de recreo de los duques, descubre que hay toda una parafernalia dispuesta para su recibimiento, según las descripciones de los libros de caballerías, incluyendo dos lacayos que le bajan del caballo, dos doncellas que le visten magnífica y ridículamente, varios criados ansiosos de servirle y hasta agua perfumada lloviendo sobre él. Entonces el narrador hace una de las revelaciones más importantes de la obra con estas palabras:

“Y  aquél fue el primer día que de todo en todo [Don Quijote] conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mismo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos”.[1]

De ser rigurosamente ciertas las palabras de Cide Hamete Benengeli en el pasaje arriba citado, toda la actuación anterior de Alonso Quijano en la historia constituye una gran puesta en escena, una gran impostura, de modo que a partir de ahora es el caballero Don Quijote (y no Alonso Quijano) quien piensa, habla y acciona en la novela. De manera, pues, que el personaje atraviesa diversas burlas, grandes y pequeñas, fraguadas por los duques, hasta ser implacablemente conducido a uno de los episodios más crueles de la literatura: la aventura de Clavileño.

El solo hecho de que Don Quijote se vea obligado a imaginar que cabalga por los aires, atravesando las diversas regiones celestiales que, según se creía en tiempos de Cervantes, incluía un cielo de frío y otro de fuego, implica una alienación y el principio del fin de la farsa quijotesca. Alonso Quijano ya no puede creerse caballero andante como la había hecho hasta ese momento, ya no tiene posibilidad de contrariar a sus espectadores ni podrá sentir la pasión de creerse el perseguidor de sus fantasías, sino que ahora deberá ser partícipe de un engaño fabricado por otros. Ya no se trata de mostrarse voluntarioso y honorable, sino de divertir a los demás a costa de la propia humillación (pues no puede dársele otro nombre al acto de permitir e incluso estimular la burla ajena hacia uno mismo). Después de la farsa de Clavileño, Don Quijote continúa obrando como quien pretende ser un caballero andante, pero vuelve gradualmente, de manera casi imperceptible primero, abiertamente después, hacia la identidad de Alonso Quijano. En sus palabras y en sus acciones se empieza a entrever su desengaño. Probablemente, esa es la razón por la cual suceden pocas aunque importantísimas peripecias tras la estancia de Don Quijote con los duques. La más determinante, sin duda, es la derrota frente al Caballero de la Blanca Luna (quien no es otro que el bachiller Sansón Carrasco disfrazado), pues ello implica que el hidalgo debe abandonar por un año  la búsqueda de aventuras y volver a casa. No es difícil encontrar en este episodio la correspondencia respectiva con el Poema de Gilgamesh: así como Utanapíshtim simboliza la desilusión para el rey de Uruk, el Caballero de la Blanca Luna representa lo propio para el hidalgo español


[1] Don Quijote, Segunda parte, capítulo XXXI.

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